Cuentos


Puedo escribir esta noche los versos mas tristes
Pablo Neruda

Lloraba, y sus lágrimas caían angustiosamente formando regueros de dolor en sus mejillas. Moría, y el alma huía corriendo de aquel escenario de dolor llevado por las alas del sufrimiento.

Su vida no había sido larga, bonita o buena, sino corta y muy jodida. Pensó en su madre, esperándole para cenar, manteniendo la sopa caliente, mirando el reloj con impaciencia… ¿Lloraría su muerte o se sentiría aliviada?

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Lo colocaron allí durante el verano del 56, porque el anterior había acabado estropeándose irremisiblemente después de tantos años de funcionamiento regular y perfecto. Era un reloj sencillo de formas, circular, de grandes números negros que contrastaban con la esfera blanca sobre la que iban girando sus manecillas indicando la hora y los minutos día tras día.

Fue feliz el día que los operarios lo colocaron sobre la puerta de la estación de trenes, colgado de la pared mirando siempre hacia los andenes y las vías, porque se abrió ante sus ojos un mundo nuevo de gentes cambiantes que se movían pasando por debajo de él, caminando, corriendo, cantando, llorando, riendo; y porque todos, en un momento u otro, acababan mirándolo.

Era un reloj sencillo, de una estación sencilla, en un pueblo de gentes sencillas. Hasta él no llegaron las noticias de las revoluciones estudiantiles que sacudieron otros paises, no supo nunca de las manifestaciones multitudinarias de las grandes ciudades, del nacimiento o muerte de personajes importantes, de los cambios políticos. Era un simple reloj que se limitaba a señalar la hora a las personas que, impacientes, esperaban la llegada del tren.
El veía los trenes llegar y marchar, siempre con prisas, pero al principio no se preguntaba a dónde iban o de dónde venían. El primer día que vio uno, recién colocado en su pared, pensó que era una especie de monstruo salido de algún infierno particular, un demonio que quizá se llevaba las almas de las gentes que iban subiendo en él, pero cuando preguntó a la columna que tenía delante, ésta se rió descaradamente y le llamó tonto ignorante.

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Entre tanto blog creado, es curioso que la mayoría estén centrados en el propio creador.

YO me siento así, A MI me paso esto, YO pienso de esta manera… Es cierto que los blog, antes llamados bitácoras (¿reminiscencia startrekista? Cuaderno de bitácora del capitán, fecha estelar 2007.07), nacieron con el animo de ser los sustitutos de My Diary, ese cuaderno de papel y cartón cerrado con un candado de juguete en el que contábamos nuestras miserables vidas y que escondíamos en el fondo del armario creyendo que allí estaría a salvo de las miradas indiscretas de nuestros curiosos progenitores.

 

 

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Desdémona estaba agotada. Hacía dos semanas que la nave estelar Constantino había llegado a Landos, un planeta que hacía pocos años se había adherido a la Federación, respondiendo a una llamada de socorro emitida por el gobierno planetario: estaban siendo diezmados por una extraña epidemia que en poco más de un mes había matado a mil millones de habitantes. Sus médicos estaban desesperados ya que era una enfermedad totalmente desconocida y se encontraban impotentes ante su rápido avance, siendo incapaces de encontrar un remedio eficaz.

La Constantino acudió rápidamente a la llamada y puso a disposición de Landos todo su equipo médico, así como los laboratorios de a bordo, al mismo tiempo que era usada como enlace con los científicos de otros mundos que se unieron en la desesperada búsqueda de un remedio. Desdémona estuvo trabajando durante toda una semana sin apenas dormir, analizando muestras y comparando sus descubrimientos con las teorías de otros médicos, pero el avance era lento, demasiado lento para encontrar el remedio a tiempo. La población enferma de Landos era casi la totalidad y en pocos días más todos empezarían a morir inevitablemente. Por eso la doctora había bajado al planeta, porque creía que estando allí, investigando directamente con los enfermos, viendo las reacciones a sus distintos tratamientos, sería capaz de encontrar algo definitivo más rápidamente. Por supuesto, el capitán se opuso al principio: si bajaba, la doctora estaría expuesta al agente que provocaba la enfermedad, y si no encontraba el remedio acabaría muriendo inexorablemente; pero ante la insistencia de Desdémona, tuvo que acabar cediendo.

