Tic-Tac o el sueño de un reloj de estación


Lo colocaron allí durante el verano del 56, porque el anterior había acabado estropeándose irremisiblemente después de tantos años de funcionamiento regular y perfecto. Era un reloj sencillo de formas, circular, de grandes números negros que contrastaban con la esfera blanca sobre la que iban girando sus manecillas indicando la hora y los minutos día tras día.

Fue feliz el día que los operarios lo colocaron sobre la puerta de la estación de trenes, colgado de la pared mirando siempre hacia los andenes y las vías, porque se abrió ante sus ojos un mundo nuevo de gentes cambiantes que se movían pasando por debajo de él, caminando, corriendo, cantando, llorando, riendo; y porque todos, en un momento u otro, acababan mirándolo.

Era un reloj sencillo, de una estación sencilla, en un pueblo de gentes sencillas. Hasta él no llegaron las noticias de las revoluciones estudiantiles que sacudieron otros paises, no supo nunca de las manifestaciones multitudinarias de las grandes ciudades, del nacimiento o muerte de personajes importantes, de los cambios políticos. Era un simple reloj que se limitaba a señalar la hora a las personas que, impacientes, esperaban la llegada del tren.

El veía los trenes llegar y marchar, siempre con prisas, pero al principio no se preguntaba a dónde iban o de dónde venían. El primer día que vio uno, recién colocado en su pared, pensó que era una especie de monstruo salido de algún infierno particular, un demonio que quizá se llevaba las almas de las gentes que iban subiendo en él, pero cuando preguntó a la columna que tenía delante, ésta se rió descaradamente y le llamó tonto ignorante.

-Esto es una máquina,- le explicó la columna con su voz chillona cuando se recuperó del ataque de risa,- que lleva a la gente de un lugar a otro.

-¿Como a mi me trajo la furgoneta?- preguntó impaciente por saber.

-Más o menos. La diferencia está en que un tren no puede correr si no es sobre las vías.

-¿Y qué es una vía?

La columna no se dignó contestarle, y desde entonces permaneció muda para el reloj. Era una columna muy selectiva con los amigos, y quizá por eso no tenía ninguno.

Pero el reloj llegó a aprender lo que eran las vías, y los travesaños, y que las locomotoras arrastraban los vagones gracias a la electricidad, y un montón de cosas más. Pero lo que más le fascinó, y eso se lo contó un cartel publicitario que colocaron a su lado, fue saber que había otras estaciones en muchos lugares, y que a ellas también llegaban los trenes, se detenían, recogía algunas personas, dejaban otras, y volvían a marcharse lanzando su pitido desgarrador para despedirse de todos los objetos que, condenados por su propia naturaleza, se quedaban inmóviles viéndolo partir. Según el tipo de tren, al reloj le parecía que el pitido era más una risita burlona que no una despedida.

Una vez, un banco le preguntó su nombre, y él le respondió que era un reloj.

-No te he preguntado qué eres, si no cómo te llamas,- le replicó el banco con voz de barítono.

-No tengo nombre,- contestó angustiado el reloj.

-Pues te llamaré Tic-Tac.

Tic-Tac era un buen reloj. Jamás se retrasaba o adelantaba, y a decir de muchos que le conocieron, era un alma caritativa y bondadosa que jamás le levantó la voz a nadie. Muchos confiaban en él, sobre todo el jefe de estación, que cada mañana comprobaba su propio reloj de pulsera mirándole fíjamente. Cuando se convencía que todo estaba perfectamente bien, sonreía, sacudía la cabeza y se preparaba para empezar el día.

Los relojes de pulsera… Esa era la única espina que Tic-Tac tenía clavada en su corazón, porque sólo pudo ser feliz hasta que descubrió su existencia. A partir de entonces su vida cambió y empezó a experimentar el deseo incomprensible de querer subir en un tren igual que hacían sus primos, y cada noche rezaba al dios de los relojes para que le permitiera encogerse hasta hacerse tan pequeño que pudiera ser convertido en un reloj de pulsera. El banco y el cartel publicitario -uno nuevo que habían pegado encima del viejo,- se reían descaradamente de él, por su tremenda ingenuidad, pero Tic-Tac no les hacía caso y seguía soñando, y rezando.

-Quizá no pueda hacerme pequeño,- les decía a sus amigos,- pero algo ocurrirá, ya lo veréis.

De vez en cuando, alguna locomotora se apiadaba de él y le describía los lugares por los que pasaba, pero había muchas cosas que no entendía. No sabía qué era una montaña, o el mar; era incapaz de imaginarse un árbol porque los únicos representantes del reino vegetal que había visto en su vida eran las malas hierbas que crecían entre los travesaños, e intentar pensar en un bosque le era del todo imposible. Las preguntas surgían de su boca como el agua escapa de una garrafa que acaba de romperse, sin control, y apabullaba a sus contertulios de tal manera que todos se iban con dolor de cabeza e intentaban por todos los medios sofocar su pitido cuando marchaban. Y a medida que iba descubriendo cosas nuevas, su ansia por subirse a un tren aumentaba. Para él empezaron a cobrar sentido palabras como Libertad, que había oído en boca de los humanos muchas veces cuando hablaban cerca de él. Quería ser libre para viajar, odiaba estar pegado a esa pared estúpida, delante de una columna muda que no se molestaba en dirigirle la palabra, rodeado de otros objetos que se conformaban con su destino sin luchar para conseguir algo mejor. Tenía que hacer algo para conseguir convertir su sueño en realidad.

Con los años, Tic-Tac fue haciéndose viejo, igual que les pasa a todos los objetos inanimados y a los seres vivos. El cristal que le protegía del frío y la humedad fue ensuciándose, su maquinaria cada vez funcionaba con menos exactitud y los saltos de sus manecillas cada vez fueron haciéndose más lentos. Pero el jamás renunció a su sueño y seguía buscando la manera de conseguirlo.

Un día, después de cuarenta años de funcionamiento ininterrumpido, se paró. El no se dio cuenta, ni sintió nada. Simplemente dejó de funcionar, sus ruedas cesaron de girar y sus manecillas quedaron estáticas marcando la misma hora durante mucho tiempo. No pudieron sustituirle por problemas de presupuesto, y se quedó encima de su puerta, pegado a su pared, pero ya no preguntaba a las locomotoras, ni hablaba con el banco ni los carteles publicitarios que ahora ya le rodeaban. Todos pensaron de él que había sido un loco durante su vida, y que ahora, a su muerte, seguía siendo un perfecto ejemplo de locura, colgado allí pero sin servir absolutamente para nada hasta el día en que se lo llevaron. ¡Que poco imaginaban aquellos objetos que le rodeaban que aquel no era el final de Tic-Tac! Pero algún día lo sabrán, porque aquel reloj lleno de sueños ahora forma parte de una exposición itinerante que visitará todas las estaciones del país, una exposición de objetos que durante mucho tiempo estuvieron en cualquiera de las muchas estaciones y apeaderos de nuestra geografía, objetos antiguos y modernos que muestran, paso a paso, la historia y la evolución de todo aquello que forma parte del mundo del ferrocarril. Y lo mejor de todo es que, después de una simple reparación, Tic-Tac está como nunca.

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Published in: on 18 abril 2008 at 12:10 AM  Comments (1)  
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One CommentDeja un comentario

  1. Precioso el cuento reina!! Esta supermegachido!!!! hace reflexionar sobre las cosas. los objetos, tal vez el teclado que estoy usando ahora mismo no se habla con mi raton pero si con mi pantalla….

    no dejo de pensar en los sentimientos de los objetos….

    chao


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