No hay mal que por bien no venga

Pensar en el accidente que me había traído al hospital me ponía de los nervios. Imagínate que eres una conductora estupenda, que cumples con todas las normas de circulación, eres prudente y sesuda, que incluso respetas los pasos de cebra, -algo realmente extraño teniendo en cuenta que todo el mundo se los pasa por el forro del abrigo y que la única opción que tiene un peatón de cruzar una calle muy concurrida de trafico es un semáforo o lanzarse a la aventura con los ojos cerrados y poner un pie en la calzada esperando que los coches te vean y frenen a tiempo antes de darte el gran porrazo-. Y un buen día viene un capullo que se salta un stop y tu y tu moto saléis volando por los aires… Me rompí las dos piernas. En realidad se convirtieron en una especie de rompecabezas para traumatólogos, y estuvieron unas cuantas horas en el quirófano intentando recomponerlas. Las semanas que siguieron fueron muy duras y dolorosas, pero no es de esto de lo que quiero hablar. ¡Quiero hablar de EL! Por Dios, alto, guapo, pelirrojo, ojos claros… Pero estoy adelantando acontecimientos y será mejor ir paso a paso. Tal y como iba yo el día que le conocí.

Imaginaos un pasillo de hospital largo y blanco, con sus enfermeras caminando por allí, con sus uniformes inmaculados, empujando sus carritos con las medicinas de los enfermos algunas, otras con papeles hablando entre ellas, otras empujando una camilla vacía… Y a mí en medio de toda esa locura, con mis dos piernas escayoladas, arrastrando el alma por el suelo, completamente deprimida y con el poco ego que me quedaba agarrado a dos muletas. Intentaba llegar hasta el ascensor, harta de estar en la habitación, para bajar hasta la primera planta y refugiarme en la cafetería para tomar otra dosis casi mortal de cafeína. Y allí, delante de la puerta del ascensor, con las escaleras a un lado y un teléfono publico en el otro, ocurrió el milagro. Fui atropellada desconsideradamente por un gilipollas que salió del ascensor empujando la puerta de mala manera. Me la comí enterita, sin dejar ni una migaja, y en el proceso perdí las muletas y empecé a caer hacia atrás. Me mato, pensé, lo que no consiguió un coche lo conseguirá un ascensor, vaya suerte la mía, estoy gafada, vaya una mierda… Todo eso lo pensé en cuestión de décimas de segundo mientras manoteaba desesperadamente intentando agarrarme al mismo aire. Y cuando creí que ya no había nada que hacer noté unas manos que me sujetaban y que impedían que me golpease contra el suelo. Me levantaron con suavidad, me cogieron en brazos y me llevaron hasta los asientos de la sala de espera de la planta, para volver atrás a recoger mis muletas.
-Espero que no te hayas hecho daño,- me dijo y sonrió. Le devolví la sonrisa algo atontada, no se si por la casi caída o deslumbrada por sus dientes blancos, y le contesté. O por lo menos lo intenté, aunque de mi boca solo salió una especie de “iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”. Por suerte pude recuperar el habla justo a tiempo, cuando él ya se daba la vuelta para irse.
-Nomehehechodañogracias¿Puedoinvitarteatomaruncafé?
Lo dije así, de corrido y sin una pequeña pausa para respirar. Creo que debí ponerme morada porque me miro con preocupación.
-De acuerdo, pero sólo si respiras. Aunque ahora mismo iba a visitar a un amigo.
Al decir amigo levantó el brazo izquierdo y señaló el pasillo con el pulgar. Con ese gesto hizo que la americana oscura se separara ligeramente mostrando la placa que llevaba enganchada en el cinturón. Un poli. Vaya.
-Un par de horas. Es lo que yo estaré en la cafetería del hospital. Quiero decir que si quieres pasarte por allí antes de irte… Bueno, ahí estaré.
Me sentí como una estúpida, balbuceando. ¡Por el amor de Dios, no tengo quince años! ¿Cómo pude comportarme así? Me lo he preguntado muchas veces desde ese día y siempre llego a la misma conclusión: sus ojos. Son de un azul grisáceo brillante que confunden cuando te miran, y tienen ese efecto extraño, te dan la sensación de que puede ver dentro de ti, hasta tu alma y tus más íntimos secretos y su sonrisa te dice que no te preocupes, que puedes confiar en él…
Sentada en la cafetería me dije que no era tan guapo como me había parecido al principio. Después de todo estaba bajo los efectos del susto y del agradecimiento. Me imaginé su cara y la repasé mentalmente; barbilla estrecha, labios más bien delgados y boca tirando a pequeña, cejas estrechas en su inicio y más pobladas al final… Llegué a la definitiva conclusión que no era guapo en absoluto (los pelirrojos nunca acostumbran a serlo), y que me había dejado influenciar por las circunstancias justo en el momento en que él cruzó la puerta de la cafetería y se dirigió hacia donde yo estaba. Nunca en mi vida había cambiado de opinión tantas veces en tan poco tiempo. El cosquilleo de mi estómago y las palpitaciones de mi corazón descontrolado me decían que no sólo era guapo, sino que estaba para mojar pan.
