El regreso

La humedad del bosque impregnaba la gruesa capa de viaje del hombre, y sus ojos, bajo la capucha que cubría su rostro, parecían diminutas chispas refulgentes en medio de la oscuridad.

Era de noche cerrada, sin luna, y apenas lograba divisar la punta de su nariz aguileña, pero eso no era suficiente razón para que el extraño dejase de caminar.

Aunque hacía mucho tiempo que había abandonado aquellos parajes para recorrer mundo, seguía recordando perfectamente el paisaje en el que había crecido y, sobre todo, el bosque en el que tantas veces se había refugiado huyendo del látigo de su padre. Conocía cada uno de los senderos que lo cruzaban, cada árbol, cada arbusto; sabía donde estaban los desniveles que podían hacerle caer y donde había cuevas para refugiarse de la lluvia y del frío. Pero el viajero tenía prisa por llegar a su destino, así que decidió no pararse y continuar la marcha; le quedaban apenas dos horas de camino para poder dormir bajo techo, al lado de una reconfortante chimenea que le calentaría sus maltrechos huesos.

¿Cuantos años habían pasado desde que se alejara de su casa, una noche muy parecida a ésta, huyendo de todo y de todos? No lo recordaba con exactitud. ¡Habían pasado tantas cosas desde entonces! Quizá diez o quince años; era posible que hasta veinte. En todo este tiempo había matado para conservar su vida, había saqueado muchos pueblos y ciudades en nombre de la religión; había conseguido fama, fortuna y honores; se había casado con una bella princesa árabe que se había convertido para conservar su vida, y había tenido dos hijos con ella, a los que adoraba. Pero lo perdió todo cuando ella huyó quien sabe a donde, llevándose a los niños. Gastó toda su fortuna en buscarla, pagando a mercenarios para que recorriesen el desierto tras sus huellas, sobornando a oficiales árabes para que la buscasen en los palacios, pagando a tratantes de esclavos para que le avisasen en caso de aparecer en algún mercado; pero todo fue inútil, como si se los hubiese tragado la tierra o hubiese desaparecido por medio de alguna arte arcana a la que tan aficionados son aquel extraño pueblo. Desesperado, con el corazón roto por la traición de aquella mujer a la que tanto amaba, humillado por las burlas de los que creía sus amigos, decidió volver al que fuera el pueblo de su niñez para refugiarse allí con lo poco que le quedaba.

Vendió la armadura que el rey Ricardo le había regalado cuando le nombró caballero, en compensación por haberle salvado la vida. Aquel fue el honor más grande que jamás nadie de su clase había recibido, un simple campesino que había llegado a ser escudero gracias a su ingenio e inteligencia; se había convertido en caballero de la noche a la mañana, siendo investido por el propio Ricardo, pasando a ser uno de sus amigos y hombres de confianza. Muchos no le aceptaron en principio, pero los fue ganando con su inteligencia y sus dotes innatas de luchador. Parecía que hubiese nacido con una espada en la mano, le decía siempre el rey, y realmente era como un torbellino en medio de la batalla, y todos los infieles que osaban acercársele, veían rodar sus cabezas al suelo sin comprender qué había pasado. Sí, lo vendió todo, excepto aquella espada que tanta sangre había derramado por El Redentor.

El pueblo estaba silencioso y no se veía ninguna luz en las ventanas. Era evidente que todo el mundo dormía y durante un momento dudó entre continuar hasta su casa o esperarse al amparo del bosque hasta que amaneciera y los campesinos empezaran a levantarse.

No sabía que recibimiento le esperaba, ni siquiera si sus padres seguían vivos. Se fue de allí siendo apenas un hombre y regresaba siendo un viejo, cansado de todo y casi sin ganas de vivir. Lo más probable era que, sin él saberlo, hubiera regresado para dejarse morir entre aquellos árboles que tanto había echado de menos en el desierto.

Un viento frío empezó a soplar y las pocas estrellas que brillaban empezaron a quedar cubiertas por los espesos nubarrones que presagiaban lluvia. Se sentó en el suelo intentando decidirse. ¿Era posible que después de tanto tiempo siguiera temiendo a su padre? No temía su látigo, eso desde luego, pero sí a sus palabras hirientes que podían desgajar la carne como si de un puñal afilado se tratase.

