Diario de Akeru – Final
Despacio, de una forma casi imperceptible, la normalidad se va apoderando de nuestras vidas; aunque hablar de normalidad refiriendome a vampiros parece una incongruencia.
Con Kurayami casi recuperado, le tocó el turno a Hikarí de ser el objeto de nuestras atenciones. Le arropamos en nuestro abrazo, le mimamos hasta la pesadez y poco a poco sus ojos recuperaron el brillo perdido. Vuelve a ser como antes y aunque las cicatrices le han endurecido el alma, no permite que le amarguen la existencia.
En cuanto a mi…
Muchas cosas han cambiado para mi desde que bebí la sangre de la Doncella. Aquiles tenía razón en una cosa: intentó echar mi alma y apoderarse de mi cuerpo.
Al principio no recordé lo ocurrido durante los dos dias que estuve desaparecida pero poco a poco los recuerdos volvieron. La pelea que tuvimos fue de las que se denominan épicas, y el campo de batalla fue mi cuerpo. Su alma intentó apoderarse de mi mente y ramificarse, extender sus tentáculos hasta doblegarme a su voluntad. Intenté luchar pero su fuerza me superaba y me desesperé. Pensé en Kurayami, en lo que sentiría si permitía que la Doncella ganase esta batalla; en mi amor, acurrucado entre estos brazos que ya no serían mis brazos; ¿se daría cuenta del engaño? Supongo que sí, quiero creer que si, y me imaginé lo que sentiría al ver, en los ojos que mas ama, reflejados al ser que mas odia… Tomé la decisión, arriesgar el todo por el todo, y acepté el poder que me ofrecía la sangre de la doncella, para usarlo en su contra justo en el momento que ella creía haber ganado.
No me pregunteis cómo lo hice, porque no lo se. Gané y la expulsé, eso es lo que importa y ya no queda nada de ella en mi, excepto…
Excepto que algunas cosas han cambiado.
Sigo siendo Akeru, de eso no hay duda, y mi comportamiento errático, impulsivo e impredecible no ha variado: sigo igual de inmadura. Pero mis capacidades como vampiro han aumentado.
El sol ya no me quema. Puedo asomarme al día, pasear como un ser humano normal y dejar que el sol caliente mi piel sin temer al dolor, porque no hay dolor. La magia en mi ha aumentado; cosas que antes me costaba hacerlas ahora las consigo sin siquiera pensar en ellas, y otras que eran inimaginables para mi, se están convirtiendo en rutina.
Aún no he hablado de ello con Kurayami, aunque no es tonto y se que se ha dado cuenta que algo ha cambiado. Debería decírselo, no perder más tiempo porque hacer las cosas a sus espaldas no nos ha traido nada bueno, pero tengo miedo. Algo de la Doncella se ha quedado dentro de mi y temo que eso haga que nuestra relación cambie. ¿Y si deja de confiar en mi?
Que estupidez, tal y como lo he escrito me he dado cuenta de mi error. Si le oculto la verdad será cuando empezará a desconfiar, así que hablaré con él hoy mismo.
Nos queremos demasiado para permitirme el lujo de estropear algo tan maravilloso por una idiotez. Se lo contaré, me abrazará, me besará y me dirá: “No te preocupes, todo irá bien.”
Todo irá bien.
Por supuesto.
La tristeza de Kurayami fue pasando poco a poco, a base de mimos y te quieros. Una mañana me desperté inquieta y no estaba en la cama, a mi lado. Oí la voz de una mujer que provenía del comedor y la identifiqué enseguida: era Marlene Dietrich en “Testigo de Cargo”. Me levanté. Kurayami estaba sentado viendo la tele cuando me oyó llegar, levantó la mano, ofreciéndomela, sin mirarme. La cogí y me senté en el brazo del sillón, a su lado.
Hikarí.
