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	<title>El Arcón de Morgana LeFey</title>
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		<title>El Arcón de Morgana LeFey</title>
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		<title>Vacaciones</title>
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		<pubDate>Sat, 20 Jun 2009 00:05:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morgana LeFey</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamientos, opiniones y otras chorradas]]></category>

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		<description><![CDATA[Me pillo unas vacaciones de este blog. Serán temporales, pero durarán, probablemente, todo el verano. Escoger entre pasar los pocos ratos que tengo libres pegada al ordenador en casa, o irme a la playa a disfrutar del verano, creo que la elección, por lo menos para mi, es obvia. Así que nos veremos el próximo [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2098&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;">Me pillo unas vacaciones de este blog. Serán temporales, pero durarán, probablemente, todo el verano. Escoger entre pasar los pocos ratos que tengo libres pegada al ordenador en casa, o irme a la playa a disfrutar del verano, creo que la elección, por lo menos para mi, es obvia. Así que nos veremos el próximo octubre.</p>
<p style="text-align:justify;">Un beso y hasta octubre.</p>
Posted in Pensamientos, opiniones y otras chorradas  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/poesiaybelleza.wordpress.com/2098/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/poesiaybelleza.wordpress.com/2098/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/poesiaybelleza.wordpress.com/2098/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/poesiaybelleza.wordpress.com/2098/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/poesiaybelleza.wordpress.com/2098/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/poesiaybelleza.wordpress.com/2098/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/poesiaybelleza.wordpress.com/2098/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/poesiaybelleza.wordpress.com/2098/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/poesiaybelleza.wordpress.com/2098/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/poesiaybelleza.wordpress.com/2098/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2098&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" /></div>]]></content:encoded>
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		<title>Estudio en escarlata (Una aventura de Sherlock Holmes) Sir Arthur Conan Doyle &#8211; Onceava parte</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Jun 2009 23:27:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morgana LeFey</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias]]></category>
		<category><![CDATA[Sherlock Holmes]]></category>
		<category><![CDATA[arthur conan doyle]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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		<description><![CDATA[SEGUNDA PARTE &#8211; EL PAÍS DE LOS SANTOS
CAPÍTULO I &#8211; En la gran llanura de Alcali
 

En la parte central del gran continente norteamericano existe un desierto árido y repulsivo, que sirvió durante muchísimos años de barrera opuesta al avance de la civilización. Desde la  Sierra Nevada hasta Nebraska, y desde el río Yeilowstone, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2093&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><h4 style="text-align:justify;"><img class="alignleft size-medium wp-image-1738" title="jeremybrettassherlockholmes" src="http://poesiaybelleza.files.wordpress.com/2009/03/jeremybrettassherlockholmes.jpg?w=210&#038;h=300" alt="jeremybrettassherlockholmes" width="210" height="300" />SEGUNDA PARTE &#8211; EL PAÍS DE LOS SANTOS</h4>
<h4 style="text-align:justify;">CAPÍTULO I &#8211; En la gran llanura de Alcali</h4>
<p style="text-align:justify;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:justify;">En la parte central del gran continente norteamericano existe un desierto árido y repulsivo, que sirvió durante muchísimos años de barrera opuesta al avance de la civilización. Desde la  Sierra Nevada hasta Nebraska, y desde el río Yeilowstone, en el Norte, hasta el Colorado, en el Sur, se extiende una región en que todo es desolación y silencio. Pero la  Naturaleza no se presenta del mismo humor en toda esa ceñuda zona.<br />
Ésta abarca altas montañas, coronadas de nieve, y valles tenebrosos y lúgubres. Hay ríos de rápida corriente que se precipitan por dentados cañones; y llanuras enormes, que se blanquean de nieve en invierno, y que se agrisan en verano con el polvo salino del álcali. Pero todo ello tiene como características comunes la aridez, lo inhóspito, lo mezquino.<br />
No hay nadie que habite esta región de la desesperanza. De cuando en cuando cruza por ella alguna partida de <em>pawnees </em>o de <em>píesnegros</em> en busca de nuevos cazadores; pero basta los más sufridos de entre los valientes se alegran de perder de vista aquellas espantosas llanuras y de volver a pisar la región de las praderas. El coyote acecha entre los matorrales; pasa el busardo aleteando torpón por los aires, y el desgarbado oso gris camina pesadamente por los os-curos barrancos buscando como puede el sustento entre las rocas. No tiene otros habitantes aquel desierto.<span id="more-2093"></span><br />
No existe en el mundo entero más triste panorama que el que se distingue desde la vertiente norteña de la  Sierra Blanca. Los grandes llanos se extienden hasta perderse de vista, como manchones de polvo alcalino cortados por matas de raquíticos chaparrales. Una larga cadena de picos de montañas se alza en el último límite del horizonte, con sus cimas abruptas cubiertas de nieve. No hay señal de vida en aquella gran extensión de tierra, ni nada que con la vida tenga relación. No cruza un pájaro por el firmamento, de un azul de acero, ni se observa mo-vimiento de ninguna clase en el suelo, gris y monótono; y por encima de todo, el silencio más absoluto.<br />
He dicho que no hay nada que tenga relación con la vida en la extensa llanura. Pero eso está lejos de ser verdad. Mirando desde Sierra Blanca, se descubre un sendero que va serpenteando por el desierto hasta perderse de vista en la lejanía. Está señalado con surcos de ruedas y trillado por los pies de muchos aventureros. Vense aquí y allá, desperdigadas, unas cosas blancas que brillan al sol y que resaltan sobre el color apagado de los yacimientos de álcali.</p>
<p style="text-align:justify;">¡Acercaos a examinar aquello! Son osamentas: las unas, grandes y toscas; las otras, más pequeñas y más delicadas. Aquéllas son de bueyes, y éstas, de hombres. Se puede seguir en una distancia de mil quinientas millas ese espantoso camino de caravanás guiándose por los restos desperdigados de los que cayeron a la vera del camino. El día 4 de mayo de 1845, un viajero solitario contemplaba desde lo alto este mismo panorama. Por su aspecto habría podido tomársele por el genio o demonio mismo de aquella región. Quien lo hubiese estado mirando se habría visto en dificultades para afirmar si andaba más cerca de los cuarenta que de los sesenta años. Su rostro era enjuto y macilento, con la piel apergaminada recubriendo con tirantez el pronunciado armazón de los huesos; su cabellera y su barba, largas y de color castaño, estaban veteadas y salpicadas de blanco; sus ojos, hundidos, ardian con un brillo nada natural, y la mano que empuñaba el rifle tenía muy poca más carnosidad que la de un esqueleto. Tuvo que echar el cuerpo hacia adelante buscando apoyo en el arma, aunque su elevada estatura y su macizo armazón óseo delataban una constitución física fuerte, flexible y vigorosa. Sin embargo, la flaqueza de su cara, y las ropas, que colgaban flojísimas sobre sus acorchados miembros, decían a voz en grito qué era lo que le daba aquella apariencia senil y decrépita. El hombre aquel se moría; se moría de hambre y de sed.<br />
Había avanzado penosamente por una quebrada, trepando después a la pequeña altura, con la yana esperanza de descubrir algún indicio de agua. Y veía ante sus ojos la gran llanura salada que se extendía hasta el lejano cinturón de abruptas montañas, sin que por parte alguna apareciesen una planta o un árbol que indicasen la existencia de agua. No había en todo el ancho panorama un rayo de esperanza. Miraba hacia el Norte, el Este y el Oeste con ojos desatinados e interrogadores, hasta que comprendió que sus andanzas habían llegado a su fin y que iba a morir allí;sobre aquel árido risco.<br />
—¿Qué más da aquí que en lecho de plumas dentro de veinte años? —murmuró entre dientes, sentándose al cobijo de un peñasco.<br />
Pero antes de sentarse había dejado en el suelo el inútil rifle y también un hato voluminoso envuelto en un mantón gris, que había traído colgado del hombro derecho. Era, por lo visto, excesivamente pesado para sus fuerzas, porque, al descargarse del mismo, cayó al suelo con alguna violencia. Salió instantáneamente del envoltorio gris un leve gemido, y surgió del mismo una carita asustada, de ojos oscuros y brillantes, y también surgieron dos puños pequeñitos, regordetes y pecosos.<br />
—Me ha hecho usted daño —dijo en tono de reproche una voz infantil.<br />
—¿De verdad? —contestó el hombre en tono pesaroso—. No tuve esa intención.<br />
Al decir esto, abrió el mantón gris y extrajo del mismo una linda nena de unos cinco años de edad, cuyos elegantes zapatitos, vestido rosa galano y delantalito de lienzo pregonaban los cuidados maternales. La niña estaba pálida y descolorida, pero lo sano de sus brazos y piernas demostraba que había sufrido menos que su acompañante.<br />
—¿Cómo te sientes ahora? —preguntó él con ansiedad, porque la niña seguía restregándose la mata de rizos blondos que le cubría la parte posterior de la cabeza.<br />
—Bésame ahí para que se me pase —dijo, muy seria, la niña levantando hacia él la parte dolorida—. Eso es lo que solía hacer mamá&#8230; ¿Dónde está mamá?<br />
—Se marchó, pero creo que la verás antes que pase mucho tiempo.<br />
—Conque se marchó, ¿eh? —dijo la niña—. ¡Qué raro que no se despidiese de mí! Lo hacía casi siempre, aunque sólo tuviese que salir para tomar el té en casa de la tía, y ahora lleva ya tres días ausente&#8230; ¡Qué espantosamente seco está todo esto! ¿Verdad? ¿Y no hay agua ni nada que comer?<br />
—No, corazón; no queda nada. Tendrás que tener paciencia algún tiempo; pero después todo irá perfectamente. Coloca tu cabeza junto a mí de esta manera, y después te sentirás más valiente. No es cosa fácil el hablar cuando se tienen los labios como el cuero, pero creo que lo mejor es que te diga a qué punto han llegado las cosas. ¿Qué es eso que has cogido?<br />
—Son unas cosas muy lindas, muy bonitas —exclamó la niña con entusiasmo mostrando dos brillantes fragmentos de mica—. Cuando regresemos a casa se los regalaré a mi hermano Bob.<br />
—Muy pronto verás cosas mucho más lindas —le dijo el hombre con aplomo—.. Espera un poco. Lo que yo iba a decirte era&#8230; ¿Recuerdas cuándo nos apartamos del río?<br />
—¡Claro que sí!<br />
—Pues verás: nosotros calculábamos encontrar pronto otro río. Pero hubo algo que no marchó bien: la brújula, el mapa, o lo que fuese, porque no dimos con él. Se nos acabó el agua, menos unas gotas para las personas como tú, y&#8230; y&#8230;<br />
—Y ya no pudo usted lavarse —le interrumpió con gravedad su compañera, alzando la mirada hacia su cara mugrienta.<br />
—No; ni beber tampoco. Y el primero en irse fue el señor Bender, y después el indio Pete, y después la señora McGregor, y después Johnny Hones, y después, cariño, tu madre.<br />
—Entonces, también mamá está muerta —gimió la nena, dejando caer la cara sobre el delantal y sollozando amargamente.<br />
—Sí, todos se marcharon, menos tú y yo. Entonces se me ocurrió que quizás encontrase agua en esta dirección, te colgué de mi hombro, y caminamos juntos, a pie. Por lo visto, nada hemos ganado con ello. ¡Ya sólo queda para nosotros una probabilidad infinitamente pequeña!<br />
—¿Quiere usted decir con eso que también nosotros vamos a morir? —preguntó la niña, conteniendo los sollozos y alzando su cara manchada de lágrimas.<br />
—Estoy barruntando que es eso, más o menos.<br />
—¿Y por qué no lo dijo antes? —exclamó la niña, con risa jubilosa—. ¡Me asustó usted! Ahora que, como es natural, así que estemos muertos, volveremos a reunirnos con mamá.<br />
—Tú si, corazón.<br />
—Y usted también. Yo le contaré a ella lo buenísimo que ha sido usted conmigo. Estoy por apostar a que sale a recibirnos a la puerta del cielo con un gran jarro de agua, un montón de pasteles de alforfón, calentitos y tostados por las dos caras, que tanto nos gustan a Bob y a mí&#8230; ¿Tardará mucho eso?<br />
—Lo ignoro. No; no tardará mucho.<br />
El hombre tenía fija la mirada en la línea norte del horizonte. Habían aparecido en la bóveda azul del firmamento tres pequeñas manchitas que iban aumentando de tamaño a cada instante, de tan grande que era la velocidad con que se acercaban. Las manchas se convirtieron rápidamente en tres grandes pajarracos pardos, que dibujaron círculos por encima de las cabezas de los dos caminantes y acabaron posándose en anas rocas desde las que podían atalayarlos.<br />
Eran busardos, los buitres del Oeste, cuya llegada es como el anuncio de la proximidad de la muerte.<br />
—Gallos y gallinas —exclamó jubilosa la nena, apuntando hacia aquellos seres de mal agüero, y palmoteando para obligarlos a levantar el vuelo—. Digame: ¿fue Dios quien hizo esta región?<br />
—¡Naturalmente que fue el! —dijo su compañero, bastante sorprendido por la inesperada pregunta.<br />