Empezó a lloviznar y un estremecimiento recorrió su cuerpo haciendo que las heridas que había recibido en múltiples batallas empezaran a gimotear pidiendo su atención. Se levantó despacio y empezó a caminar en dirección a la barraca que había sido su casa durante su infancia. Despacio, temblándole las piernas a causa del cansancio y latiéndole el corazón tan deprisa que amenazaba con reventar a causa de su ansiedad, llegó a la puerta y llamó. Esperó un rato y al ver que nadie acudía a abrir, decidió insistir y golpeó la madera un poco más fuerte, pensando que quizá no le habían oído. Fue inútil, nadie abrió, así que al fin empujó la puerta y entró.
La casa estaba vacía, con claros síntomas de abandono por todas partes. Por las esquinas colgaban espesas telarañas que se agitaron al penetrar el viento; había platos y vasos esparcidos por el suelo, y una gruesa capa de polvo cubría los pocos muebles. En la chimenea había unos troncos quemados hacía tiempo, y no había madera nueva para encenderla.

Estaba claro que sus padres ya no vivían allí, si aún estaban vivos.

De pronto se sintió cansado y mareado, como si todo el tiempo del mundo se precipitara sobre sus hombros, y cayó de rodillas. Se arrastró como pudo hasta donde recordaba que estaban las camas, y sin importarle el polvo y la suciedad allí acumulada, se estiró cuan largo era y al poco se durmió.
Tuvo un sueño plagado de pesadillas en las que su padre le perseguía con un látigo, reprochándole su marcha, y su madre lloraba acurrucada en algún lugar fuera del alcance de su vista.
Le despertó un ruido que procedía de la herrería; el golpear del martillo contra el yunque de forma constante, que se introducía en las sienes y le provocaba dolor de cabeza, como si se despertara después de un día de borrachera con la mente embotada a causa de la resaca.

Se levantó despacio, sacudiéndose el polvo que impregnaba su capa, levantando una nube que se introdujo en su nariz y le hizo estornudar. Enfadado, se desprendió de ella tirándola al suelo con rabia y volvió a estornudar estruendosamente. Quedaron al descubierto sus ropas, negras como su alma atormentada; su rostro, tostado por el sol del desierto, de facciones duras, aparecía medio cubierto por una barba bien cuidada, negra como su pelo rizado. Sus ojos pardos ya no refulgían, sino que aparecían cansados, sin brillo, casi opacos. En la penumbra de la casa, parecía un espectro salido del purgatorio, con el dolor reflejado en su rostro y un rictus cínico en los labios.

Abrió la puerta y salió al exterior. Las mujeres se arremolinaban alrededor de la fuente natural que manaba de una roca, llenando los cántaros de agua fresca para preparar el desayuno, esas tortas de trigo que su madre cocinaba tan bien, mientras los hombres aparejaban los burros para irse a los campos que cultivaban, cargándolos de toda clase de herramientas; otros daban de comer a los cuatro bueyes que compartía todo el pueblo para arar los campos, y los niños, la mayoría con los ojos entrecerrados a causa del sueño, se desperezaban mientras miraban como empezaban el día sus padres.

El viajero recordó cuando él aún formaba parte de aquel escenario de miseria compartida, sobrellevada con estoicismo por los mayores, y añoró la inocencia de su niñez que le libraba del dolor que sintió cuando desapareció dejando paso a la adolescencia.

Un chiquillo de unos siete años se paró delante de él y, mirándole con curiosidad, le preguntó quien era. El viajero le miró con dulzura, expresión que hacía tiempo que no se reflejaba en su cara, y le contestó:

-Soy un hijo pródigo de este pequeño pueblo.

El niño le miró, extrañado ante la respuesta de aquel hombre, y salió corriendo llamando a su padre. Nadie hasta entonces había reparado en su presencia, medio escondido en el umbral de la puerta. Un viejo encorvado, completamente calvo, con un bigote estrafalario que apuntaba a todas partes y a ninguna en concreto, se acercó al viajero y repitió la pregunta del niño, añadiendo la coletilla de qué diablos era lo que quería. El extranjero contestó de forma pausada, y al pronunciar su nombre todos quedaron asombrados.

-Mi nombre es Janos Orbagsson, y solo quiero visitar a mis padres. ¿Podéis decirme donde están?

-El joven Orbagsson…- dijo el viejo en un susurro.- Después de tanto tiempo es difícil de creer que tú seas el hijo de Dorkan, pero sí que lo eres: tienes los mismos ojos y la misma nariz que tu padre. Bienvenido a casa, hijo. Me alegro de volverte a ver.