Una semana después, Aquiles y Ekaterina fueron juzgados. Su principal delito: haber intentado destruir a Kurayami, el Primer Vampiro y padre de todos ellos. Los jueces fueron los seis vampiros restantes que junto con Aquiles, eran nombrados los Siete: Lubos, Svenson, Klavdiya , Gredel, Domhnal y Bayaarma.
Cuando vi saltar a Kurayami completamente recuperado, casi lloro de alegría y agradecimiento; y cuando vi a Vlad acompañado de Yasu entrar como salvajes, gritando como locos, estuve tentada, durante una milesima de segundo, de dejarles la pelea a ellos para ocuparme de Hikarí, que aún yacía inconsciente a mis pies mientras la luz del sol empezaba a romper la noche. Pero la Doncella se giró, me dio la espalda y yo ya no pensé más.
Cuando Vlad volvió al bar después de vomitar -no entendía el aguante de Akeru- ella ya no estaba. Se preocupó, desde luego. Estaba hecha polvo, bastante desesperada, y encima borracha. ¿Quien podía adivinar qué extrañas ideas podían ocurrírsele? Decidió esperar un rato por si volvía pero pasada media hora fue evidente que eso no iba a ocurrir. Le preguntó al barman y este le dijo que se había ido cogidita de un rubio bajito y fornido. Supo en seguida que era Aquiles, uno de los Siete, el más pedante, estúpido y gilipollas de los Siete. Lo sabía bien, le había tratado muchas veces. ¿Qué querría de ella?
Se despertó en esta habitación, con el sabor de la sangre de Akeru en la boca y la ventana ¿arrancada? ¿Cómo había llegado hasta allí? O mejor dicho, ¿quién le había llevado hasta allí? Intentó moverse, levantarse, pero el cuerpo aún le pesaba demasiado y no le respondía… No tenía ni idea de qué le habían inyectado, pero su cuerpo estaba peleando por liberarse de ello de forma natural, aunque no era suficiente. Le habían dado de beber sangre y eso estaba ayudando -probablemente Akeru, pero ¿cómo?-, y ahora le tocaba a él acelerar el proceso de eliminación, concentrarse profundamente en lo que quería conseguir para lograrlo. En pocos segundos pudo moverse; sus músculos respondieron sin ningún problema y aunque al principio le costó mantenerse en pie, cuando llegó a la ventana ya estaba prácticamente recuperado, milagrosamente restablecido.
Si antes las entrañas se le habían retorcido, ahora simplemente lo estaban desgarrando. Sintió auténtico pánico, un terror inimaginable que hacía milenios que no experimentaba. Verla de nuevo, exactamente igual a como la recordba… No, espera. Esas finas arrugas en su cara no estaban antes, y sus manos también habían envejecido. No, no era tan poderosa como antes, pero ¿eso importaba? El día que siempre había temido que llegara acababa de caérsele encima con todo su enorme peso y estaba aplastándolo. La Doncella acabaría con él: igual que lo había creado, podría destruirlo. Pobre Hikarí, pillado en medio de esta guerra, parecía que iba a acompañarlo en su destino, sea cual sea éste. Sólo esperaba que por lo menos Akeru se mantuviese a salvo, porque él ya se había rendido. Las lágrimas se deslizaron por su cara.
Kurayami abrió los ojos poco a poco. En su boca permanecía el sabor de la sangre de Akeru y se extrañó: no recordaba haberla mordido. En realidad, no recordaba nada desde… la copa que tomó con Aquiles después de la reunión. Quería pedirle explicaciones sobre su comportamiento, saber por qué no le había advertido de lo que estaba haciendo Akeru, y pensaba utilizar todo su poder para sacarle la verdad porque no lo veía claro. Hacía tiempo que sobre el griego notaba una especie de bruma lechosa cada vez que intentaba penetrar su pensamiento. Por eso, cuando todos se fueron, le pidió que se quedase. Y de repente recordó lo sucedido.

Lo que opinais