-¿Cómo está tu amigo?- le pregunté mientras se sentaba. Me sonrió con su boquita, una sonrisa estrecha algo desganada, como si lo hiciera por compromiso. Eso me desanimó, y me dolió. Ni siquiera le conocía y ya me dolía. Estás loca, me dije, completamente loca. Sí, me contesté, creo que estoy loca por él. Y ni siquiera se como se llama.
-Vivo, que ya es mucho. Aunque parece que no podrá volver a andar.
Comprendí su sonrisa forzada y sus ojos tristes, algo enrojecidos. Tuve la impresión que había llorado.
-Vaya, lo siento,- le dije.- ¿Un accidente de tráfico?
-Un tiroteo. Una bala en la columna vertebral.
-Mala cosa.
-Sí.
Trajeron el café y se quedó mirando la taza como si de repente se hubiese ido de allí, como si estuviese lejos, en otra parte. ¿Había estado presente en el tiroteo? ¿Se estaría preguntando si hubiese podido hacer algo por evitar el desenlace?
-¿En que habitación está?
Regresó de repente y parpadeó sorprendido al verme allí. Tuve la impresión de ser invisible durante unos segundos.
-Perdona, ¿qué me has preguntado?
-Que en qué habitación está. Creo que te debo algo más que un café por lo que has hecho por mi antes, y yo estaré aquí aún muchas semanas y tengo mucho tiempo libre, así que podría ir a verle cada día un rato, hablar con él, darle ánimos… No se.
-Eres muy amable,- me miró con sus ojos, tristes y de repente sonrió de nuevo, pero esta vez de verdad, con picardía.- No creo que sea buena idea. Es un donjuán y acabaría enamorándote y entonces yo no podría invitarte a salir.
Casi me desmayo. ¡A salir! ¡Invitarme! ¡A MI! Creo que empecé a sudar como una condenada e hice un comentario de esos tan estúpidos que cuando por fin consigues cerrar la boca tienes ganas de morirte, pero él siguió sonriendo.
Estuvo hablando de su amigo durante largo rato, contando sus hazañas, y me preguntó por mi accidente. Yo se lo conté, de pe a pa, todo lo que me había pasado y lo que estaba pasando con la recuperación, como me sentía, tan hundida… Fue una sensación extraña, sin conocerle en absoluto era como si le conociese de toda mi vida, como si no hubiese nada que no pudiese contarle o decirle, como si ocultarle algo fuese un terrible pecado que podía condenarme al infierno… Cuando se fue me prometió que volvería otro día pero yo no le creí, ¿por qué motivo iba a volver a verme? Ninguno. Por eso cuando al cabo de tres días le vi cruzar el umbral de mi puerta (era la habitación de un hospital, sí, pero llevaba tanto tiempo allí que casi era como mi casa), me quedé total y absolutamente sorprendida. ¡Había venido a verme de nuevo! ¡Un hombre que cumplía con su palabra! ¡Más extraño que un perro verde o que una rana con pelo!
Volvimos a la cafetería y aquella vez no hablamos de dolencias ni dolores, sino de nosotros. Cine, musica, literatura, hobbies, aficiones, pensamientos y deseos. Hablamos de todo eso y más hasta que por fin se marchó, dejándome más estupida que nunca, embobada mirándole mientras se iba. Una enfermera amiga (con el tiempo que llevaba casi todo el personal ya era amigo mio) vino por detrás con un pañuelo y me limpio la barbilla.
-Estas babeando, cariño…
Nos reímos las dos.
Bueno, no cabe decir que volvió otra vez, y otra, y otra, y cuando por fin me dieron el alta hospitalaria vino a buscarme para llevarme a mi casa. Ese día me dio nuestro primer beso. Yo aún necesitaba bastón para caminar, pero era más una ayuda a mi equilibrio que otra cosa, y cuando me abrazó y me besó, cayó al suelo, dio con el pomo en una maceta y la rompió. Nos sentimos como chiquillos, adolescentes que descubren la primera caricia, encendidos como teas. Me cogio en brazos como el día que nos conocimos y entramos en mi casa. En ese momento de locura sexual, di las gracias a mi amiga Angélica por haberme mantenido el apartamento limpio y decente. ¿Os imagináis entrando en vuestra casa después de meses sin aparecer por allí, en las mismas circunstancias que yo, y lo encontráis hecho una autentica pocilga? Y por suerte a nadie se le ocurrió montar una fiesta sorpresa de bienvenida, porque sino menuda escenita…
Acabamos en la cama y hasta hoy seguimos juntos y enamorados. Por eso desde ese dia siempre digo que NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA…
Anuncios
Published in: on 5 marzo 2008 at 11:34 PM  Dejar un comentario  
Tags: , ,

The URI to TrackBack this entry is: https://poesiaybelleza.wordpress.com/2008/03/05/no-hay-mal-que-por-bien-no-venga/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: