Momentos I

en la duchaLa veía cada noche cuando sonaban la hora de la brujas en el campanario y la luna bostezaba de aburrimiento en lo alto del cielo. Cada noche a las doce salia de la ducha con la piel enrojecida por el calor del agua y el pelo envuelto en una toalla. Se secaba metódicamente delante de la ventana abierta, haciendo que cada movimiento fuese un flujo de erotismo constante. Con una suavidad innata seguía el contorno de su cuerpo con la toalla, secando sin frotar, entreteniéndose mas de la cuenta en sus pechos y en su ingle.

Después venia la crema hidratante, todo un ritual para sus ojos y sus sentidos, que extendía lentamente por todo su cuerpo con suaves movimientos circulares, desde su cuello hasta la planta de los pies.

Cada vez que con sus manos llenas de crema seguía el contorno de sus pechos o de su vientre, sus pezones se endurecían como si recordaran otros momentos vividos en compañía, y él, desde su pedestal de piedra, envidiaba con todas sus fuerzas al hombre recordado por ese cuerpo recién lavado.

Después soltaba su pelo, mojado y enmarañado, y lo peinaba con el cepillo, lentamente, mirándose al espejo, aun completamente desnuda, sin pudor ni vergüenza. Lo secaba con el sacador, un suave zumbido apenas adivinado desde tanta distancia, y él sabia que se acercaba el final por hoy, pues pronto cubriría su cuerpo con el camisón y apagaría la luz, dejando su alma encerrada de nuevo a oscuras.

Intentó mirar el cielo, consolarse con el brillo de las estrellas, pero su cuello de piedra no se movio.

“Eres una gárgola– se dijo con resignación-. ¿De veras creíste alguna vez que podrías escapar a tu destino?”

Y allí se quedó, en lo mas alto de la torre de la catedral, con su cuerpo deformado por el tiempo y el frio, recorrido por tremendas grietas, los ojos de piedra fijos en la ventana sin luz y la boca abierta en una terrible mueca, esperando, siempre esperando, la medianoche siguiente, en la que ella salga de nuevo de la ducha, con su cuerpo mojado y los ojos brillantes, lo mire a traves de la ventana e incie de nuevo el ritual, solo para él, solo para sus ojos de piedra, solo para su alma.

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  1. Marianela Paso…

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