Diario de Akeru LIII

90“Cuando regresé ya había despertado y estaba sentada, envuelta en mantas, totalmente confundida. Al verme llegar, se levantó corriendo y me abrazó, buscando consuelo y una explicación. Se la di, pero no me creyó hasta que, terriblemente enfadada, salió de la cabaña siendo ya de día…

Supongo que el dolor de su piel al arder de nuevo le despertó los recuerdos, porque volvió a entrar al cabo de segundos, caminando despacio, sin lágrimas, con los ojos opacos mirando hacia ningún lado… Me preguntó de nuevo y yo le contesté la verdad. Su cara se transformó; todo el dolor de su alma en un segundo mutó en odio y rabia dirigido hacia mi.

Nunca jamás en mi vida he vuelto a oir tantas imprecaciones escupidas por la boca de una mujer. Tuve agarrarle las manos con fuerza e inmovilizarla para evitar que intentase hacernos daño, a mi y a ella misma. Solo el cansancio y el llanto pudo con su determinación y acabó sometiéndose a la verdad.
Calmada ya, sus palabras fueron como puñaladas en mi corazón:

-Debiste dejarme morir con los demás y seguir tu maldito camino.

Desde entonces hemos estado juntos de forma intermitente a lo largo de estos siglos, castigándonos mutuamente por aquella noche, ella por seguir viva, yo por no haberla dejado morir…

Aparece de vez en cuando en mi vida, se aposenta en ella y cuando me he vuelto a acostumbrar a su presencia, desaparece de nuevo, dejándome aliviado y amargado al mismo tiempo, con la culpa corroyendome el alma…

Cuando está conmigo deseo que se vaya, que se aleje de mi; pero cuando no está, siempre deseaba que volviera, que siguiera castigándome por la matanza… Esos niños… Había jugado con ellos algunas noches… Incluso les habia contado cuentos… Y les mate, sin pensarlo ni un momento, les arranqué la vida de una forma tan despiadada que ni el mismo diablo hubiese podido hacerlo mas cruel…”

Estaba totalmente sobrecogida por la historia. Entendía muchas cosas, su mirada de dolor ante el cuadro de aquella mujer, la infinita tristeza que siempre le acompañaba, ese sentimiento de culpa que parecía rondarle siempre alrededor de su cabeza, como nubes de tormenta a punto de estallar en innumerables y terroríficos truenos y relámpagos…

Solo podía hacer una cosa para aliviarle en aquel momento, y fue lo que hice; cumplí mi promesa y le hice aquello que tanto le gustaba…

Le abracé con fuerza y mientras sus lagrimas corrían libremente por sus mejillas, desatado el dolor y el horror que había vuelto en forma de recuerdo, le canté al oído, susurrando, una hermosa canción, mientras él escondía el rostro, avergonzado, entre mis pechos…

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