Al igual que el viejo, todos le dieron la bienvenida, pues le recordaban bien aunque hacía tiempo que no supieran de él. Pero después volvieron a sus quehaceres diarios excepto el viejo, que se presentó como Hank y que le llevó a su casa mientras hablaba recordando cuando Janos era un niño y acudía a su casa junto con otros bribonzuelos del pueblo para que les contara cuentos en las tardes lluviosas.

-Hank, ¿dónde están mis padres?- le preguntó de sopetón cortando el hilo de sus recuerdos. El viejo se puso serio y movió la cabeza de un lado hacia otro disgustado por la impaciencia del muchacho. (Para él, todos los hombres del pueblo eran muchachos, pues no había ninguno al que no le llevase más de veinte años de diferencia).

-Janos, hablaremos de eso cuando estemos sentados en casa ante una buena jarra de vino,- y se negó a decir nada más hasta que estuvieron sentados frente a las brasas del fuego que Loria, la nieta de Hank, estaba reavivando.

-Hijo mío, lo que tengo que decirte no es muy agradable para mí, pues vuelves después de veinte años para ver a tus padres y yo tengo que darte la noticia de su muerte.

-Lo suponía. Cuando vi el estado en que se encontraba lo que había sido mi casa, lo pensé enseguida. Mi madre jamás hubiera permitido que se acumulara tanta suciedad. ¿Cómo murieron?

Hank le miró con sus pequeños ojos. ¿Cómo decirle la verdad sin que se sintiera culpable? ¿Acaso era mejor mentirle? Dudó durante un momento, pero al ver claramente el rostro de aquel hombre, pensó en todas la batallas en las que había combatido y cuyas historias contaban todos aquellos que volvían de Tierra Santa. Había soportado mucho durante toda su vida, y no podía imaginárselo derrumbándose por una pena más.

-La verdad, hijo, es que tu padre murió un par de años después de tu marcha; volvía de la ciudad, borracho, cuando se cayó en el riachuelo, se golpeó en la cabeza y se ahogó. Tu madre se negó a comer a causa del dolor y la pena, y murió unos meses después. Lo siento, hijo. Quizá hubiera sido mejor que no volvieras nunca.

“Quizá hubiera sido mejor que no volvieras nunca…”

Estuvo toda la noche con esa frase en su mente, revoloteándole dentro de su cabeza como una mariposa traviesa, desgarrándole el cerebro con sus delicadas patitas

.
No quería a su padre, no tenía por qué engañarse, pero su madre era otra cosa. Ella siempre le había cuidado con amor, se preocupaba por él, y cuando su padre le pegaba acudía en su defensa y entonces, aquel horrible ser que le había dado la vida -irónica expresión-, se apaciguaba. Era extraño que ahora, al cabo de veinte años, cuando pensaba en él ya no le odiaba; lo cierto era que sólo sentía indiferencia. No le dolía su suerte de la misma forma que no le hubiera dolido que siguiera vivo, y de alguna manera sentía remordimientos por esa causa.

Las mujeres le habían limpiado y arreglado la casa, dejándola lista para habitar mientras él estaba en casa del viejo Hank escuchando como le narraba los acontecimientos que habían conmovido la región en aquellos veinte años. La mayoría eran hechos intrascendentes para él, acostumbrado como estaba a las intrigas políticas que rodeaban al Gran Ricardo, pero tampoco quería ofender al viejo ni perder la ocasión de encontrarse en casa por fin. Era extraño, pero nunca había estado a gusto entre aquellos nobles, no por sentirse inferior, pues la opinión que le merecían la mayoría es que eran unos cretinos, sino porque jamás había visto en ellos el compañerismo que pueden sentir los campesinos unos con otros, sobre todo cuando sobreviene una catástrofe que arruina las cosechas, o cuando alguno de ellos necesita comida o ayuda para reparar una casa, o cualquier otra cosa. Por el contrario, los nobles sólo tenían ese sentimiento en el campo de batalla, donde la vida de uno podía depender de otro; pero en los tiempos de paz, las intrigas podían destrozar el honor de cualquier caballero, convirtiendo en traidor al más leal de los hombres. No puedes fiarte de nadie, y menos de aquellos que tienen como máxima meta el ser poderosos.

La noche fue larga y, apenas se durmió, empezó a recibir la visita de viejos fantasmas.

