Los tres mosqueteros – Alejandro Dumas

mosqueterosPero, digámoslo, por ahora D’Artagnan estaba movido por un sentimiento más noble y más desinteresado. El mercero le había dicho que era rico: el joven había podido adivinar que, con un necio como lo era el señor Bonacieux, debía ser la mujer quien tenía la llave de la bolsa. Pero todo esto no había influido para nada en el sentimiento producido por la visita de la señora Bonacieux, y el interés había permanecido casi extraño a este comienzo de amor que había sido la continuación. Decimos casi, porque la idea de que una mujer joven, bella, graciosa, espiritual, es rica al mismo tiempo, nada quita a ese comienzo de amor, todo lo contrario, lo corrobora.

Hay en la holgura una multitud de cuidados y de caprichos aristocráticos  que le van bien a la belleza. Unas medias finas y blancas, un vestido de seda, un bordado de encaje, una bonita zapatilla en el pie, una cinta nueva en la cabeza, no hacen bonita a una mujer fea, pero hacen bella a una mujer  bonita, sin contar que las manos ganan con todo esto; las manos, sobre todo en las mujeres, necesitan permanecer ociosas para permanecer bellas.


Además D’Artagnan, como sabe muy bien el lector, a quien no hemos ocultado el estado de su fortuna, D’Artagnan no era millonario; esperaba serlo algún día, pero el tiempo que él mismo se fijaba para ese feliz cambio estaba bastante lejos. Mientras tanto, ¡qué desesperación ver a una mujer que se ama desear esas mil naderías con que las mujeres hacen su dicha, y no poder darle esas mil naderías! Al menos, cuando la mujer es rica y el amante no lo es, lo que no puede ofrecerle, ella misma se lo ofrece; y aunque por regla general ella se consiga tal disfrute con el dinero del marido, raro es que sea él a quien dé las gracias.


Además D’Artagnan, dispuesto a ser el amante más tierno, era mientras tanto un amigo abnegado. En medio de sus proyectos amorosos sobre la mujer del mercero, no olvidaba a los suyos. La bonita señora Bonacieux era mujer para pasear por el llano de Saint-Denis o entre el tumulto de Saint-Germain, en compañía de Athos, de Porthos y Aramis, a los cuales D’Artagnan estaría orgulloso de mostrar una conquista semejante. Luego, cuando se ha caminado mucho tiempo, llega el hambre: D’Artagnan tras algún tiempo había notado esto. Harían breves comidas encantadoras en las que se toca por un lado la mano de un amigo, y por el otro el pie de una amante. En fin, en los momentos de apuros, en las situaciones extremas, D’Artagnan sería el salvador de sus amigos.

Fragmento de Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas

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