Diario de Akeru LXVI

hermosa hecateLos vi salir al jardín.

El salón de baile tiene tres grandes ventanales que dan al jardín de la casa; son tres puertas dobles cubiertas casi siempre por las cortinas, las tres en la misma pared norte de la casa, con grandes cristaleras que durante el día deben dejar pasar un sol de muerte.

El jardín no es muy grande y esta rodeado por una tapia de tres metros de altura que mantiene alejados a los curiosos. En el centro del jardín, un antiguo invernadero de madera y cristal que nadie usa desde hace años y que Ekaterina usaba para cultivar sus rosas cuando vivió allí con Kurayami.

Salí detrás de ellos y los seguí hasta el invernadero. Kurayami cogía del brazo a Ekaterina y la llevaba a la fuerza, casi a rastras, aunque ella parecía divertirse.

Entraron en el invernadero y yo me acerqué despacio, sin hacer ruido: no quería que se diesen cuenta de mi presencia. Me escondí y me dispuse a escuchar.

-¡Ella no es nada!- decía Ekaterina. Su voz sonaba muy tensa y furiosa; no gritaba, pero sus susurros parecían gritos-. ¡Tu eres mío! ¡Me condenaste a esta mierda de eternidad y tu tienes que sufrirla conmigo! ¡Me lo debes!

-No, Kat. Si alguna vez llegué a deberte algo, lo he pagado con creces con toda la infelicidad que me has proporcionado a lo largo de los siglos.

-¡No! ¡Me lo debes! ¡Eres mío! ¡Para siempre!

-Jamás fui tuyo, jamás te he amado.

-¡Me amabas!- la voz de Ekaterin se quebró y un sollozo acudió a su garganta-. ¡Me dijiste que me amabas!

-Eso no es cierto y tu lo sabes.

-¡No mientas! ¡No lo niegues!- su tono iba subiendo in crescendo. Aun no gritaba, pero ya no susurraba. Si hubiese habido alguien más en el jardín, hubiese escuchado perfectamente sus reclamos-. ¡Tu me transformaste! ¡Cuidar de mi es tu responsabilidad! ¡Eres mío, para siempre!

Estaba completamente desesperada; amaba a Kurayami, pero con uno de esos amores malsanos que oprimen el corazón hasta pudrirlo.

Hubo un forcejeo y un rozar de ropas. Me moví un poco para asomarme por una de las ventanas y ver qué ocurría dentro.

Ekaterina había echado los brazos al cuello de Kurayami y lo estaba besando. Se me encogió el corazón, pero me quedé; quería saber cómo terminaba, fuese cual fuese el final.

Kurayami agarró a Ekaterina por los brazos y la apartó bruscamente. Ella se quedó desconcertada, con una media sonrisa loca en sus labios.

-Nunca me habías rechazado un beso- le dijo, pasándose el dorso de la mano por la boca.

-Siempre hay una primera vez para todo-, contestó Kurayami, con un tono de voz glacial que nunca le había oído-. Aléjate de mi, Ekaterina. Aléjate de nosotros, no interfieras en nuestras vidas. Durante siglos he escuchado tus reproches creyendo que me los merecía; el sentimiento de culpabilidad era tan grande, que oírte acallaba mi conciencia porque pensaba que era un justo castigo, pero se acabó. Ya no quiero oirte más; ya no necesito oírte más. Soy tan responsable de lo que pasó como tu, como el resto del pueblo que intentó matarnos. Tu despertaste al monstruo que dormía en mi interior, lo despertaste y soltaste las correas que lo sujetaban. No fui yo el único responsable de todas aquellas muertes.

-¡No!- gritó. Intentó abofetearlo, pero Kurayami pasó el golpe fácilmente. Empezó a llorar y a suplicar mientras se dejaba caer al suelo, poco a poco.

-Los siento mucho, Ekaterina. Nunca quise que esto acabase así.

-¿La amas?- preguntó. Parecía que se estaba serenando, recobrando la compostura. Se levantó mientras esperaba la respuesta-. Mírame a los ojos y respóndeme: ¿la amas?

-Sí, la amo. Como no he amado a nadie desde que fui humano.

-¿Y por qué no la transformaste tu mismo?- ¡Eso, eso, ¿por qué? gritaba mi corazón-. Hubieses…

-…creado entre nosotros un lazo de dependencia como el que tu tienes conmigo. Quiero que Akeru me ame, no que dependa de mi.

Ekaterina sonrió sarcásticamente: parecía que había recuperado el control sobre sí misma.

-Eres un jodido viejo verde. Ella jamás te amará como yo te amo.

-Sinceramente, querida, eso espero.

Ekaterina salió del invernadero entre frus-frus de raso y seda, con paso rápido y muy digna, como si unos minutos atrás no hubiese estado suplicando de rodillas. Ni siquiera se percató de mi presencia, envuelta entre los efluvios del abono natural que alguien había apilado en aquel lado del invernadero.

Poco despues salió Kurayami y volvió a la fiesta.

Yo me quedé allí, sentada entre estiércol y macetas vacías, intentando asimilar lo que había oído.

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