 

 

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Abre los ojos lentamente sin saber exactamente que lo hace. No hay diferencia entre tenerlos abiertos o cerrados porque la oscuridad que la rodea es total. Le duele horrores la cabeza; está en el suelo medio tirada medio sentada, con la cabeza y los hombros apoyados en una superficie metálica y fría. Se incorpora un poco y pasa una mano por la superficie; es lisa y termina en una larga grieta totalmente recta. Más allá hay una pared de piedra totalmente irregular con aristas que le arañan la piel. Sigue la dirección de la grieta con la mano, hacia arriba primero y a la izquierda después hasta convencerse que aquello es una puerta; la palpa toda, centímetro a centímetro, buscando una cerradura o un tirador para intentar abrirla pero no encuentra nada. La golpea y grita pidiendo ayuda pero el silencio que sigue al eco de su voz es aun peor que la oscuridad que la rodea.
Llovía, y ese hecho hacía que el funeral pareciese sacado de un telefilme. ¿Por qué en todas las películas de la televisión llovía cuando enterraban a alguien? Esa pregunta parecía estúpida ahora. En realidad, era una pregunta estúpida en cualquier circunstancia.
Echó un vistazo al cementerio. Era muy extenso y las tumbas, dispuestas en hileras a ras de suelo, estaban bien conservadas. Las cubría un césped verde intenso al que las flores depositadas con cariño por amigos y familiares de los muertos, daban un toque de alegría en contraposición a la solemnidad mortuoria de las lápidas. En general era agradable y no deprimente como el cementerio donde estaban enterrados sus padres.
Resguardado de la mirada de los curiosos detrás de un árbol, concentró su atención en el funeral que se estaba celebrando a un centenar de metros de allí.
Los asistentes al entierro iban todos con paraguas y vestidos de riguroso luto; incluso las mariconas, siempre con trajes de colores, llevaban el negro con herido orgullo. Excepto los padres de Lisa, todos los demás pertenecían al mundo nocturno del cabaret. Todos eran compañeros de la muerta, además de amigos. También había algunas putas, aunque jamás podría considerarse a Lisa una de ellas. Ella había sido una artista; una cantante con talento que no había tenido demasiada suerte en la vida y que no había logrado salir de los tugurios pestilentes donde había empezado a trabajar a los diecisiete años, aguantando a un público que lo único que quería era ver su strip-tease y al que le importaba un comino si tenía talento musical.
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Pensar en el accidente que me había traído al hospital me ponía de los nervios. Imagínate que eres una conductora estupenda, que cumples con todas las normas de circulación, eres prudente y sesuda, que incluso respetas los pasos de cebra, -algo realmente extraño teniendo en cuenta que todo el mundo se los pasa por el forro del abrigo y que la única opción que tiene un peatón de cruzar una calle muy concurrida de trafico es un semáforo o lanzarse a la aventura con los ojos cerrados y poner un pie en la calzada esperando que los coches te vean y frenen a tiempo antes de darte el gran porrazo-. Y un buen día viene un capullo que se salta un stop y tu y tu moto saléis volando por los aires… Me rompí las dos piernas. En realidad se convirtieron en una especie de rompecabezas para traumatólogos, y estuvieron unas cuantas horas en el quirófano intentando recomponerlas. Las semanas que siguieron fueron muy duras y dolorosas, pero no es de esto de lo que quiero hablar. ¡Quiero hablar de EL! Por Dios, alto, guapo, pelirrojo, ojos claros… Pero estoy adelantando acontecimientos y será mejor ir paso a paso. Tal y como iba yo el día que le conocí.

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