Cetaganda – Lois MacMaster Bujold

cetagandaEra un triunfo insignificante. Iba a ver a una hautmujer. Ivan no habia visto ninguna. Sin duda la vieja sentiría vergüenza de mostrarse así frente a ojos extranjeros, pero mierda, considerando lo que Miles había sufrido, aquella mujer le debía algo. Y sus argumentos sobre la necesidad de identificar a la persona a quien entregaba la Gran Llave eran totalmente ciertos. La haut Rian Degtiar, Dama de Compañía del Criadero Estrella, no era la única que estaba involucrada.

-De acuerdo- susurró ella. La burbuja blanca se desvaneció hasta hacerse transparente y finalmente desapareció.

-Ah- dijo Miles con un hilo de voz.

Ella estaba sentada en una silla-flotante, envuelta de pies a cabeza en tenues telas, muchas capas de tela, todas blancas y brillantes, una docena de texturas que caían unas sobre otras.

El cabello era de color ébano refulgente, una larga melena con mechones que le cubrían los hombros y le pasaban sobre las piernas y se arremolinaban a sus pies. Cuando se pusiera de pie, el cabello la seguiría por el suelo como un velo infinito. Sus ojos enormes eran de un azul gélido de tal pureza ártica, que a su lado los ojos de Gelle parecían charcos de barro. La piel… Miles sintió que en toda su vida nunca había visto piel, solo bolsas remendadas en las que la gente se enfundaba para no perder fluidos vitales. Es perfecta superficie marfileña… ah, deseaba tocarla con tal intensidad que incluso le dolían las manos. Tocarla solo una vez  y después morir. Los labios de Rian Degtiar eran tibios, como tosas en las que latiera la sangre…

¿Que edad tenia? ¿Veinte años? ¿Cuarenta? Era una hautmujer, ¿quien podía decirlo? ¿A quien le importaba? Los hombres de la vieja religión habían adorado iconos mucho menos gloriosos, de plata y oro labrados con un burdo cincel. Miles estaba de rodillas y no recordaba cómo ni cuándo se había dejado caer al suelo de ese modo.

Ahora sabia por que lo llamaban <<caer>>. Sí, enamorarse. Era el mismo vértigo lleno de náuseas de la caída libre, la misma emoción inabarcable, la misma seguridad enfermiza de que sufriría un tremendo golpe contra una realidad que se cernía hacia él a toda velocidad. Se inclinó hacia delante y dejó la Gran Llave frente a esos pies perfectos en sus sandalias blancas. Luego retrocedió y esperó.

Soy un juguete de la Fortuna.

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