Tormento

Llovía, y ese hecho hacía que el funeral pareciese sacado de un telefilme. ¿Por qué en todas las películas de la televisión llovía cuando enterraban a alguien? Esa pregunta parecía estúpida ahora. En realidad, era una pregunta estúpida en cualquier circunstancia.
Echó un vistazo al cementerio. Era muy extenso y las tumbas, dispuestas en hileras a ras de suelo, estaban bien conservadas. Las cubría un césped verde intenso al que las flores depositadas con cariño por amigos y familiares de los muertos, daban un toque de alegría en contraposición a la solemnidad mortuoria de las lápidas. En general era agradable y no deprimente como el cementerio donde estaban enterrados sus padres.


Resguardado de la mirada de los curiosos detrás de un árbol, concentró su atención en el funeral que se estaba celebrando a un centenar de metros de allí.
Los asistentes al entierro iban todos con paraguas y vestidos de riguroso luto; incluso las mariconas, siempre con trajes de colores, llevaban el negro con herido orgullo. Excepto los padres de Lisa, todos los demás pertenecían al mundo nocturno del cabaret. Todos eran compañeros de la muerta, además de amigos. También había algunas putas, aunque jamás podría considerarse a Lisa una de ellas. Ella había sido una artista; una cantante con talento que no había tenido demasiada suerte en la vida y que no había logrado salir de los tugurios pestilentes donde había empezado a trabajar a los diecisiete años, aguantando a un público que lo único que quería era ver su strip-tease y al que le importaba un comino si tenía talento musical.
El sacerdote recitaba las plegarias de rigor mientras los demás lloraban. Las flores depositadas sobre su ataúd estaban mojadas por la lluvia, que repiqueteaba sobre los paraguas entonando una melodía fúnebre que se mezclaba con los sollozos incontrolados de los asistentes.
Cuando el sacerdote terminó, empezaron a bajar el ataúd a la fosa. Allí descansaría Lisa para siempre. Ese era el precio de su palabra de honor. Y su tormento.
Cuando la ceremonia terminó y los asistentes se alejaron, quedaron los dos sepultureros rellenando la fosa con tierra. Sobre su tumba pronto crecería la hierba y siempre habría flores. Se encargaría de eso. ¿Por qué iba a hacerlo si no la conocía? Porque la había matado.

La primera vez que la había visto, también fue la última. Ella sabía demasiado sobre algún asunto turbio y alguien pagó por asesinarla. Aceptó, por supuesto; al fin y al cabo, ese era su trabajo.

Al atardecer llegó a la azotea desde la que divisaba perfectamente la terraza del apartamento de Lisa. Estaba a poco más de mil metros de distancia pero eso no sólo no iba a ser un problema, sino una ventaja. Cuando se dieran cuenta de lo ocurrido ya habría desaparecido. Por suerte el bloque de apartamentos donde ella vivía era como una isla en mitad de un océano de casas unifamiliares y sobresalía en medio de los tejados rojos o negros que la rodeaban.
Abrió la maleta y montó cuidadosamente el fusil que contenía, un Dragunov SVD modificado para hacerlo más ligero y manejable (4′3 quilos eran demasiados para transportarlos con facilidad dentro de un simple maletín), con un cargador de cinco disparos -de los que siempre le sobraban cuatro- y un visor tipo PSO-1, telescópico de cuatro aumentos, con retícula iluminada y parasol incorporado para evitar los deslumbramientos.
Cuando estuvo montado y cargado, miró a través del visor. Ella estaba en top-less regando las plantas de la terraza. Había estado tomando el sol, como cada tarde. Al verla, su corazón empezó a latir más deprisa. No fue su cuerpo escultural el causante de esa reacción; ni su pelo rubio (probablemente teñido) y rizado; ni sus movimientos armónicos, típicos de cualquier bailarina. No. La causante de su arritmia fue la mirada que le dirigió. Porque ella se le quedó mirando, directamente a sus ojos, sin pestañear. Lo peor de todo fue lo que leyó en ellos. Ella sabía que estaba allí; sabía que la estaba apuntando; sabía que iba a morir. ¿Cómo? No podía explicárselo porque era imposible que, a simple vista, no fuera más que un punto inmóvil difuminado en medio de la azotea, algo irreconocible a tanta distancia. Pero ella le miraba, y lo sabía.
Por un momento pensó que Lisa correría, que se escondería en el interior de su apartamento, y en el fondo de su corazón deseó que así fuera. Pero no lo hizo. En lugar de huir cubrió su cuerpo con un kimono de seda azul, con parsimonia, y se quedó quieta en mitad de la terraza, mirándole otra vez, orgullosa, esperando que disparara.
Disparó. Un solo tiro, como siempre.
El bullicio de la calle ahogó el disparo. Desmontó el Dragunov SVD con tranquilidad, lo guardó en el maletín, abandonó la azotea y se perdió entre la gente.
Lisa se quedó en la terraza, con el cráneo reventado. Y al morir, se convirtió en su tormento. Jamás podría olvidarla.

Cuando los sepultureros terminaron su trabajo, dejó de llover. Las coronas de flores cubrían la desnudez de la tierra y los lazos con cariñosas frases de recuerdo empezaron a agitarse levemente cuando el viento los azotó.
Abandonó su refugio detrás del árbol y se acercó. En la lápida estaba su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte, cincelados en la piedra por manos expertas. Se preguntó quien podía desear la muerte de aquella mujer valiente y decidida, que miró la muerte a la cara en lugar de intentar huir. Nunca lo sabría. La única manera de sobrevivir en un mundo donde mueren aquellos que saben demasiado, es hacer que todos ignoren tu existencia. Un apodo y un apartado de correos donde contactar, es más que suficiente para conseguir trabajo. Ni nombre, ni cara, ni voz… Nada que pueda ser reconocible.
Uno de los sepultureros, un hombre viejo que caminaba encorvado a causa de los muchos años que llevaba abriendo tumbas, se le acercó.
-El funeral ha terminado hace un buen rato, señorita,- le dijo amablemente.- ¿Era usted amiga de la muerta?

¿Amiga? se preguntó. Podría decirse que sí. Había amado más a Lisa durante un breve instante, que a cualquier otro ser en toda su vida.
-Sí,- contestó.- Lo fui.
El sepulturero la observó mientras se alejaba y sacudió la cabeza, entristecido. Era una pena que, en un mundo tan lleno de vida, él perdiera el tiempo enterrando a los muertos. Pero alguien ha de hacer ese trabajo, se consoló.

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Published in: on 15 marzo 2008 at 2:40 AM  Dejar un comentario  
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