—Fue Él quien hizo la región de Illinois, allá lejos, y el Missouri —prosiguió la niña—. Me está pareciendo que fue alguna otra persona la que hizo la tierra de estos parajes. No está ni con mucho tan bien hecha. Se olvidaron del agua y de los árboles.<br />
—¿Y si rezaras una oración? —le preguntó el hombre con recelo.<br />
—¡Pero si todavía no es de noche! —contestó ella.<br />
—No importa. No será una cosa normal, pero puedes estar segura de que a El no le importará eso. Reza las mismas oraciones que solías rezar todas las noches dentro de la galería, cuando cruzábamos Los Llanos.<br />
—¿Y por qué no reza usted alguna? —le preguntó la niña, con ojos de asombro.<br />
—Las tengo olvidadas —contestó él—. No las he vuelto a rezar desde que tenía la mitad de la estatura de ese fusil. Pero quizá nunca sea demasiado tarde. Rézalas tú en voz alta, y yo escuchará y entraré en la parte de los coros.<br />
—Pues entonces tendrá usted que arrodillarse, y yo también —dijo ella extendiendo el mantón con ese propósito—. Y tiene usted que alzar las manos de esta manera. Así parece que uno se siente bueno.<br />
Fue un espectáculo extraordinario, si hubiese habido por allí alguien más que los busardos para contemplarlo. Los dos caminantes se arrodillaron el uno junto al otro sobre el estrecho chal, la niña parlanhina y el aventurero temerario y empedernido. La carita regordeta de la niña y el rostro macilento y anguloso del hombre se volvieron hacia el firmamento, sin nubes, en una súplica nacida del corazón al Ser terrible ante el cual estaban cara a cara, y las dos voces, delgada y clara la una, profunda y áspera la otra, se unieron en la súplica de piedad y perdón.<br />
Terminada la plegaria, volvieron a sentarse a la sombra del peñasco hasta que la niña se durmió, acurrucada sobre el ancho pecho de su protector. Éste contemplé el sueño de la niña durante algún tiempo, pero la naturaleza pudo más que él. Llevaba tres días y tres noches sin tomar descanso ni concederse reposo. Sus párpados fueron poco a poco cerrándose sobre los ojos fatigados, y la cabeza fue hundiéndose cada vez más sobre el pecho, hasta que la barba agrisada del hombre se mezclé con las doradas trenzas de su compañera, y ambos durmieron con el mismo sueño profundo, vacío de imágenes.<br />
Si el caminante hubiese permanecido despierto otra media hora más, sus ojos habrían contemplado una visión extraordinaria. Allá, en el último extremo de la llanura alcalina, se alzó una nubecilla de polvo, muy tenue al principio y que apenas podía distinguirse de la neblina a semejante distancia, pero que fue creciendo gradualmente en altura y en anchura hasta formar una nube sólida y de contornos bien definidos. Esta nube continuó creciendo de tamaño hasta que se hizo evidente que sólo podía levantarla una gran muchedumbre de seres en movimiento.<br />
De haber estado en zonas más, fértiles, el observador habría llegado a la conclusión de que se acercaba a él alguna de las grandes manadas de bisontes que pastan en las praderas. Pero esto era evidentemente imposible en tan áridas soledades. A medida que el torbellino de polvo fue aproximándose al risco solitario, encima del cual dormían los dos seres abandonados, fueron dibujándose por entre la bruma los toldos de lona de galeras y figuras de hombres armados a caballo, hasta que aquella aparición resultó ser una gran caravana que se dirigía hacia el Oeste. Pero ¡qué caravana! Cuando la cabeza de la misma había llegado ya al pie de las montañas, no se distinguía aún su retaguardia en el horizonte. El dilatado cortejo se extendía por toda la enorme llanura: galeras y carros, hombres a caballo y hombres a pie. Innumerables mujeres que se tambaleaban bajo la carga que llevaban a cuestas, y niños que caminaban con paso inseguro a un lado de las galeras, o que asomaban las cabezas desde debajo de los blancos toldos.<br />
Evidentemente, no era aquélla una expedición corriente de inmigrantes, sino que parecía más bien un pueblo de nómadas obligado por circunstancias angustiosas a buscar un nuevo país donde residir. De aquella enorme masa de seres humanos se alzaba por el aire claro un estruendo y un sordo rumor, acompañado del chirriar de las medas y de los relinchos de los caballos. Pero no bastó aquel estrépito para despertar a los dos cansados caminantes que dormían en lo alto.<br />
Marchaban a la cabeza de la columna más de una veintena de hombres serios, de rostros férreos, vestidos de ropas de colores oscuros tejidas en casa y armados de rifles. Al llegar al pie del risco escarpado hicieron, alto y tuvieron entre ellos una breve consulta.<br />
—Los pozos están hacia la derecha, hermanos míos —dijo un hombre de boca enérgica, cara completamente afeitada y cabello enmarañado.<br />
—A la derecha de Sierra Blanca, y así llegaremos a Río Grande —dijo el otro.<br />
—No temáis que nos falte el agua —gritó un tercero—. Aquel que pudo hacer que manase de las rocas no abandonará ahora a su pueblo elegido.<br />
—¡Amén ¡Amén¡—respondieron todos los del grupo.<br />
Iban ya a reanudar la marcha, cuando uno de los más jóvenes y de vista más aguda dejó escapar una exclamación señalando hacia el risco escarpado que había encima de ellos. En su cima ondeaba un trocito de tela de color de rosa, resaltando brillante y fuertemente sobre el fondo de las rocas grises que había detrás. Al ver aquello se produjo un sofrenar general de caballos, y todos empuñaron los fusiles, mientras acudían otros jinetes al galope para reforzar la vanguardia. De todos los labios salió la palabra «<em>pieles rojas</em>».<br />
—No es posible que haya por estos parajes un número apreciable de <em>injuns</em> —dijo el hombre más anciano y que parecía ser el que tenía el mando—. Hemos dejado ya atrás a los <em>pawnees </em>y no hay otras tribus hasta que crucemos las grandes montañas.<br />
—Hermano Stangerson, ¿quiere que me adelante para ver de qué se trata? —preguntó uno de la partida.<br />
—Yo iré también. Y yo —gritaron una docena de voces.<br />
—Dejad vuestros caballos aquí abajo, y nosotros os esperaremos —contestó el más anciano.<br />
Los jóvenes echaron pie a tierra al momento, ataron sus caballos y empezaron a trepar por la vertiente escarpada marchando hacia el objeto que había excitado su curiosidad. Avanzaron con rapidez y sin hacer ruido, con la seguridad y la destreza de exploradores experimentados. Los que los contemplaban desde el llano vieron cómo pasaban de una roca a otra hasta que sus figuras se dibujaron contra el horizonte del cielo. Iba delante el joven que había sido el primero en dar la alarma. Los que le seguían vieron que alzaba de pronto sus manos, como sobrecogido de asombro, y cuando llegaron hasta donde él estaba experimentaron idéntico sentimiento en presencia del espectáculo que se ofrecía a su vista.<br />
En la pequeña meseta que coronaba el inhóspito montículo se alzaba un gigantesco risco solitario, y, pegado a ese risco, había un hombre de elevada estatura, barba larga y facciones duras, pero de una flaqueza extremada. La expresión de placidez daba a entender que se hallaba profundamente dormido. A su lado descansaba una niña pequeña, que tenía rodeado con sus blancos bracitos el cuello moreno y fuerte del hombre y que descansaba su cabeza de cabellos dorados sobre el pecho del chaleco de pana de éste. Los labios rosados de la niña estaban entreabiertos, dejando ver la hilera bien formada de blanquísimos dientes, y una sonrisa retozona jugueteaba en sus facciones infantiles. Sus piernecitas regordetas y blancas, que terminaban en unos calcetines blancos y unos zapatos limpios de brillantes hebillas, ofrecían extraño contraste con los miembros largos y arrugados de su compañero. En el borde de una roca que dominaba a la extraña pareja se habían posado tres solemnes busardos que, a la vista de los recién llegados, dejaron escapar roncos chillidos de chasco y se alejaron aleteando adustamente.<br />
Los chillidos de los inmundos pajarracos despertaron a la pareja durmiente, que se puso a mirar con asombro a su alrededor. El hombre se alzó en pie tambaleándose y dirigió su mirada hacia la llanura, que era un desierto cuando cayó dormido, y que ahora se veía cruzada por aquel conjunto inmenso de hombres y de animales. A medida que contemplaba aquello fue tomando su rostro una expresión de incredulidad, y se pasó la huesuda mano por los ojos, diciendo entre dientes:<br />
—Esto es lo que llaman delirio&#8230;<br />
La niña se había puesto en pie a su lado, agarrándose al faldón de su chaqueta. No hablaba, pero miraba en torno suyo con ojos infantiles de asombro y de interrogación.<br />
El grupo salvador pudo convencer pronto a los dos abandonados de que lo que veían no era un engaño de sus sentidos. Uno de ellos alzó a la niña en vilo y se la cargó en hombros, mientras los demás sostenían a su desmadejado compañero y lo llevaban hacia las galeras.<br />
—Me llamo John Ferrier —explicó el caminante—. Yo y esta niña pequeña somos los únicos que quedamos de veinte personas. Los demás murieron todos, allá en el Sur, de sed y de hambre.<br />
—¿Es hija suya?<br />
—i Claro que ahora lo es! —exclamó con acento resuelto el interrogado—. Es hija mía porque yo la he salvado. Nadie podrá quitármela. De hoy en adelante se llamará Lucy Ferrier. Pero ¿quiénes sois vosotros? —prosiguió, examinando con curiosidad a sus fornidos y atezados salvadores—. Por lo visto sois un grupo numerosísimo.<br />
—Cerca de diez mil —dijo uno de los jóvenes—. Somos los hijos de Dios perseguidos. Somos los elegidos del Angel Merona.<br />
—Nunca lo oí nombrar —dijo el caminante—. Por lo visto, os ha elegido en cantidad.<br />
—No bromees con lo que es sagrado —contestó el otro severamente—. Somos de los que creen en las Sagradas Escrituras escritas con caracteres egipcios sobre placas de oro batido que fueron puestas en las manos del santo Joseph Smith en Palmira. Venimos de Nauvoo, en el estado de Illinois, lugar en el que habíamos fundado nuestro templo, Buscamos un refugio que nos ponga a salvo de los hombres violentos e impíos, aunque sea en el corazón del desierto.<br />
Ese nombre de Nauvoo despertó, sin duda, recuerdos en John Ferrier; y dijo:<br />
—Ahora caigo. Vosotros sois los mormones.<br />
—Somos los mormones —contestaron a coro sus compañeros.<br />
—¿Adónde vais?<br />
—No lo sabemos. Nos guía la mano de Dios bajo la persona de nuestro profeta. Tienes que venir a presencia suya. Él dirá lo que hemos de hacer.<br />
Para entonces habían llegado al pie del collado, y viéronse rodeados por muchedumbres de peregrinos; mujeres de rostro pálido y bondadosa mirada. Cuando vieron los pocos años de uno de aquellos extranjeros y la miseria del otro, se alzaron en gran cantidad exclamaciones de asombro y de conmíseración. Sin embargo, su escolta no se detuvo y avanzó, seguida por una gran multitud de mormones, hasta que llegaron a una galera que se distinguía por su gran volumen y por su aspecto chillón y elegante. Tiraban de ella seis caballos, siendo así que las de los demás sólo estaban tiradas por dos o a lo sumo cuatro animales. Junto al carretero estaba sentado un hombre que no podía tener más de treinta años, pero al que su maciza cabeza y su expresión resuelta señalaban como conductor de multitudes. Estaba leyendo un volumen de lomo pardo, pero lo puso de lado al ver acercarse a la multitud, y escuchó atentamente el relato del episodio. Acto continuo se volvió hacia los dos extraviados.<br />
—Si hemos de tomaros con nosotros —dijo con frases solemnes—, será únicamente como creyentes de nuestra propia fe. No aceptaremos lobos en nuestro redil. Es preferible con mucho que vuestros huesos se blanqueen en este desierto a que vengáis a convertiros en la manchita de podredumbre que acaba por corromper el fruto. ¿Queréis venir con nosotros en estas condiciones?<br />
—Yo iré con vosotros aceptando cualquier condición, por lo que veo —dijo Ferrier, poniendo tal énfasis en sus palabras, que los solemnes ancianos no pudieron dominar una sonrisa. Únicamente el jefe mantuvo su expresión severa y solemne.<br />
—Hermano Stangerson, lleváoslo, dadle de comer y de beber, y también a la niña’ —dijo—. Encargaos también de enseñarle nuestra santa fe. Nos hemos demorado ya bastante. ¡Adelante! ¡Adelante hacia Sión!<br />
—¡Adelante, adelante hacia Sión! —gritó la muchedumbre de mormones.<br />
Y esas palabras corrieron como una ola a todo lo largo de la caravana, pasando de boca en boca hasta que se apagaron como un débil murmullo en la lejanía. Entre restallidos de látigos y chirriar de ruedas, las grandes galeras se pusieron en movimiento y la caravana entera empezó pronto a serpentear otra vez. El anciano a cuyo cuidado habían sido puestos los dos extraviados los condujo hasta su propia galera, en la que los esperaba ya la comida.<br />
—Permaneceréis aquí —les dijo—. Dentro de pocos días os habréis recobrado ya de vuestras fatigas. Entretanto, no olvidéis que desde ahora y para siempre pertenecéis a nuestra religión. Brigham Young lo ha dicho, y él ha hablado con la voz de Joseph que es la voz de Dios.</p>
<p style="text-align:justify;"><strong> </strong></p>
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	</item>
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		<title>Soneto de Quevedo</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Jun 2009 18:55:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morgana LeFey</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesia]]></category>
		<category><![CDATA[Sin catalogar]]></category>
		<category><![CDATA[poema]]></category>
		<category><![CDATA[poemas]]></category>
		<category><![CDATA[poeta]]></category>
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		<category><![CDATA[quevedo]]></category>
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		<category><![CDATA[Versos]]></category>

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		<description><![CDATA[
&#8221; Ah de la vida!&#8221;&#8230; «Nadie me responde?
Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las horas mi locura las esconde.

Que sin poder saber cómo ni adónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2096&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><img class="aligncenter size-full wp-image-2095" title="097_ancianoSentadoGorraBast300" src="http://poesiaybelleza.files.wordpress.com/2009/06/097_ancianosentadogorrabast300.jpg?w=266&#038;h=300" alt="097_ancianoSentadoGorraBast300" width="266" height="300" /></p>
<p style="text-align:center;">&#8221; Ah de la vida!&#8221;&#8230; «Nadie me responde?</p>
<p style="text-align:center;">Aquí de los antaños que he vivido!</p>
<p style="text-align:center;">La Fortuna mis tiempos ha mordido;</p>
<p style="text-align:center;">las horas mi locura las esconde.</p>
<p style="text-align:center;">
<p style="text-align:center;">Que sin poder saber cómo ni adónde</p>
<p style="text-align:center;">la salud y la edad se hayan huido!</p>
<p style="text-align:center;">Falta la vida, asiste lo vivido,</p>
<p style="text-align:center;">y no hay calamidad que no me ronde.</p>
<p style="text-align:center;">
<p style="text-align:center;">Ayer se fue; mañana no ha llegado;</p>
<p style="text-align:center;">hoy se está yendo sin parar un punto:</p>
<p style="text-align:center;">soy un fue, y un será, y un es cansado.</p>
<p style="text-align:center;">
<p style="text-align:center;">En el hoy y mañana y ayer, junto</p>
<p style="text-align:center;">pañales y mortaja, y he quedado</p>
<p style="text-align:center;">presentes sucesiones de difunto.</p>
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			<media:title type="html">Morgana LeFey</media:title>
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		<item>
		<title>Estudio en escarlata &#8211; Una aventura de Sherlock Holmes &#8211; Sir Arthur Conan Doyle &#8211; Parte décima</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Jun 2009 18:00:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morgana LeFey</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias]]></category>
		<category><![CDATA[Sherlock Holmes]]></category>
		<category><![CDATA[arthur conan doyle]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[novela]]></category>
		<category><![CDATA[sherlock holmes]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO VII
Una luz en la oscuridad
La noticia con que nos saludaba Lestrade era de tal importancia y tan inesperada, que los tres nos quedamos sin habla. Gregson saltó de su sillón, volcando el vaso con lo que aún quedaba en el mismo de whisky y de agua. Yo miré en silencio a Sherlock Holmes, que [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2091&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;"><img class="alignleft size-medium wp-image-1738" title="jeremybrettassherlockholmes" src="http://poesiaybelleza.files.wordpress.com/2009/03/jeremybrettassherlockholmes.jpg?w=210&#038;h=300" alt="jeremybrettassherlockholmes" width="210" height="300" />CAPÍTULO VII</p>
<p style="text-align:justify;">Una luz en la oscuridad</p>
<p style="text-align:justify;">La noticia con que nos saludaba Lestrade era de tal importancia y tan inesperada, que los tres nos quedamos sin habla. Gregson saltó de su sillón, volcando el vaso con lo que aún quedaba en el mismo de whisky y de agua. Yo miré en silencio a Sherlock Holmes, que apretaba los labios y contraía las cejas medio cerrando los ojos.<br />
—¡También Stangerson! .—masculló—&#8211;. La intriga se hace cada vez más oscura.<br />
—Ya lo era bastante sin esto —gruñó Lestrade, echando mano a una silla—. Por lo que veo, he caído en algo así como un consejo de guerra.<br />
—¿Está usted&#8230;, está usted seguro de esa noticia? —tartamudeó Gregson.<br />
—Vengo directamente de su habitación —dijo Lestrade—, y fui yo el primero en descubrir lo que había ocurrido.<br />
—Gregson nos había estado exponiendo su punto de vista del problema —hizo notar Holmes—. ¿Tendría usted inconveniente en relatarnos lo que usted ha visto y ha hecho?<br />
—No tengo inconveniente —contestó Lestrade, sentándose—. Confieso con franqueza que yo opinaba que Stangerson tenía algo que ver en la muerte de Drebber. Este nuevo giro que han tomado las cosas me ha venido a demostrar que estaba en un completo error. Poseído por completo de esa única idea, me puse a la tarea de averiguar el paradero del secretario, Habían sido vistos juntos en la estación de Euston. a eso de las ocho y media, la noche del día tres. Drebber fue encontrado en la carretera de Brixton a las dos de la madrugada. La cuestión que se me planteaba era la de descubrir en qué había pasado su tiempo Stangerson entre las ocho treinta y la hora del crimen, y qué había sido de él después de esa hora. Telegrafié a Liverpool dándoles una descripción de nuestro hombre y ordenándoles que vigilasen los barcos norteamericanos. Acto continuo me puse a la tarea de visitar todos los hoteles y pensiones de las proximidades de Euston. Yo razonaba de este modo: si Drebber y su compañero se han separado, lo natural es que este último se hospede en los alrededores para pasar la noche y que a la mañana siguiente merodee por la estación.<br />
—Lo probable era que se hubiesen dado cita de antemano en un lugar concreto —hizo notar Holmes.<span id="more-2091"></span><br />
—Eso es lo que debió de ocurrir. Me pasé toda la tarde de ayer investigando, sin resultado alguno. Reanudé la tarea esta mañana muy temprano, y a las ocho llegué al Hotel Reservado de Hailiday, en la calle de Little George. Al preguntar si se hospedaba allí un señor Stangerson, me contestaron afirmativamente en el acto. «Es usted, sin duda, el caballero a quien él espera —me dijeron—. Lleva dos dias esperando a un caballero». «¡Dónde está ahora?», le pregunté. «Arriba, acostado. Encargó que se le despertara a las nueve.» «Subiré, porque quiero hablar con él en seguida» contesté. Lo hice en la creencia de que mi súbita aparición quizá lo pusiese nervioso y lo llevase a decir algo antes de ponerse en guardia. El botones se ofreció a llevarme hasta la habitación. Ésta se hallaba en el segundo piso, y había que andar un pequeño pasillo para llegar hasta ella. El botones me indicó cuál era la puerta, y ya se disponía a marchar escaleras abajo cuando vi algo que, a pesar de mis veinte años de experiencia, hizo que me sintiese mal. Una pequeña cinta roja de sangre se abarquillaba, saliendo por debajo de la puerta; había cruzado en líneas sinuosas el pasillo y formaba un pequeño charco a lo largo de la orla de la pared de enfrente. Di un grito, que hizo retroceder al botones. Casi se desmayó al ver aquello. La puerta estaba cerrada por dentro, pero arrimamos a ella los hombros y la derribamos. La ventana de la habitación estaba abierta, y junto a ella, hecho un ovillo, yacía el cadáver de un hombre en camisa de dormir. Estaba muerto y así debía de llevar bastante tiempo, porque tenía los miembros rígidos y fríos. Al ponerlo boca arriba, el botones lo identificó en el acto como el mismo caballero que había alquilado la habitación a nombre de Joseph Stangerson. La muerte había sido producida por una profunda cuchillada en el costado izquierdo que penetró seguramente hasta el corazón. Y ahora viene lo más extraordinario del caso&#8230; ¿Qué creen ustedes que descubrimos por encima del cadáver del hombre asesinado?<br />
Sentí que me hormigueaba el cuerpo, con el presentimiento de que iba a escuchar algo espantoso, aun antes que Sherlock Holmes contestase de esta manera:<br />
—La palabra rache escrita con sangre.<br />
—Eso mismo —dijo Lestrade en tono de espanto. Y todos permanecimos unos momentos en silencio. Los crímenes de aquel incógnito asesino estahan rodeados de un algo metódico e incomprensible, que los hacía aún más espantosos. Mis nervios, que solían mantenerse bastante tranquilos en el campo de batalla, se estremecían ahora.<br />
—El asesino fue visto por alguien —prosiguió Lestrade—. Un repartidor de leche, que iba hacia la lechería, pasó casualmente por el camino que arranca desde las caballerizas que hay en la parte trasera del hotel. Se fijó en que una escalera portátil que suele haber allí arrimada al suelo se encontraba ahora en pie contra una de las ventanas del segundo piso y que la ventana estaba abierta de par en par. Después de cruzar por delante, se volvió a mirar y vio a un hombre que bajaba por la escalera. Bajó con tanta tranquilidad y tan sin hacer misterios, que el lechero se imaginó que se trataría de algún carpintero o fontanero que trabajaba en el hotel. No le prestó una atención especial, fuera de que pensó para sus adentros que era una hora demasiado temprana para que estuviese ya trabajando. Tiene la impresión de que era un hombre alto, de cara rubicunda y que vestía una chaqueta larga y tirando a color pardusco. Debió de quedarse en la habitación un ratito después de cometer el asesinato, porque encontramos agua sanguinolenta en la jofaina, donde se había lavado las manos, y marcas de sangre en las sábanas, en las que había limpiado cuidadosamente su cuchillo.<br />
Al escuchar la descripción del asesino, miré a Holmes, porque ella cuadraba exactamente con la suya. No descubrí, sin embargo, en su cara rastro alguno de júbilo o de satisfacción.<br />
—¿Y no encontró usted en la habitación nada que pueda servir de clave para descubrir al asesino? —preguntó.<br />
—Nada. Stangerson tenía en el bolsillo el portamonedas de Drebber, cosa que, según parece, era lo corriente, puesto que era él quien hacía todos los pagos. Contenía ochenta y tantas libras, que estaban intactas. Cualesquiera que sean los móviles de estos extraordinarios crímenes, hay que descartar, desde luego, el del robo. En los bolsillos del muerto no se encontraron documentos ni anotaciones, fuera de un telegrama fechado hará un mes en Cleveland, y cuyo texto era: «J. H. está en Europa,» El mensaje no traía firma.<br />
—¿Y no había nada más? —preguntó Holmes.<br />
—Nada que tuviese la menor importancia. Una novela, que el muerto estuvo leyendo hasta que concilió el sueño, estaba encima de la cama, y su pipa, en una silla al lado de la misma. Sobre la mesilla había un vaso de agua, y en el antepecho de la ventana una cajita de ungüento, de las de viruta, que contenía dos píldoras.<br />
Sherlock Holmes saltó de su asiento lanzando una exclamación de alegría, y dijo luego, jubiloso:<br />
—¡El último eslabón! Mi caso está ya completo.<br />
Los dos detectives se le quedaron mirando con asombro.<br />
—Tengo en mis manos todos los hilos que tan enredados estaban —dijo muy seguro mi compañero—. Faltan aún, claro está, detalles complementarios; pero estoy ahora tan seguro de todos los hechos principales que ocurrieron desde que Drebber y Stangerson se separaron en la estación, hasta el momento én que se descubrió el cadáver de este último, como si los hubiera estado viendo con mis propios ojos. Le daré a usted una prueba de lo que sé. ¿Tiene usted a mano las píldoras en cuestión?<br />
—Las tengo encima —dijo Lestrade, sacando una cajita blanca—. Las cogí, lo mismo que el monedero y el telegrama, con el propósito de guardarlas en lugar seguro en la comisaría. Lo hice por verdadera casualidad, porque no tengo más remedio que decir que no les atribuyo la menor importancia.<br />
—Démelas —dijo Holmes—. Y ahora, doctor —prosiguió volviéndose hacia mí—, ¿quiere decirme si se trata de píldoras corrientes?<br />
No lo eran, desde luego, Eran de un color gris perla, pequeñas, redondas y casi transparentes a contraluz. Hice este comentario:<br />
—Por lo livianas y transparentes que son, yo calculo que han de ser solubles en el agua.<br />
—Eso es precisamente —contestó Holmes—. Y ahora, ¿tendría usted la amabilidad de ir al piso de abajo y traerse a ese pobrecito terrier que lleva tanto tiempo enfermo y que nuestra patrona, le pedía ayer a usted que lo despenase?<br />
Descendí al piso bajo y volví a subir con el perro en brazos. A juzgar pór lo fatigoso de su respiración y lo vidrioso de su mirada, no se hallaba muy lejos de su final. A decir verdad, su hocico, de una blancura de nieve, pregonaba que el animalito había ya sobrepasado la edad corriente en la vida de un can. Lo coloqué sobre un almohadón, encima del felpudo.<br />
—Voy a proceder a dividir en dos una de estas píldoras —dijo Holmes, y sacando un cortaplumas puso sus palabras en acción—. Una mitad la volvemos a meter en la cajita para futuras demostraciones. Echará la otra mitad dentro de este vaso de vino, que tiene en el fondo una cucharadita de agua. Ya ven cómo tenía razón nuestro amigo el doctor, y lo fácilmente que se disuelve.<br />
—Quizás esto sea muy interesante —dijo Lestra. de con el tono ofendido de quien supone que se están riendo de él—; pero no alcanzo a ver qué relación tiene con la muerte del señor Joseph Stangerson.<br />
—Tenga paciencia, amigo; tenga paciencia. A su debido momento descubrirá que la relación no puede ser más íntima. Voy ahora a agregar a la mezcla un poco de leche, para que tenga buen sabor, y ya veremos cómo el perro lame bastante a gusto cuando se la pongamos delante.<br />
Mientras hablaba, vertió el contenido del vaso en un platillo y colocó éste delante del terrier, que se apresuró a lamerlo hasta no dejar gota. La seriedad con que actuaba Sherlock Holmes nos había impresionado hasta el punto de que permanecimos sentados y en silencio, con la atención concentrada en el animalito, esperando ver algo sorprendente. Sin embargo, no ocurrió tal cosa. El perro siguió tendido encima del almohadón, respirando fatigosamente, pero ni mejor ni peor por efecto del brebaje.<br />
Holmes había sacado su reloj, y conforme fue pasando un minuto tras otro sin que se observase resultado alguno, los rasgos de su cara fueron tomando una expresión de grandísimo pesar y desilusión. Se mordiscó los labios, tamborileó con los dedos encima de la mesa y dejó ver todos los síntomas de la más viva impaciencia. Era tan grande su emoción, que yo llegué a sentir un sincero pesar por él, mientras que los dos detectives se sonreían burlonamente. Aquel fracaso de Holmes no parecía desagradarles en modo alguno.<br />
—No puede ser una simple coincidencia —exclamó al fin, saltando de su asiento y yendo y viniendo como un desatinado por la habitación—. Es imposible que se trate de una simple coincidencia. Encontramos después de la muerte de Stangerson unas píldoras idénticas, las que yo sospeché que se habían empleado en el caso de Drebber. Y, sin embargo, resultan sin ninguna acción. ¿Oué puede significar esto? Con seguridad, que no puede existir un fallo en la cadena de mis razonamientos. ¡Imposible! Y, sin embargo, ningún daño le han hecho a este desgraciado chucho. ¡Ya di con ello! ¡Ya di con elIo !<br />
Dejó escapar un chillido de júbilo, se abalanzó hacia la cajita, dividió en dos la otra píldora, la disolvió, le agregó leche y se la presentó al terrier. Casi ni tiempo había tenido el desdichado animal de humedecer su lengua en el líquido cuando sufrió un temblor convulsivo en todos sus miembros y quedó tan rígido y sin vida como si lo hubiese herido el rayo.<br />
Sherlock Holmes hizo una aspiración profunda y se enjugó el sudor de la frente.<br />
—Debería tener una fe mayor —dijo—. Debería saber ahora que cuando un hecho parece contradecir un largo cortejo de deducciones resulta de una manera invariable capaz de ser interpretado de diferente manera. De las dos píldoras que había en la caja, una contenía el más mortífero de los venenos, en tanto que la otra era totalmente innocua. Debí saberlo sin necesidad de tener delante de mí la cajita.<br />
Esta última afirmación me pareció tan sorprendente, que me costó trabajo convencerme de que Holmes estaba en su sano juicio. Sin embargo, allí estaba el cadáver del perro para disipar gradualmente las nebulosidades de mi propio cerebro, y empecé a entrever de una manera vaga y confusa la verdad.<br />
—Todo esto les sorprende a ustedes —prosiguió Holmes— porque no llegaron a captar desde el principio de la investigación la importancia de la única clave auténtica que tenían delante. Tuve yo la buena suerte de aferrarme a ella, y todo cuanto ha ocurrido desde entonces ha servido para confirmar mi suposición primera; mejor dicho, no fue sino secuencia lógica. De ahí que las cosas que a ustedes los dejaban perplejos y que hacían que el caso se les presentase más oscuro, sirviesen para iluminármelo a mí para reforzar las conclusiones a que había llegado. Es un error confundir lo extraordinario con lo misterioso. El más vulgar de los crímenes es, con frecuencia, el más misterioso, porque no ofrece rasgos especiales de los que puedan hacerse deducciones. Habría resultado mucho más difícil desenredar este asesinato si el cadáver de la víctima hubiese sido encontrado simplemente en mitad de la calle, sin ninguno de los detalles accesorios, excesivos y sensacionales que lo han convertido en extraordinario. Estos detalles raros, lejos de hacer más difícil el caso, han contribuido verdaderamente a hacerlo más fácil.<br />
El señor Gregson, que había escuchado esta plática con mucha impaciencia, no se pudo ya contener, y dijo:<br />
—Escuche, Holmes: nosotros estamos dispuestos a reconocer que es usted un hombre inteligente y que posee sus métodos propios de trabajo. Pero en este caso necesitamos algo más que teorías y sermones. De lo que se trata es de echar mano a ese hombre. Yo me había hecho mi composición del caso, pero estaba equivocado, según parece. No es posible que el joven Charpentier haya tomado parte en este segundo suceso. Lestrade salió en pos de su hombre, de Stangerson, y, por lo que se ve, también estaba equivocado. Usted ha ido dejando caer insinuaciones aquí y allá, y parece saber más que nosotros; pero ha llegado el momento en que nos sentimos con derecho a pedirle que nos diga sin rodeos todo lo que sabe del asunto. ¿Puede usted darnos el nombre del criminal?<br />
—Yo no puedo menos de creer que Gregson tiene razón, señor —hizo notar Lestrade—. Ambos lo hemos intentado y ambos hemos fracasado. Desde que entré en esta habitación se ha dejado usted decir que poseía todos los elementos de juicio que le hacen falta. Estoy seguro de que no seguirá usted reservándoselos.<br />
—Toda demora en prender al asesino —hice notar yo— pudiera darle tiempo para perpetrar alguna nueva atrocidad.<br />
Al verse presionado de esa manera por todos nosotros, Holmes dio señales de irresolución. Siguió paseándose de un lado a otro por el cuarto, con la cabeza caída sobre el pecho y con las cejas contraídas sobre los ojos medio cerrados, como solía hacerlo cuando estaba sumido en sus pensamientos.<br />
—No cometerá más asesinatos—dijo al fin, deteniéndose bruscamente y encarándose con nosotros—. Pueden hacer a un lado esa consideración. Me han preguntado si conozco el nombre del asesino. Lo conozco. Sin embargo, poco significa el conocer su nombre, comparado con la posibilidad de echarle mano, y yo espero poder hacer esto muy pronto. Tengo muy buenas razones para pensar que lo conseguirá gracias a las disposiciones que he tomado; pero es preciso conducirse con mucha habilidad, porque nos hallamos ante un hombre astuto y desesperado, que cuenta con el apoyo, como ya he tenido ocasión de demostrarlo, de otro que es tan hábil como él. Mientras este hombre no sospeche que hay alguien que quizá tiene una clave, tendremos ciertas posibilidades de atraparlo; pero en cuanto adquiera la más ligera sospecha, cambiaría de nombre y se esfumaría instantáneamente entre los cuatro millones de habitantes de esta gran ciudad. Sin ánimo de herir las susceptibilidades de ninguno de ustedes, me veo obligado a decir que, en mi opinión, estos hombres son contrincantes con los que no puedé luchar el personal oficial de la Policia, y por esa razón no les pedí a ustedes ayuda. Si fracaso, recaerá sobre mí, como es lógico, todo el vituperio que merezco por esta omisión, y estoy dispuesto a cargar con él. Por el momento, prometo, sin dificultad, que me pondré en comunicación con ustedes en el instante mismo en que pueda hacerlo sin poner en peligro mis propias combinaciones.<br />
Gregson y Lestrade no parecieron ni mucho menos satisfechos con esta seguridad ni con la alusión despectiva hecha de la Policía detectivesca. El primero de los aludidos había enrojecido hasta la raíz de sus cabellos blondos, mientras que los ojillos de abalorio del otro brillaban de curiosidad y de resentimiento. Sin embargo, ninguno de los dos tuvo tiempo de hablar, porque alguien dio unos golpecitos a la puerta y el joven Wiggins, portavoz de los vagabundos callejeros, introdujo su personalidad insignificante y desagradable.<br />
—Con permiso, señor —dijo, llevándose los dedos a la guedeja delantera—. Tengo abajo el coche.<br />
—Eres buen muchacho —dijo Holmes con benignidad—. ¿Por qué no adoptan este modelo en Scotland Yard? —prosiguió mientras sacaba de un cajón unas esposas de acero—. Fíjense en lo bien que actúan los resortes. Se cierran de una manera instantánea.<br />
—Con el modelo antiguo nos bastará si llegamos a dar con el criminal al que hemos de ponérselas —comentó Lestrade.<br />
—Está muy bien, está muy bien —dijo, sonriente, Holmes—. El cochero podría ayudarme a cargar mis maletas. Pídele que suba, Wiggins.<br />
Quedé sorprendido al oir hablar a mi compañero como si fuera a salir de viaje, siendo así que no me había hablado una palabra a ese propósito. Había en la habitación una maleta pequeña, y ésa fue la que sacó al medio y empezó a sujetar con la correa. Se hallaba activamente ocupado en esa tarea, cuando entró el cochero.<br />
—Oiga, cochero: écheme una mano, sujetando esta hebilla —dijo, poniendo la rodilla encima, pero sin volver ni un momento la cabeza.<br />
El hombre aquel se adelantó con expresión arisca y desafiadora y apoyó sus manos para ayudar. Se oyó de pronto un clic seco, un tintineo metálico y Sherlock Holmes volvió a ponerse en pie de un salto, exclamando con ojos centelleantes:<br />
—Caballeros, permítanme que les presente al señor Jefferson Hope, asesino de Enoch Drebber y Joseph Stangerson. Todo fue cosa de un instante. Tan rápido fue, que ni tiempo había tenido yo para darme cuenta. Conservo como recuerdo vivaz de aquel momento el de la expresión de triunfo del rostro y del timbre de la voz de Holmes, de la cara atónita y furiosa del cochero al clavar su vista en las centelleantes esposas que habían aparecido como por arte de magia en sus muñecas. Durante uno o dos segundos habríamos podido pasar por un grupo de estatuas. Y de pronto, lanzando un bramido inarticulado de furor, se liberó de un tirón de las manos de Holmes, y se precipitó contra la ventana. Madera y cristal se quebraron por el golpe; pero antes que todo su cuerpo se proyectase fuera, Gregson, Lestrade y Holmes se tiraron a él como otros tantos sabuesos. Lo arrastraron hacia adentro, y entonces empezó una pugna terrorífica. Eran tales su fuerza y su furor, que una y otra vez se sacudió de nosotros cuatro. Se habría dicho que estaba dotado de la energía convulsiva de un hombre durante un ataque epiléptico. Tenía la cara y las manos terriblemente laceradas por los cristales rotos de la ventana, pero ni aun con la pérdida de sangre disminuía su resistencia. Sólo cuando Lestrade consiguió meterle la mano dentro de la corbata, y retorciéndola hasta casi estrangularlo, logramos convencerlo de que eran inútiles sus forcejeos; y aun entonces no nos tranquilizamos hasta que lo tuvimos atado de pies y manos. Hecho eso; nos levantamos sin aliento y jadeando.<br />
—Disponemos de su coche —dijo Sherlock Holmes—. Nos servirá para conducirlo a Scotland Yard. Y ahora, caballeros —prosiguió con agradable sonrisa—, estamos ya al final de nuestro pequeño misterio. Recibiré con gusto cuantas preguntas quieran hacerme, y no hay peligro de que me niegue a contestarlas.</p>
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	</item>
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		<title>Los tres mosqueteros, veinte años después &#8211; Alejandro Dumas</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Jun 2009 23:26:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morgana LeFey</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fragmentos de mis lecturas]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
		<category><![CDATA[alejandro dumas]]></category>
		<category><![CDATA[los tres mosqueteros]]></category>
		<category><![CDATA[novela aventuras]]></category>

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		<description><![CDATA[Desde el tiempo en que en nuestra historia de Los Tres Mosquete­ros, dejamos a Artagnan en la calle de Fosseyeurs, número 12, habían pasado muchas cosas y sobre todo muchos años.
 Artagnan no había faltado a las circunstancias, pero las circuns­tancias le habían faltado a él. Mientras estuvo rodeado de sus amigos, vivió en medio [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2087&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;"><em><img class="alignleft size-medium wp-image-2088" title="Veinte años despues" src="http://poesiaybelleza.files.wordpress.com/2009/06/veinte-anos-despues.jpg?w=197&#038;h=300" alt="Veinte años despues" width="197" height="300" />Desde el tiempo en que en nuestra historia de <em>Los Tres Mosquete­</em>ros, dejamos a Artagnan en la calle de Fosseyeurs, número 12, habían pasado muchas cosas y sobre todo muchos años.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> Artagnan no había faltado a las circunstancias, pero las circuns­tancias le habían faltado a él. Mientras estuvo rodeado de sus amigos, vivió en medio de los encantos de la juventud y de la poesía, pues te­nía uno de esos caracteres despejados e impresionables que se asimi­laban fácilmente las cualidades de los demás. Athos le comunicaba su grandeza, Porthos su verbosidad, Aramis su elegancia. Si Artagnan hubiese seguido su trato con estos tres hombres, habría llegado a ser un hombre de provecho. Athos fue el primero que le dejó para irse a las tierras que heredara junto a Blois. En seguida le abandonó Por­thos para casarse con su procuradora; y, por último, Aramis para reci­bir las órdenes y hacerse clérigo. Desde entonces Artagnan, que pare­cía haber confundido su porvenir con el de sus tres amigos, se encontró aislado y se sintió débil y sin valor para seguir una carrera en la que conocía que no podía llegar a ser gran cosa, sino a condi­ción de que cada uno de sus amigos le cediese una parte del fluido eléctrico que del cielo hubiese recibido.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> De modo que cuando Artagnan alcanzó el empleo de teniente de mosqueteros, su aislamiento no por eso fue menor. Ni era de tan ele­vado nacimiento como Athos para frecuentar las casas de los ilustres, ni tan vanidoso como Porthos para hacer creer que se rozaba con la alta sociedad, ni tan buen mozo como Aramis para conservar siempre una elegancia natural, propia de la persona. Por algún tiempo el dul­ce y tierno recuerdo de la señora Bonacieux revistió el ánimo del jo­ven teniente de cierta poesía; pero este recuerdo caducó como el de todas las cosas del mundo; se había ido borrando poco a poco: la vida del soldado en guarnición es fatal aun para las organizaciones distin­guidas. De las dos naturalezas opuestas que formaban la individuali­dad de Artagnan, la naturaleza material había ido adquiriendo insen­siblemente su dominio sobre la espiritual; siempre de guarnición, siempre en el campamento y siempre a caballo, había llegado a ser lo que se llama un perdido.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> No es esto decir que Artagnan hubiera perdido su delicadeza pri­mitiva; al contrario, esa delicadeza se aumentó más y más, o al menos parecía doblemente realzada bajo una apariencia algo más tosca; más aplicada a las cosas pequeñas de la vida y no a las grandes, al bienes­tar material, al bienestar tal como los militares lo entienden, es decir, a tener buena cama, buena mesa, y excelente patrona.</em></p>
<p><span id="more-2087"></span></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Artagnan hacía seis años que encontraba todos esos requisitos en la calle de Tiquetonne, y en su fonda de la Chevrette.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> En los primeros tiempos de su estancia en dicha casa, el ama, que era una hermosa y fresca flamenca de veinticinco a veintiséis años, se enamoró ciegamente de él. Después de algunos lances muy contraria­dos por un esposo incómodo, a quien Artagnan amenazó más de diez veces con pasar de parte a parte con su espada, desapareció una ma­ñana el marido, desertando para no regresar, después de haber vendi­do–– furtivamente algunos toneles de vino y llevándose el dinero y alha­jas. En suma, se creyó que había muerto. Su mujer especialmente, lisonjeada con la grata idea de hallarse viuda, sostenía osadamente que estaba en el otro mundo. En fin, después de tres años de unas re­laciones que Artagnan se había guardado muy bien de romper, por­que a ellas debía el que fueran cada año mejores su cama y su patro­na, cosa que se abonaban mutuamente, tuvo la última, la exorbitante pretensión de contraer segundas nupcias y aconsejó a Artagnan que se casara con ella.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––¡Qué disparate! ––contestó Artagnan––. ¿Pretendéis acaso tener dos esposos?</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––El otro ha muerto, estoy segura.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––No lo creo. Era muy aficionado a estorbar y volvería, aunque fuese del otro mundo, por el placer de que nos ahorcaran.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––Vos que sois tan diestro y tan valiente, ¿no tenéis más que ma­tarle si vuelve?</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––¡Cáspita! También ese es buen medio de bailar en la cuerda. ––¿Conque no deseáis casaros?</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––No.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>La hermosa fondista se quedó muy desconsolada, pues de buena gana hubiera tomado a Artagnan por esposo.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> Cuatro años duraban estas relaciones, cuando se organizó la expedición al Franco-Condado. Artagnan formó parte de ella, y al tiempo de partir, la patrona se deshizo en lágrimas y juramentos de fidelidad. Artagnan no hizo más promesa que la de procurar a toda costa ganar honra y provecho.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Conociendo su valentía, fácil es comprender que se portó bizarra­mente, y al cargar al enemigo al frente de sus soldados, recibió un ba­lazo en el pecho, quedando tendido en el campo de batalla. Viósele caer del caballo y no levantarse, de suerte que se le creyó muerto, y todos los que tenían esperanza de ocupar su vacante, aseguraron por sí o por no, que era cadáver. Es muy fácil creer lo que se quiere, y en el ejército, desde el general de división que desea la muerte del gene­ral en jefe, hasta los soldados que desean la del cabo, todo el mundo desea la muerte de alguien.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> Pero Artagnan no se dejaba matar ni por esas. Después de perma­necer durante los calores del día, privado del sentido sobre el campo de batalla, el fresco de la noche le hizo volver en sí: dirigióse como pudo a una aldea y llamó a la puerta de la casa que le pareció de me­jor aspecto, siendo perfectamente recibido. Allí se curó, cuidado con el mayor esmero, y una vez repuesto emprendió el camino de Francia; una vez en Francia, tomó el de París, y cuando llegó a París se dirigió a la calle de Triquetonne.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Al entrar en su cuarto encontróse desagradablemente sorprendi­do, viendo en ella un equipaje militar, al que sólo faltaba la espada para estar completo.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––Sin duda habrá regresado ––dijo para sí––: tanto mejor y tanto peor.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Artagnan se refería al marido de la fondista.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Intentó informarse del estado de la casa: la criada y los mozos eran nuevos. El ama había salido a paseo.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––¿Sola? ––preguntó Artagnan.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––Con el amo.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––¿Ha regresado el amo?</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––Sí, señor ––contestó sencillamente la criada.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> ––Si tuviera dinero ––pensó el gascón––, me marcharía. Pero como no lo tengo, tendré que quedarme y seguir los consejos de mi patrona, propinando una estocada a su marido.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Apenas acababa este monólogo, que evidencia que todo el mundo habla solo en las grandes ocasiones, cuando la criada, que estaba en la puerta, exclamó de repente:</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––Ahí viene la señora con el amo.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Artagnan miró a la calle y vio en la esquina de la de Montmartre a su buena patrona, que volvía colgada del brazo de un enorme suizo, que le recordó a Porthos por el aire hinchado y majestuoso con que se contoneaba.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>––¿Ese es el dueño? ––preguntó Artagnan––. Me parece que ha cre­cido mucho.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Y se sentó en la habitación en sitio en que pudiera ser visto.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>La patrona le vio en seguida y lanzó un débil grito.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Artagnan, con la mayor naturalidad, se levantó y dirigiéndose a ella la abrazó tiernamente.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>El suizo miraba asombrado a la fondista, que se quedó más blanca que la cera.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em><br />
</em></p>
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			<media:title type="html">Veinte años despues</media:title>
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	</item>
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		<title>Perú: Salvemos el Amazonas</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Jun 2009 22:57:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morgana LeFey</dc:creator>
				<category><![CDATA[Terrores reales en el mundo]]></category>
		<category><![CDATA[amazonas]]></category>
		<category><![CDATA[avaaz]]></category>
		<category><![CDATA[ong]]></category>
		<category><![CDATA[Perú]]></category>

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		<description><![CDATA[Estimad@s amig@s,



  Las fuerzas de seguridad peruanas han tenido enfrentamientos violentos con los grupos indígenas que se manifestaban contra la devastación del Amazonas. La selva es un tesoro del planeta: sumémonos a los manifestantes y firmemos la petición al Presidente Alan García para detener la violencia y salvar el Amazonas: 







El gobierno peruano ha [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2085&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;">Estimad@s amig@s,</p>
<table style="text-align:justify;" border="0" width="220" bgcolor="#ffffff">
<tbody>
<tr>
<td style="border:1px solid #000000;padding:10px;"><span style="font-family:Arial;color:black;font-size:x-small;"> <a href="http://www.avaaz.org/es/peru_stop_violence/?cl=253036953&amp;v=3468" target="_blank"> <img src="http://gfx1.hotmail.com/mail/w3/ltr/i_safe.gif" border="0" alt="" width="200" /></a></span><span style="font-family:Arial;color:black;font-size:x-small;">Las fuerzas de seguridad peruanas han tenido enfrentamientos violentos con los grupos indígenas que se manifestaban contra la devastación del Amazonas. <strong>La selva es un tesoro del planeta: sumémonos a los manifestantes y firmemos la petición al Presidente Alan García</strong> para detener la violencia y salvar el Amazonas: </span><span style="font-family:Arial;color:black;font-size:x-small;"><br />
</span></p>
<div style="text-align:center;"><span style="font-family:Arial;color:black;font-size:x-small;"><a href="http://www.avaaz.org/es/peru_stop_violence/?cl=253036953&amp;v=3468" target="_blank"><img src="http://avaazimages.s3.amazonaws.com/Sign%20the%20petition%20SP%20blue" border="0" alt="¡Firma la petición!" /></a></span></div>
</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p style="text-align:justify;">
El gobierno peruano ha aprobado un <strong>paquete legislativo</strong> que da permiso a grandes compañías extractivas y agro-industriales para <strong>explotar los recursos naturales de la selva amazónica, contribuyendo así a su rápida destrucción.</strong></p>
<p>Durante meses, los pueblos indígenas han demandado pacíficamente su derecho a ser consultados en relación a unos decretos que acelerarán la devastación de la ecología del Amazonas y de su gente, con nefastas consecuencias para el clima global. Pero la semana pasada <strong>el Presidente del Perú respondió enviando fuerzas especiales para reprimir</strong> las cada vez más radicalizadas protestas, etiquetando a los manifestantes de terroristas.</p>
<p>Estos <strong>grupos indígenas son parte de la vanguardia en la lucha por la protección de nuestro planeta: sumémonos a ellos </strong> e instemos al Presidente Alan García (ampliamente conocido por su afán de mantener una buena reputación internacional) a que detenga inmediatamente la violencia y abra canales de diálogo adecuados. <strong>Cliquea abajo para firmar esta urgente petición global</strong> y destacados aliados políticos de Avaaz en la región la entregarán en nuestro nombre:</p>
<p><a href="http://www.avaaz.org/es/peru_stop_violence/?cl=253036953&amp;v=3468" target="_blank">http://www.avaaz.org/es/peru_stop_violence</a></p>
<p><strong>Más del 70% de la Amazonía peruana se encuentra a merced de la sobreexplotación comercial.</strong> Multinacionales petroleras y de hidrocarburos, como la anglo-francesa Perenco y las norteamericanas ConocoPhillips y Talisma Energy, ya han comprometido inversiones billonarias en la región. Estos sectores cuentan con un <strong>paupérrimo historial en lo que concierne a su contribución al desarrollo local y la preservación del medioambiente en países en desarrollo.</strong> Es por ello que los indígenas reclaman su derecho, reconocido internacionalmente, a ser consultados antes de la aprobación de cualquier nueva legislación que les afecte.</p>
