La casa de la colina negra – Jose Antonio Cotrina

casacolinanegraUn tiburón en la piscina.

En la piscina había un tiburón blanco.

Había aparecido poco antes del amanecer, cuando todos los de la casa dormían. Primero el agua de la piscina se agitó y burbujeó, como si se hubiera puesto a hervir; luego las burbujas se fueron uniendo unas con otras, dibujando la tosca figura de un pez enorme. Pocos minutos después, un gran tiburón blanco nadaba en la piscina y lo hacía con tal naturalidad que daba la impresión de haber estado ahí toda la vida.

Víctor lo descubrió al asomarse a la ventana, nada más despertar. Hacía una mañana espléndida para ser noviembre, luminosa y cálida. El muchacho contemplaba distraído el bosquecillo tras la casa, cuando un rápido movimiento en la piscina, que quedaba justo bajo su habitación, le hizo mirar allí.

Una aleta triangular rasgaba veloz la superficie del agua. Víctor apoyó las manos en el alfeizar de la ventana y se asomó aún más. El agua era tan clara que el animal parecía volar entre las paredes de mosaico azul. No sabía muy bien por qué, pero Víctor tenía la sensación de que al tiburón no le importaba que la piscina fuera pequeña. Era feliz allí.

Durante un buen rato se entretuvo admirando las evoluciones del tiburón, hasta que escuchó a su madre llamándole desde la planta baja y se apartó de la ventana.

Víctor se quitó el pijama y se enfundó en sus pantalones vaqueros. Sacó una camiseta negra del cajón de su cómoda y se la puso. Luego se lanzó en plancha sobre las mantas revueltas y, cabeza abajo, con la frente apoyada en el suelo, buscó sus deportivas bajo la cama. Mientras atraía la zapatilla izquierda hacia él, tirando de un cordón, algo se agitó dentro. Víctor sonrió y la sacudió sobre la alfombra.

Un diminuto ratón gris cayó del interior, chillando indignado. Le miró furioso, agitó los bigotes y echó a correr hacia un pequeño agujero en la pared.

–Búscate otro sitio para dormir… –le aconsejó el muchacho–. Algún día me olvidaré de mirar y desayunaré zumo de ratón.

Dos grititos airados replicaron desde el agujero. Víctor se sentó al borde de la cama y se puso las zapatillas mientras tarareaba una canción. Se había despertado de buen humor.

Se miró en el espejo redondo sobre la cómoda. Un joven moreno de pelo revuelto y nariz respingona le devolvió la mirada, tan risueño como él. Víctor sonrió y su reflejo hizo lo mismo, pero un segundo más tarde, como si esa repentina sonrisa le hubiera pillado desprevenido. De pronto la imagen en el espejo comenzó a temblar, parpadeó como un canal de televisión mal sintonizado y fue sustituida por el reflejo borroso de la cocina de la casa. La nueva imagen fue ganando nitidez hasta aclararse por completo. Víctor vio a su madre ante los fogones, removiendo una enorme cacerola humeante con un cucharón de madera. La mujer alzó la cabeza y miró en dirección al cuarto de Víctor, con el ceño ligeramente fruncido. Su pelo rubio estaba recogido en una inmensa coleta que caía sobre su hombro y que casi le llegaba hasta la cintura.

–¡Víctor Torres, te he llamado hace media hora! –gritó–. ¿Quieres llegar tarde a clase?

–¡Hoy es domingo, mamá! ¡No hay clase!

Su madre arrugó la nariz y sacudió la cabeza. Era cierto. Era domingo y lo había olvidado. A veces las pequeñas cosas, lo más cotidiano de la existencia humana, le parecían un profundo misterio. Como el que parcelaran algo tan mágico como el tiempo. Para ella eso era como poner vallas al mar.

-Pues baja antes de que se enfríe –dijo, sin gritar ya. Sentía cerca la mirada de su hijo, aunque no fuera capaz de verlo–. He hecho chocolate y buñuelos… Me estás viendo en el espejo, ¿verdad?

El muchacho asintió. Ella le miró directamente, sonriendo. Sus ojos eran de un color verde intenso. Era hermosa como sólo las hadas podían serlo.

En la imagen del espejo se interpuso la figura desgarbada de su padre, que entraba en la cocina todavía con el pijama puesto y el pelo disparado en todas direcciones.

Fragmento del primer capitulo de La casa de la colina negra, de Jose Antonio Cotrina

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