Momentos III

gargola1

Lo que había empezado siendo placentero, poco a poco se estaba convirtiendo en una tortura. Verla cada noche en su desnudez mas absoluta, mostrándose a él a través de esa bendita ventana abierta, acariciarse con la toalla, lentamente, alargando el momento solo para él… Y él, maldita piedra pegada a una pared, una gárgola fría y sin vida que sin embargo sentía un corazón palpitar en su pecho, en ese pecho helado resquebrajado por el tiempo, eternamente inmovil, siempre con la mirada fija en esa ventana, su ventana…

Durante el día soñaba que se despegaba del muro, que la sangre caliente fluía por sus venas, que la piedra se tornaba carne y que ese enorme pene que lucia entre sus patas traseras cobraba vida propia…, y que ella lo recibía con entusiasmo, dejándole explorar el bosque hasta entonces inexpugnable de su sexualidad.

Pero solo era un sueño, el sueño de una gárgola sin vida pero con conciencia de sí misma; una figura de piedra, fea y contrahecha, con los ojos fijos y las fauces abiertas en direccion a su ventana, que le rezaba cada noche al resplandor de la luna, hacedora de milagros.

Así fue durante muchas noches. Hasta que el milagro sucedió.

¿Cómo y por qué? Solo a Dios compete responder a esa pregunta; a mi me basta saber que un día el ruego de la gárgola fue atendido.

Su corazón de piedra empezó a palpitar de verdad; la sangre corrió por unas venas que no habían estado allí nunca, y su piel de granito se rompió, dejando nacer de su interior un cuerpo caliente de piel suave y rosada.

Saltó hacia le ventana que ella siempre dejaba abierta, casi volando atravesó la distancia que la separaba de ella. No se sentía torpe ni extraño; era como si siempre hubiese poseido ese cuerpo pero él no fuese consciente de ello hasta ese momento.

Entró en el baño y encendió la luz. Hacía mucho rato que ella se había acostado, así que seguramente ya estaría dormida.

Se miró en el espejo.

Su cuerpo estaba fibrado como el de un atleta, duro como una piedra -que ironía- pero caliente y suave al tacto. Tenía el pelo rubio y corto, peinado hacia un lado, bastante conservador. Mentón triangulado, pómulos fuertes, ojos grandes y verdes, labios carnosos pero muy masculinos…

Se miró durante un buen rato, extrañándose de cada pliegue de su piel, de cada linea, cada arruga.; se tocó y se palpó, apenas atreviendose a creer lo que estaba sucediendo, pero ahí estaba, y era de carne y hueso.

Abrió la puerta del baño y fue hacia el dormitorio. No tenía claro qué iba a hacer a continuación. Estaba muy asustado pero el deseo de verla de cerca, de oler el perfume de su cuerpo, de estar ahí, simplemente, era demasiado poderoso como para ignorarlo.

Se arrodilló a los pies de su cama. La luna iluminaba con su resplandor el lecho ocupado por su belleza. Bajo la ligera sábana se adivinaba el contorno de su cálido cuerpo desnudo. Hacía calor y una gota de sudor resbaló, traviesa, por su frente. El hombre que había sido piedra sintió despertar su hombría, palpitaba entre sus piernas, gritaba reclamando atención, pero todos sus sentidos estaban abotargados por la belleza de la mujer que yacía en la cama.

Tiró de la sábana poco a poco, con cuidado de no despertarla; resbaló por el cuerpo de Claudia como una caricia y un suspiro de placer escapó de sus labios.

La gárgola gimió de terror. ¿Qué hacer? ¡Dios! ¿Qué hago?

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