<p>Durante décadas, los pueblos indígenas han sido testigos de cómo las industrias extractivas devastaban las selvas, hogar de muchos y un tesoro indispensable para todos (algunos científicos y expertos del clima describen al Amazonas como &#8220;el pulmón del planeta&#8221;, que absorbe las emisiones de carbón causantes del calentamiento global a la vez que produce oxígeno).</p>
<p>Esta nueva ola de protestas en Perú es de vital importancia; <strong>no podemos permitir un fracaso. Firma la petición,</strong> y alienta a tus amigos y familiares a que se unan ellos también, para poder traer justicia a los pueblos indígenas del Perú, proteger la Amazonía y evitar nuevos actos de violencia por ambas partes.</p>
<p><a href="http://www.avaaz.org/es/peru_stop_violence/?cl=253036953&amp;v=3468" target="_blank">http://www.avaaz.org/es/peru_stop_violence</a></p>
<p>En solidaridad,</p>
<p>Luis, Paula, Alice, Ricken, Graziela, Ben, Brett, Iain, Pascal, Raj, Taren y todo el equipo de Avaaz.</p>
<p>Más información:</p>
<div id="MsgContainer" style="text-align:justify;">
<li>Sigue la tensión en el norte de Perú, BBC, 8 de Junio:<br />
<a href="http://www.bbc.co.uk/mundo/america_latina/2009/06/090607_2223_peru_tension_mf.shtml" target="_blank">http://www.bbc.co.uk/mundo/america_latina/2009/06/090607_2223_peru_tension_mf.shtml</a></li>
<li>La sociedad civil condena la masacre de indígenas en el Perú y hace un llamado para que se respeten los derechos humanos, 8 de Junio:<br />
<a href="http://www.globalwitness.org/media_library_detail.php/765/es/condena_masacre_peru_8_junio_2009" target="_blank">http://www.globalwitness.org/media_library_detail.php/765/es/condena_masacre_peru_8_junio_2009</a></li>
<li>Relator de DDHH pide diálogo gobierno-indígenas &#8211; AnsaLatina, 10 de Junio:<br />
<a href="http://www.avaaz.org/indigenas_peru_2" target="_blank">http://www.avaaz.org/indigenas_peru_2</a></li>
<li>Las petroleras &#8220;deben retirarse&#8221; mientras Perú vive su &#8220;propio Tiananmen&#8221;, Survival International, 8 de Junio:<br />
<a href="http://www.survival.es/noticias/4643" target="_blank">http://www.survival.es/noticias/4643</a></li>
<li>Amazonia cada día más petrolera, IPS, 23 de Agosto 2008:<br />
<a href="http://ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=89545" target="_blank">http://ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=89545</a></li>
<p><img src="http://www.avaaz.org/act/open/253036953.gif" border="0" alt="" /></p>
<p><strong>ACERCA DE AVAAZ</strong></p>
<p>Avaaz es una organización independiente y sin fines de lucro cuya misión es asegurar que los valores y opiniones de la mayoría de la gente sean tomados en cuenta en las políticas que nos gobiernan. &#8220;Avaaz&#8221; significa &#8220;voz&#8221; en varios idiomas asiáticos y europeos. Avaaz no acepta dinero de gobiernos ni de empresas y su equipo esta basado en oficinas en Ottawa, Londres, Río de Janeiro, Nueva York, Buenos Aires, Washington DC y Ginebra.</p>
<p>Haz clic <a href="http://www.avaaz.org/es/report_back_2/" target="_blank"><strong>aquí</strong></a> para saber más sobre nuestras campañas más importantes.</p>
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		<title>Historias de mi amigo Billy II</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Jun 2009 12:25:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morgana LeFey</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias]]></category>

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		<description><![CDATA[I -
Ahora que estoy borracho me doy cuenta de porque hace tiempo que ya no escribía! Mi vida sin bacus era teriblemente aburrida. Mi madre en mi pubertá se preocupaba por mi. Me creía algo subnormal. Aprendia todo a la perfeccion, pero me comia cualquier libro como si fuera un plato frio y soso, solo [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2066&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;">I -</p>
<p style="text-align:justify;">Ahora que estoy borracho me doy cuenta de porque hace tiempo que ya no escribía! Mi vida sin bacus era teriblemente aburrida. Mi madre en mi pubertá se preocupaba por mi. Me creía algo subnormal. Aprendia todo a la perfeccion, pero me comia cualquier libro como si fuera un plato frio y soso, solo por hambre. Mas tarde estubo segura de que sí lo estaba, porque solo con las primeras borracheras empecé a cojerle gusto a la vida.<br />
Aparte de que he perdido mi musa. Es un ser cyebrnetico que he perdido desde que ya no tengo facil aceso a la red. Hada hermosa y siniestra, vampiro dada que chupa de mis letras provocativas e inutiles, criatura hecha de fibra optica y cuchillas de afeitar.</p>
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:justify;">II-</p>
<p style="text-align:justify;">Era un deciembre jodidamente frio. En un gesto de amor invernal Dios se habia corrido encima de la ciudad. Pero es sabido que el hombre no tiene respeto por el amor de su criador. Todas las calles eran enguarradas por una pota gris hecha de nieve y esmog. Y pantanos de nieve derritida que se mezclaba al agua que brotaba de las cloacas.<br />
14 años. Billy esperaba la llamada sentado en el camastro de su celda. La mirada fija en la pared mirando a la nada. El roncar de su compañero le llevaba a un trance de recuerdos, los recuerdos de su padre, el fantasma, taladrandole el cerebro. El padre que tubo la genial idea de acsusarlo de criminal para alejarlo de su vida. La nada atraviesaba su cerebro y su cuerpo como si fuera un muelle tenido bajo presion.<br />
Pasos.<br />
Llaves.<br />
Cerrojo.<br />
5446 pongase en pies!<br />
Cara a la pared del fondo!<br />
Desnudese!<br />
90º!<br />
Hoy es mañana. Mañana es ayer.<br />
Ya no. Recorrió los pasillos de barrotes con una emocion indescribible. Impaciancia?  Porfin fuera.<br />
Ahí estaba el cabron. Se habia maquillado de una sonrisa paternal que exprasaba su perdon. Los brazos abiertos esperando su abrazo. Ven aquí pequeño. Como has crecido! Tienes todo mi perdon. Estoy ilumnado por una luz como en la television. Te llevaré a casa para que crezcas fuerte y con los buenos enseñamentos que tu abuelo, mi padre, me dió.<br />
Billy lo miró con una sonrisa ambigua, siniestra. Corrió hacia él para abrazarlo y cuando finalmente pudo reconocer su olor vomitivo deslizó el pincho del mango de la chaqueta, se lo clavó en la juglar y hechó a correr.<br />
Nunca mas pudieron cojerle.</p>
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:justify;">III -</p>
<p style="text-align:justify;">Un dia de sol, de floraciones y de nubes beaudelairianas, apareció Naruto. En la casa donde Billy vivía, había teles, ordenadores, cocinas y neveras, consolas, herramientas de todos tipos, equipos de música… Naruto había nacido en Roma y crecido en Madrid, había nacido en Vitoria, había nacido en Bombay y crecido en Londres, de padre nazi asesinado y madre francesa, de padre terrorista, de padres desconocidos…. Había recorrido el mundo, era un ninja, era un hacker, era experto en armas y había pasado las fronteras de media Europa con cargas de sustancias ilegales. Tocó con grupos famosos y participó en atracos y atentados, escaló montañas, navegó en pateras, rodó peliculas y combatió en guerrilas. Pero, sobre todo, vivía en una chabola ahí cerca, marginado y despreocupado. Su keli estaba amueblada únicamente por un colchón, una minicadena y un gato.<br />
A Billy le pareció genial poder conocer a una persona con tanta historia. Era entrañable y deseaba hacer amistades. Los otros de la casa se pasaban los días escuchando discos, mirando la tele o naufragando en la red. Billy se entretenía bebiendo birras y escuchando la incesante habla anfetaminosa de Naruto, que empezó a pasarse todos los días.<br />
Florecieron los candados en las puertas de las habitaciones. Billy no paraba de poner parches a la mala imagen de Naruto, el duende garrapata, ya que los colegas no estaban del todo contentos con su presencia en la casa.<br />
Una noche llegó lo inevitable para cualquier casa ocupada: puerta abajo, gritos y uniformes por doquier. Tuvieron la suerte de poder recoger todas sus pertenencias, pero no sabían dónde llevarlas y pasaron unas horas en la calle, con todos los cacharros sembrados por la acera. Por fin, Naruto tuvo la oportunidad de ganarse el respeto de todos. Su chabola se llenó de diez mil trastos. Cocina con bombona llena, microondas, radiales, nevera repleta de comida hasta reventar, ordenadores…! Pegaba brincos de alegría y sus ojos parecían los de un niño delante de un árbol de Navidad.<br />
Se movía por todos lados como loco leyendo libros, enchufando máquinas y mirando películas a la vez, como si tuviera los ocho brazos de la diosa Shiva. Enchufó la playstation y se hartó de jugar, demostró sus habilidades de hacker, de soldador profesional, de cocinero. A Billy y a los demás, les pareció que sí, de verdad había hecho y sabía hacer todo lo que iba contando, aunque Billy entendió que sus ratos de ocio imaginativo estaban destinados a acabarse.</p>
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			<media:title type="html">Morgana LeFey</media:title>
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	</item>
		<item>
		<title>La Roca del Adios &#8211; Libro II de Añoranzas y pesares  &#8211; Tad Williams</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Jun 2009 18:59:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morgana LeFey</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias]]></category>

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		<description><![CDATA[El fuego chasqueaba y escupía cuando los copos de nieve caían sobre las llamas para consumirse en un instante. Los árboles de alrededor aún recibían pinceladas de color anaranjado, pero la fogata del campamento se había reducido ya hasta quedar sólo las ascuas. Más allá de esta frágil barrera de luz, la niebla, el frío [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2062&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;"><em><img class="alignleft size-medium wp-image-2063" title="La roca del adios" src="http://poesiaybelleza.files.wordpress.com/2009/06/la-roca-del-adios_0-preview.jpg?w=189&#038;h=300" alt="La roca del adios" width="189" height="300" />El fuego chasqueaba y escupía cuando los copos de nieve caían sobre las llamas para consumirse en un instante. Los árboles de alrededor aún recibían pinceladas de color anaranjado, pero la fogata del campamento se había reducido ya hasta quedar sólo las ascuas. Más allá de esta frágil barrera de luz, la niebla, el frío y la oscuridad esperaban con paciencia.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Deornoth acercó más las manos a los rescoldos y trató de hacer caso omiso de la vasta presencia viva del bosque de Aldheorte que los envolvía, con las enredadas ramas que escondían las estrellas, los troncos ocultos por la boira que se balanceaba en el gélido e incesante viento&#8230; Josua se hallaba sentado frente a él, la mirada apartada de las llamas, en dirección a la hostil negrura. El angular rostro del príncipe, teñido de rojo por el resplandor del fuego, estaba contraído en una silenciosa mueca. A Deornoth le dolía en el alma, pero en esos momentos era difícil mirarlo. Por eso apartó al vista, frotándose los helados dedos como si con ello pudiera eliminar todo el sufrimiento: el suyo, el de su amo y el del resto del lastimosos y derrengado grupo.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Alguien gimió cerca, pero Deornoth no hizo caso. Eran muchos de su partida los que sufrían, y un par de ellos —la pequeña sirvienta, que tenía una espantosa herida en el cuello, y Helmfest, uno de los hombres del condestable, mordido por las infernales criaturas— no llegarían, probablemente, a la mañana siguiente.</em></p>
Posted in Historias  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/poesiaybelleza.wordpress.com/2062/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/poesiaybelleza.wordpress.com/2062/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/poesiaybelleza.wordpress.com/2062/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/poesiaybelleza.wordpress.com/2062/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/poesiaybelleza.wordpress.com/2062/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/poesiaybelleza.wordpress.com/2062/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/poesiaybelleza.wordpress.com/2062/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/poesiaybelleza.wordpress.com/2062/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/poesiaybelleza.wordpress.com/2062/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/poesiaybelleza.wordpress.com/2062/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2062&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" /></div>]]></content:encoded>
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			<media:title type="html">La roca del adios</media:title>
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	</item>
		<item>
		<title>Estudio en escarlata (una aventura de Sherlock Holmes) de Sir Arthur Conan Doyle. Novena parte.</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Jun 2009 15:09:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morgana LeFey</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias]]></category>
		<category><![CDATA[Sherlock Holmes]]></category>
		<category><![CDATA[arthur conan doyle]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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		<category><![CDATA[historia]]></category>
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		<description><![CDATA[Capítulo VI: Tobías Gregson da una prueba de lo que él es capaz.