El amanecer fue tranquilo y Janos disfrutó de la salida del sol mirando desde la puerta de su casa. Apenas había dormido en toda la noche, y sentir los rayos del astro rey en su cara le produjo el mismo efecto que un bálsamo milagroso. Un gallo cantó desde el corral donde estaba encerrado, anunciando a los durmientes la llegada de un nuevo día, y pronto empezaron a oirse en las casas los ruidos cotidianos.

Janos cerró los ojos e intentó recordar a su madre veinte años atrás, preparándole el desayuno mientras él se vestía para ir con su padre a trabajar. Su sonrisa amable, sus ojos brillantes, la larga melena que recogía en la nuca; nunca la había echado de menos hasta ahora que sabía que no la volvería a ver. Siempre había pensado que estaría allí cuando él regresase, esperándole en el umbral de la puerta con los brazos abiertos, dispuestos para que se escondiese en ellos como cuando era pequeño. Pero no había sido así y ahora se preguntaba qué habría pensado ella cuando se marchó sin decir adiós, igual que un ladrón en la noche.

Y entonces recordó a Yasmina, su esposa. La había amado tanto, hasta la locura, y en su ceguedad no había advertido que él no era nada para ella, sólo una forma de seguir viviendo. Jamás llegó a amarle, a pesar de todo lo que él le dio. Ahora, al cabo de los años, podía comprender su marcha; probablemente ella le odiara porque su boda había sido un insulto a su linaje, obligada a casarse con un simple caballero sin títulos, sin nobles antepasados, nombrado caballero por una acción que su padre hubiera recompensado más dignamente con una buena bolsa de oro, jamás con un escudo y una princesa por esposa. Después de tanto tiempo, podía perdonarle todo el dolor que le había infligido con su huida, deseándole incluso toda la felicidad del mundo, y esperó que sus hijos, que ya casi serían hombres, amaran y respetaran el recuerdo de un padre que había tratado de ser bueno y cariñoso con ellos.

Borró estas ideas de su pensamiento, preguntándose por qué estaba tan sensible a esos recuerdos cuando hacía tiempo que los había enterrado en su memoria, obligándose a no pensar. Quizá la vuelta a su tierra, a sus bosques; el volver a oler el perfume de la tierra mojada por la lluvia, de las flores y los pastos, y el pequeño arroyo que pasaba tan cerca del pueblo, su pueblo, había abierto una brecha en su coraza de hombre duro. Había intentado renunciar a su pasado y a sus orígenes cuando huyó, creyendo que en algún lugar podría encontrar la felicidad completa, y solo consiguió encontrar muerte y desprecio en todas las miradas, excepto en algunas como la del rey Ricardo. ¡Cuántos habían deseado verle muerto en el campo de batalla, ahogado en su propia sangre! Pero había sobrevivido, a pesar suyo, y había vuelto a su pasado para descubrir que éste ya no existía. Yasmina le había robado su futuro: sus hijos; y el destino le había quitado su pasado: su madre.

Y recordó el sueño que tuvo la noche anterior, un sueño que le atormentaba casi cada noche, persiguiéndole incansable a través de las brumas de su inconsciencia. Y se vio a sí mismo otra vez, como en una visión, en mitad del desierto, en medio de un campo de batalla, con la espada entre sus manos ensangrentadas y la furia recorriéndole el cuerpo, mirando a una mujer de extraña belleza que se paseaba entre los cadáveres mutilados de los guerreros que habían caído. Se le acercó lentamente y, al reconocerla, él intentó huir; pero sus piernas le pesaban e, incapaz de moverlas, cayó al suelo de rodillas, extenuado. La Muerte se arrodilló a su lado, con su vaporoso vestido blanco ondeando al viento y un tenue velo cubriéndole el rostro.

-¿Ahora me temes, valeroso caballero? No era así hasta hace poco tiempo, cuando me deseabas y me buscabas, y yo te rechazaba. Entonces me maldecías y me llamabas egoísta y desagradecida, recordándome todas las almas que me habías entregado. ¿Es que ya no me amas?

-Jamás os he amado, señora,- contestó.- Sólo buscaba el consuelo del olvido. Pero ya no quiero olvidar…

La muerte se rió, y su risa sonó como las campanas de una iglesia cuando llaman a misa de difuntos: pausada, triste, fría. Se levantó el velo y Janos pudo ver sus ojos, oscuros y profundos como un abismo sin fin.

-Los humanos sois todos unos sentimentales. Pensé que tu eras diferente a los demás, que sabías valorar mi existencia y mi misión; pero ya veo que no es así, que como todos piensas que soy mala, cruel y que carezco de piedad. Sí… Todos habéis olvidado que no soy más que un Angel de Dios, el Angel Exterminador que se lleva las almas de aquellos a los que se les ha terminado el tiempo. ¿Crees que soy yo quien decide quien ha de vivir y quien ha de morir? Pues no es así… Yo sólo cumplo las ordenes del Creador. El es quien decide.

Y mientras hablaba, jugueteaba con un rizo, largo y sedoso, que le caía de la frente.

-¿Pero no sois vos uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis?- preguntó Janos, sintiéndose desvalido e inocente.

-Mi querido y pequeño ignorante,- contestó la Muerte como si hablase con un niño, melosamente cariñosa. Mirándole con ojos tiernos, continuó.- ¿Acaso tengo un aspecto tan terrible como para que me confundas con ese repugnante ser? Acaricia mi sedosa piel, bravo caballero, y contesta a mi pregunta.

Y cogiéndole la mano, se la llevó hasta su rostro, de suave piel blanca como la luna, y con sus labios exageradamente rojos, le besó.

Pero entonces la sombra de la Muerte se alzó, transformando sus traviesos ojos en dos ascuas encendidas; su negro pelo se tornó blanco como la nieve, lanzando destellos escarlata cuando el sol se reflejaba en ellos; su piel se arrugó perdiendo su inmaculado color y su hermoso vestido fue adquiriendo tonalidades negras hasta transformarse en un horrible harapo. Y el Angel Exterminador desapareció dejando lugar a su Sombra, aquel ser creado por la ignorancia de los mortales, y manifestó todo su poder. El cielo se ennegreció, estalló una terrible tormenta con vientos huracanados que levantaban los cadáveres y los estrellaban contra las rocas; y la Sombra, con los brazos alzados y los cabellos y el vestido azotados por el viento, gritó con una voz profunda y aterradora:

-¡Eres mío, mortal, como todos los de tu raza! ¡Ninguno de vosotros escapará de mi guadaña! ¡Eres mío..!

Y Janos sintió un terror ciego; se encontró desamparadamente solo en un desolado paraje donde se había desencadenado el horror del Apocalipsis. Estaba en sus dominios, en el Reino de la Muerte, y no tenía escapatoria.

Fue en ese momento de terror supremo cuando apareció su madre. Le cogió y le acurrucó en su pecho, acunándole cariñosamente, cantándole dulces palabras al oído, mientras a su alrededor estallaba el caos. Y entonces él la miró, y se dio cuenta que su madre tenía el rostro de Yasmina, su esposa, y que ésta era el Angel Exterminador.

Se despertó.

“No es más que mi conciencia,- se dijo en silencio.- Mi conciencia y mi alma atormentada.”

Y recordó el tiempo en que sentía un gran placer en matar, cuando el ruido del entrechocar de las espadas contra los escudos alteraba y hacía hervir su sangre, y entonces se convertía en una bestia rabiosa, un animal sin entrañas que se apoderaba de su ser y le hacía aullar ante cada estocada que daba, aliado incondicional del diablo, al que entregaba todas las almas de aquellos pobres desdichados que caían bajo su furia aniquiladora.

Pero todo había desaparecido, igual que la inocencia de su niñez, y sólo había quedado la soledad y la desesperanza, el odio hacia su destino y un terrible sentimiento de culpa.

El día transcurrió, tranquilo y apacible. Y llegó la noche, y con ella las pesadillas y los recuerdos dolorosos. Y pasó otro día, y otra noche. Y después otra más. Pasaron semanas, y Janos vivía envuelto entre el dolor y la soledad, hasta que la enfermedad hizo presa de su cuerpo igual que se había apoderado de su alma y llegó la liberación.

La Muerte, tantas veces soñada, tantas veces deseada y rechazada, acudió a su lecho. Esta vez, él la recibió con los brazos abiertos y a través de ella pudo vislumbrar su vida, todos sus errores y sus aciertos, y comprendió.

La abrazó, y en su abrazo se transformó, no en un ser repugnante como en sus sueños, sino en algo cálido y amoroso que lo protegía del dolor y el sufrimiento. Esos sentimientos ya no existían para él. Sólo había paz. Paz, amor y arrepentimiento por todo el dolor que había causado.

Y entonces vio a su madre, esperándole, y hacia ella corrió como un muchacho.

Paz. Por fin.

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Published in: on 20 septiembre 2008 at 1:23 AM  Dejar un comentario  
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