Los periódicos del día siguiente venían llenos de noticias de lo que ellos calificaban de EL misterio de Brixton. Todos traían un largo relato del suceso, y algunos insertaban, además, artículos editoriales sobre el mismo. Encontré en ellos algunos datos que me resultaron [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2055&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;"><img class="alignleft size-medium wp-image-1738" title="jeremybrettassherlockholmes" src="http://poesiaybelleza.files.wordpress.com/2009/03/jeremybrettassherlockholmes.jpg?w=210&#038;h=300" alt="jeremybrettassherlockholmes" width="210" height="300" />Capítulo VI: Tobías Gregson da una prueba de lo que él es capaz.</p>
<p style="text-align:justify;">Los periódicos del día siguiente venían llenos de noticias de lo que ellos calificaban de EL misterio de Brixton. Todos traían un largo relato del suceso, y algunos insertaban, además, artículos editoriales sobre el mismo. Encontré en ellos algunos datos que me resultaron nuevos. Tengo todavía en mi libro de recortes una abundante cantidad de fragmentos y de extractos relativos al caso. He aquí un resumen condensado de los mismos.<br />
El <em>Dayly Telegraph</em> hacía notar que pocas veces se había dado en la historia del crimen una tragedia de características tan extrañas. El apellido alemán de la víctima, la ausencia de todo otro móvil y la siniestra inscripción en la pared, todo, en suma, lo señalaba como obra de refugiados políticos y de revolucionarios. Las organizaciones socialistas tenían en Norteamérica muchas ramas, y el difunto había, sin duda, infringido sus leyes no escritas, siendo por ello perseguido a muerte. Después de aludir a la ligera al Vehmgericht, al agua tofana, a los carbonarios, a la marquesa de Brinvilliers, a la teoría darviniana, a los principios de Maithus y a los asesinos de la carretera de Ratcliff, terminaba el artículo poníendó en guardia al Gobierno y solicitando una vígilancia más estrecha sobre los extranjeros residentes en Inglaterra.<br />
<span id="more-2055"></span><br />
El<em> Standard </em>comentaba el hecho de que esta clase de crímepes era cosa corriente bajo los gobiernos liberales. Se producían como consecuencia del desasosiego reinante en el ánimo de las masas y por el debilitamiento consiguiente de toda autoridad. El muerto era ya un caballero norteamericano que había residido por espacio de algunas semanas en la metrópoli. Se había hospedado en la pensión de madame Charpentier, en Torquay Terrace, Camberwell. Lo acompañaba en sus viajes su secretario particular, el señor Joseph Stangerson. Los dos se despidieron de la dueña de la casa el martes día 4 del corriente, y marcharon a la estación de Euston con el propósito manifiesto de tomar el expreso de Liverpool. Fueron vistos más tarde juntos en el andén. Nada más se sabe de los mismos hasta que, según se ha relatado, se encontró el cadáver del señor Drebber en una casa deshabitada de la carretera de Brixton, a muchas millas de distancia de Euston. Cómo fue el ir allí y de qué manera encontró la muerte, son cuestiones que se hallan todavía envueltas en el misterio. Nada se sabe de las andanzas de Stangerson.<br />
Nos complace que el señor Lestrade y el señor Gregson, de Scotland Yard, hayan concentrado sus actividades en este caso, y se predice confiadamente que estos funcionarios, tan bien conocidos, harán pronto luz en el suceso.<br />
El <em>Daily News </em>hacía notar que no cabía la menor duda de que se trataba de un crimen político. El despotismo y el odio a lo liberal de que se hallaban animados los gobiernos continentales habían empujado a nuestras costas una cantidad de hombres que pudieran haberse convertido en excelentes ciudadanos si no viviesen amargados por el recuerdo de todo cuanto habían sufrido. Rige entre esta clase de personas un severo código del honor, pagándose con la muerte cualquier quebrantamiento del mismo. Es preciso realizar los mayores esfuerzos para dar con el paradero del secretario, Stangerson, y para averiguar algunos detalles relativos a las costumbres del muerto. Se ha dado ya un gran paso gracias a haberse descubierto la dirección de la casa en que había estado alojado, y este éxito se debía por completo a la agudeza y a la energía del señor Gregson, de Scotland Yard.<br />
Sherlock Holmes y yo tenímos todas estas noticias juntos a la hora del desayuno, y mi compañero pareció extraordinariamente divertido con su lectura.<br />
—Ya le dije que, ocurriese lo que ocurriese, era seguro que Lestrade y Gregson se anotarían sus buenos tantos.<br />
—Eso depende del resultado final.<br />
—El resultado final no tiene ninguna importancia en esto, bendito de Dios. Si se atrapa al hombre, eso habrá ocurrido gracias a sus esfuerzos; si se nos escapa, eso habrá ocurrido a pesar de todos sus esfuerzos. Si sale cara, gano yo, y si sale cruz, pierde usted. Hagan lo que hagan tendrán partidarios. <em>Un sot trouve toujours un plus sot qui l’admire </em>. <strong>(1)</strong></p>
<p style="text-align:justify;"><strong>(1) </strong>Un tonto encuentra siempre otro más tonto que lo admira. (En francés en el original.)</p>
<p style="text-align:justify;">—¿Qué diablos es eso? —exclamé, porque en ese mismo instante nos llegó desde el vestíbulo y desde las escaleras el ruido precipitado de muchos pasos, acompañado de expresiones ruidosas de disgusto por parte de nuestra patrona.<br />
—Es la sección del Cuerpo de Policía detectivesca de Baker Street —dijo muy serio mi compañero.<br />
Aún no había acabado de hablar cuando se precipitaron en nuestro cuarto media docena de muchachos vagabundos de los más desaseados y harapientos que hasta entonces habían visto mis ojos.<br />
—¡Atención! —gritó Holmes con voz aguda, y los seis sucios pilluelos Formaron en línea, como otras tantas estatuillas indecorosas—. En adelante me enviaréis a Wiggins solo, para que venga a informarme de lo que haya, y los demás tendréis que quedaros en la calle. ¿Lo habéis averiguado ya, Wiggins?<br />
—No, señor; todavía no —contestó uno de los muchachos.<br />
—Tampoco me lo esperaba. Seguid con la tarea hasta que lo averigüéis. He aquí vuestro jornal<br />
—Holmes dio a cada uno un chelín—. Y ahora, largo de aquí, y ya veremos si la próxima vez me traéis mejores noticias.<br />
Los despidió con un vaivén de la mano, y ellos echaron a correr escaleras abajo igual que ratas; un instante después oíamos sus voces chillonas en la calle.<br />
—De cualquiera de estos pequeños mendigos se puede conseguir una suma de trabajo superior al que rinde una docena de hombres de las fuerzas de Policía —hizo notar Holmes—. La sola presencia de una persona con aspecto de funcionario basta para sellar la boca a cualquiera. Sin embargo, estos mozalbetes se meten por todas partes y lo escuchan todo. Además, son tan agudos como agujas; lo único que les hace falta es tener organización.<br />
—¿Y los va a emplear usted en este caso de la carretera de Brixton? —le pregunté.<br />
—Sí; hay un detalle que yo deseo conocer. Es simplemente cuestión de tiempo. ¡Hola! ¡Ahora sí que nos vamos a enterar de ciertas cosas que supondrán un castigo! Por ahí viene Gregson, con una expresión beatífica retratada en todos los rasgos de su cara. Me consta que viene a visitarnos. ¡Sí, ya se detiene! ¡Ahí está!<br />
Resonó un violento campanillazo, y pocos segundos después el detective de cabellos rubios subía por las escaleras, saltándolas de tres en tres escalones hasta que irrumpió en nuestro cuarto de estar.<br />
—¡Felicíteme, querido compañero! —exclamó dando apretones a la mano inerme de Holmes—.<br />
He dejado todo el asunto tan claro como la luz del día.<br />
El expresivo rostro de mi compañero pareció cubrirse con un velo de ansiedad, y preguntó:<br />
—¿De modo que ya está usted en la verdadera pista?<br />
—¡En la verdadera pista! ¡Pero, señor mío, si ya tenemos a nuestro hombre bajo candado y cerradura!<br />
—¿Y cómo se llama?<br />
—Arturo Charpentier, subteniente de las fuerzas navales de su majestad —exclamó Gregson, frotándose con gran prosopopeya sus manos regordetas y enarcando el pecho.<br />
Sherlock Holmes dejó escapar un suspiro de alivio y aflojó su preocupación con una sonrisa.<br />
—Tome asiento y pruebe uno de estos cigarros—dijo——. Estamos impacientes por saber cómo se las arregló usted. ¿Quiere tomar un whisky con agua?<br />
—No tengo inconveniente —contestó el detective—. Los tremendos esfuerzos por los que he pasado en los últimos dos días me han dejado exhausto. No se trata, según ya comprenderán ustedes, de los esfuerzos físicos tanto como de la tensión cerebral. Usted, señor Sherlock Holmes, se dará cuenta de ello, porque tanto usted como yo trabajamos con el cerebro.<br />
—Me honra usted mucho —contestó Holmes con gran seriedad—. Y ahora, oigamos de qué manera llegó usted a tan satisfactorio resultado.<br />
El detective tomó asiento en el sillón y empezó a dar chupadas complacido a su cigarro. De pronto, y en el paroxismo del placer, se dio una palmada en el muslo, exclamando:<br />
—Lo más divertido del caso es que ese tonto de Lestrade, que se cree tan listo, se ha lanzado por una pista completamente equivocada. Anda a la búsqueda del secretario Stangerson, que tiene tanta relación con el crimen como un niño que no ha nacido aún. No me cabe duda de que ya le habrá echado el guante.<br />
Esa idea cosquilleó de tal manera a Gregson, que rompió a reír hasta que casi se ahogaba.<br />
—¿ Y cómo se las arregló usted para dar con la clave?<br />
—Escuche, se lo voy a contar todo. Claro está, doctor Watson, que esto ha de quedar estrictamente entre nosotros. La primera dificultad con que tuvimos que luchar fue la de descubrir sus antecedentes en Norteamérica. Yo bien sé que hay personas que habrían esperado a que les llegase contestación a sus anuncios o a que los interesados se presentasen a proporcionar voluntariamente información. Ésa no es la manera de trabajar que tiene Tobías Gregson. ¿Recuerda usted el sombrero que encontramos junto al cadáver?<br />
—Sí —dijo Holmes—. Era de John Underwood e hijos, ciento veintinueve, Camberwell Road.<br />
Gregson pareció de pronto alicaído, y dijo:<br />
—No creía que usted se hubiese fijado en ello. ¿Estuvo en esa dirección?<br />
—No.<br />
—¡Ah! —exclamó Gregson, con voz de alivio—. Nunca hay que desdeñar posibilidades, por pequeñas que parezcan.<br />
—Nada es pequeño para una inteligencia grande —sentenció Holmes.<br />
—Pues bien: me presenté en la casa Underwood, y pregunté a este señor si había vendido un sombrero de tal medida y de tales características. Revisó sus libros y dio en el acto con él. Había enviado el sombrero a un señor Drebber que se alojaba en la pensión Charpentier, Torquay Terrace. Así es como conseguí la dirección del muerto.<br />
—¡Ingenioso, sumamente ingenioso! —murmuró Sherlock Holmes.<br />
—Acto continuo fui a visitar a madame Charpentier —prosiguió el detective—. La hallé muy pálida y afligida. Se hallaba presente también su hija, muchacha de una belleza extraordinaria; además tenía los ojos enrojecidos y le temblaban los labios mientras yo le hablaba. No se me escapó ese detalle. Empecé a olfatear gato escondido. Usted, señor Sherlock Holmes, conoce ya esa sensación que uno experimenta cuando se ha dado con la pista exacta: es como un estremecimiento nervioso. «¿Se ha enterado usted de la muerte misteriosa del señor Enoch J. Drebber, de Cleveland, al que tuvo en su pensión últimamente?», le pregunté. La madre asintió con la cabeza. Parecía incapaz de pronunciar una palabra. La hija rompió a llorar. Yo tuve más que nunca la sensación de que aquella gente sabía algo del asunto. «¿A qué hora salió el señor Drebber de su casa para ir a tomar el tren?», le pregunté. «A las ocho —contestó, tragando saliva para dominar su excitación—. Su secretario, el señor Stangerson, dijo que había dos trenes, uno a las nueve quince y otro a las once. Iba a tomar el primero.» «¿Y fue ésa la última vez que usted lo vio?’&gt; Al hacerle yo esta pregunta se operó en el rostro de la mujer un cambio espantoso. Se puso completamente lívida, Tardó algunos segundos en poder pronunciar una sola palabra: «Sí.» Y cuando la pronunció lo hizo con voz ronca y forzada. Reinó por un instante el silencio, hasta que la hija habló con voz tranquila y clara, y dijo: «Madre, de la mentira nunca puede salir nada bueno. Seamos sinceras con este caballero. Nosotras volvimos a ver al señor Drebber.» «¡Que Dios te perdone! —exclamó madame Charpentier, alzando las manos y cayendo de espaldas en su silla—. Acabas de asesinar a tu hermano.» «Arturo prefiere que digamos la verdad», contestó con firmeza la muchacha. «Lo mejor que ustedes pueden hacer es contármelo todo —les dije—. Las confidencias a medias son peores que el silencio. Además, ustedes no saben de qué cosas estamos nosotros enterados.» «¡Caigan las consecuencias sobre tu cabeza, Alicia! —exclamó la madre, y volviéndose hacia mí, agregó—:<br />
Se lo contaré todo, señor. No se imagine que mi emoción al pensar en mi hijo se produzca porque yo tema en modo alguno que él haya podido tener una participación en este suceso terrible. Mi hijo es por completo inocente. Sin embargo, la angustia mía procede de que a los ojos de usted y a los ojos de los demás pueda aparecer comprometido, cosa que es, sin la menor duda, imposible. Ni por la nobleza de su manera de ser, ni por su profesión, ni por sus antecedentes, ha podido intervenir en el suceso.» «Lo mejor que usted puede hacer es confiarme todos los hechos —le contesté—. Tenga la seguridad de que si su hijo es inocente, nada perderá con ello.» «Alicia, quizá sea mejor que nos dejes a solas», dijo ella, y su hija se retiró. Acto continuo, prosiguió la madre: «Pues bien, señor: mi propósito no era informarle de todo esto; pero ya que mi pobre hija lo ha revelado, no me queda otra alternativa. Una vez decidida a hablar, se lo contaré todo, sin omitir ningún detalle». «Es lo mejor que usted puede hacer», le dije. «El señor Drebber ha permanecido en nuestra casa cerca de tres semanas. Él y su secretario, el señor Stangerson, viajaron por el Continente. En sus baúles pude ver una etiqueta de “<em>Copenhague</em>”. Lo que demostraba que la última ciudad en la que se habían detenido fue ésa. Stangerson era hombre tranquilo y reservado; pero lamento tener que decir que su jefe era muy distinto: de costumbres vulgares y de maneras rudas. La noche misma de su llegada se emborrachó de muy mala manera, y puede decirse que era raro verlo sobrio después de las doce de cualquier día. Trataba a las doncellas con una libertad y con una familiaridad por demás desagradables. Y lo peor fue que adoptó muy pronto igual actitud hacia mi hija, Alicia, y más de una vez le dirigió la palabra en forma que ella, afortunadamente, es demasiado inocente para comprender. En una ocasión llegó hasta abrazarla por la fuerza, insolencia que obligó a su propio secretario a echarle en cara su mala conducta cobarde.» ¿Y por qué aguantaron ustedes todo esto? —le pregunté—. ¿Es que no pueden desembarazarse de sus inquilinos cuando bien les parece?» La señora Charpentier se ruborizó al oír mi oportuna pregunta, y dijo: « ¡Ojalá le hubiese yo despedido el día mismo en que llegó! Pero la tentación era muy viva, porque me pagaban cada uno una libra diariamente, es decir, catorce libras semanales, y nos encontramos en la estación muerta del negocio. Soy viuda, y me ha costado mucho dinero la carrera de mi muchacho en la  Marina. Me dolía perder ese dinero. Obré como mejor me pareció. Pero esto último que hizo pasaba ya de la raya, y basándome en ello le di el aviso de despedida. Por eso se marchó.» ¿Y qué más?» «Se me aligeró el corazón cuando le vi marchar. Precisamente mi hijo se encontraba en la actualidad con permiso; pero nada le dije de todo lo ocurrido, porque es de carácter violento y quiere con pasión a su hermana. Cuando se marcharon y cerré la puerta sentí como si me hubiesen quitado un peso del alma. Pero ¡ay!, aún no había pasado una hora cuando tocaron la campanilla de la puerta y me enteré de que el señor Drebber había vuelto. Estaba muy excitado y, con toda evidencia, bebido. Se metió en la habitación en que estaba yo sentada con mi hija e hizo algunas observaciones incoherentes sobre que había perdido el tren. Se encaró con Alicia y, en mi propia presencia, le propuso que se fugase con él, diciéndole: “Eres ya mayor de edad, y no hay ley alguna que te lo impida. Tengo dinero suficiente y de sobra. No te importe nada por la vieja, y vente conmigo ahora mismo. Vivirás como una princesa.” La pobre Alicia estaba tan asustada que se apartó de él, y entonces la agarró por la muñeca y trató de arrastrarla hacia la puerta. Yo grité, y en ese instante entró mi hijo Arturo en la habitación. No sé lo que entonces ocurrió. Oi juramentos y los ruidos confusos de una riña. Estaba demasiado aterrada para levantar mi cabeza. Cuando alcé la vista, Arturo estaba en el umbral de la puerta con una garrota en la mano y riéndose:<br />
“No creo que este buen señor vuelva a molestarnos —dijo—. Voy tras él para enterarme de sus andanzas.” Dicho lo cual, cogió el sombrero y marchó calle adelante. A la mañana siguiente nos enteramos de la muerte misteriosa del señor Drebber.» Tal fue el relato que salió de labios de la señora Charpentier, entre muchos jadeos y pausas. Hablaba a veces tan bajo, que apenas si yo podía captar sus palabras. Sin embargo, tomé apuntes taquigráficos de todo cuanto dijo, para que no hubiese la menor posibilidad de equivocación.<br />
—Es completamente emocionante —comentó Sherlock Holmes, bostezando—. ¿Y qué fue lo que ocurrió después?<br />
—Cuando la señora Charpentier acabó de hablar —prosiguió el detective— me di cuenta de que el caso todo estaba pendiente de un solo punto. Clavándole la mirada de un modo que siempre me ha dado resultado con las mujeres, le pregunté a qué hora había regresado su hijo. «No lo sé», me contestó. ¿Que no lo sabe usted?» «No, porque tiene un llavín y entra sin llamar.» «¿Fue después que ustedes se acostaron?» «Sí.» ¿Y a qué hora lo hicieron?» «A eso de las once.» «¿De modo que su hijo faltó por lo menos dos horas?» «Sí.» «¿ Y qúizá cuatro o cinco?» «Sí.» «¿Y qué estuvo haciendo en todo ese tiempo?» «Lo ignoro», me contestó, y perdió hasta el color de los labios. Claro que después de esto no quedaba por hacer más que una cosa. Averigüé dónde estaba el teniente Charpentier, me hice acompañar de dos agentes y lo detuve. Cuando yo le di un golpecito en el hombro conminándole a que nos acompañase, tranquilamente nos contestó con la mayor imperturbabilidad: «Supongo que me detienen en relación con la muerte de ese canalla de Drebber.» Nosotros no le habíamos dicho una sola palabra del asunto, por lo que esa alusión al mismo resultaba por demás sospechosa.<br />
—Muchísimo —dijo Holmes.<br />
—Aún llevaba con él la pesada garrota con la que, según explicó su madre, había salido en pos de Drebber. Era una gruesa tranca de roble.<br />
—¿Y cuál es, según eso, la hipótesis de usted?<br />
—La de que siguió a Drebber hasta la carretera de Brixton. Una vez allí, se enzarzaron otra vez en un altercado, y Drebber recibió en el curso de éste un garrotazo, quizá en la boca del estómago, que lo mató sin dejar señal del golpe. La noche era tan lluviosa, que no andaba nadie por allí, y entonces Charpentier arrastró el cadáver de su víctima hasta el interior de la casa deshabitada. La vela, la sangre, la inscripción en la pared y el anillo bien pudieran ser otros tantos ardides para lanzar a la Policía por una pista falsa.<br />
—¡Magnífico trabajo! —dijo Holmes con voz alentadora—. La verdad sea dicha, Gregson: progresa usted. Todavía llegaremos a hacer de usted algo importante.<br />
—Me envanezco de haber llevado la cosa limpiamente —contestó el detective con orgullo—. El joven hizo voluntariamente la declaración de que, cuando llevaba un rato siguiendo a Drebber, éste se dio cuenta de ello, y tomó un coche para huir de él. Cuando regresaba a casa, tropezó con un antiguo camarada de a bordo y dieron un gran paseo. Al preguntarle que dónde vivía ese antiguo camarada de a bordo, no supo dar una contestación satisfactoria. Creo que todo encaja perfectamente. Lo que a mí me divierte es el pensar en Lestrade, que salió tras una pista falsa. Me temo que no vaya lejos; pero ¡por Júpiter!, que aquí tenemos a nuestro hombre.<br />
En efecto, era Lestrade, quien, mientras hablábamos, había subido por las escaleras y entraba ahora en la habitación. Sin embargo, no se observaban ahora en él la viveza y el garbo, que constituían, por lo general, un rasgo distintivo en sus maneras y en su vestir. En su cara advertíanse la turbación y el desconcierto, y traía las ropas desarregladas y sucias. Parecía evidente que venía con el propósito de consultar con Sherlock Holmes, porque la presencia<br />
de su colega lo llenó de embarazo y cortedad. Se quedó en pie en el centro de la habitación, manoseando nerviosamente el sombrero y sin saber qué hacer. Por último, dijo:<br />
—Este caso es de los más extraordinarios. Sí, es un asunto de lo más incomprensible.<br />
—¿De modo, señor Lestrade, que se ha convencido de ello? —exclamó Gregson con acento de triunfo—. Ya pensaba yo que llegaría usted a esa conclusión. ¿Consiguió dar con el paradero del señor Joseph Stangerson, el secretario?<br />
—El secretario señor Joseph Stangerson —contestó con mucha gravedad Lestrade— fue asesinado esta mañana, a eso de las seis, en el Hotel Reservado de Halliday.</p>
<p style="text-align:justify;"><strong> </strong></p>
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		<title>Poesía élfica ESDLA &#8211; La canción de Lorien de las Flores</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Jun 2009 20:13:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Morgana LeFey</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Poesia]]></category>
		<category><![CDATA[elfos]]></category>
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Había en otro tiempo una doncella élfica,
una estrella que brillaba en el día,
de manto blanco recamado en oro
y zapatos de plata gris.
Tenia una estrella en la frente,
una luz en los cabellos,
como el sol en las ramas de oro
de Lórien la bella.
Los cabellos largos, los brazos blancos,
libre y hermosa era Lórien,
y en el viento corría levemente,
como [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=poesiaybelleza.wordpress.com&blog=2345045&post=2029&subd=poesiaybelleza&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:center;"><span style="color:#000000;"><img class="aligncenter size-medium wp-image-2030" title="lothlorien" src="http://poesiaybelleza.files.wordpress.com/2009/05/lothlorien.jpg?w=216&#038;h=300" alt="lothlorien" width="216" height="300" /></span></p>
<p style="text-align:center;">
<p style="text-align:center;"><span style="color:#000000;">Había en otro tiempo una doncella élfica,<br />
una estrella que brillaba en el día,<br />
de manto blanco recamado en oro<br />
y zapatos de plata gris.<br />
Tenia una estrella en la frente,<br />
una luz en los cabellos,<br />
como el sol en las ramas de oro<br />
de Lórien la bella.<br />
Los cabellos largos, los brazos blancos,<br />
libre y hermosa era Lórien,<br />
y en el viento corría levemente,<br />
como la hoja del tilo.<br />
Junto a los saltos de Nimrodel,<br />
cerca del agua clara y fresca,<br />
la voz caía como plata que cae<br />
en el agua brillante.<br />
Por dónde anda ahora, nadie sabe,<br />
a la luz del sol o entre los sombras,<br />
pues hace tiempo que Nimrodel<br />
se extravió en las montañas.<br />
Un barco elfo en el puerto gris,<br />
bajo el viento de la montaña,<br />
la esperó muchos días<br />
junto al mar tumultuoso.<br />
Un viento nocturno en el norte<br />
se levantó gritando,<br />
y llevó la nave desde las playas élficas<br />
sobre olas que iban y venían.<br />
Cuando asomó la pálida aurora<br />
las montañas grises se hundían<br />
más allá de las olas empenachadas<br />
de espuma enceguecedora.<br />
Amroth vio que la costa desaparecía<br />
debajo y más allá de la ola,<br />
y maldijo la nave pérfida que lo llevara<br />
lejos de Nimrodel.<br />
Había sido antaño un rey élfico<br />
señor del valle y los árboles,<br />
cuando los brotes primaverales se doraban<br />
en Lothlórien la bella.<br />
Lo vieron saltar desde la borda<br />
como flecha de un arco<br />
y caer en el agua profunda<br />
como una gaviota.<br />
El aire le movía los cabellos,<br />
y la espuma le brillaba alrededor,<br />
lo vieron de lejos hermoso y fuerte<br />
deslizándose como un cisne.<br />
Pero del Oeste no llegó una palabra,<br />
y en la Costa Citerior<br />
los elfos nunca tuvieron<br />
noticias de Amroth.</span></p>
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			<media:title type="html">Morgana LeFey</media:title>
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