Diario de Akeru LXIX

sensual11Nos pasamos todo el día en la cama; por la mañana haciendo el amor, por la tarde durmiendo uno en brazos del otro, completamente agotados.

Cuando anocheció, la casa se había quedado prácticamente vacía. Los pocos invitados que se habían quedado a dormir la borrachera, se fueron en cuanto el sol se ocultó tras el horizonte -Hikari se encargó de ellos-. Los criados, que se habían pasado todo el día limpiando nuestro desbarajuste, se fueron cada uno a su casa en cuanto terminaron, dejándolo todo en tan perfecto estado que nadie hubiese podido imaginar que la noche anterior habia habido una fiesta por todo lo alto en la casa…

Me despertó un suave soplido en mi oreja: era Kurayami.

-Está anocheciendo-, me dijo-. Vamos, levántate, perezosa.

Me hizo cosquillas y yo intente defenderme pagándole con la misma moneda y acabamos cayéndonos al suelo entre risas. Nunca le había visto tan feliz.

-Te quiero- me dijo. Me sorprendió. Sí, ya se, la noche antes se lo habia confesado a Ekaterina, pero me parecio tan maravilloso que fuera cierto, que acabé pensando que es una de esas cosas que le dices a un ex para espantarlo; aíi que me cogió desprevenida, de nuevo.

Le besé. Lo cierto es que para mi cualquier excusa es buena para besar a Kurayami; me pasaría la vida, o la no-vida, o la eternidad -dios, que lío- besándole… Y haciéndole otras cosas. Su pene, erecto entre mis muslos, me indicó que era el momento de retirarme…

-Voy a ducharme y salgo enseguida- le dije.

-Muy bien.

Pareció decepcionado; supongo que cuando alguien dice “te quiero”, espera que le contestes “yo tambien te quiero”. Es uno de esos rituales inmutables que cuando se rompen, provocan un aumento de la inseguridad del sujeto, sobre todo si es masculino… Lo hice a propósito.

Soy joven pero no imbécil, y me había dado cuenta de la manipulación a la que había sido sometida; Kurayami se había enamorado de mi antes de convertirme y desde ese momento, todos sus actos habian estado encaminados hacia un único próposito: enamorarme.

Bueno, no puedo decir que me enfadase, si no todo lo contrario: tantas molestias por mi..; pero sí decidi que, teniendo en cuenta lo mal que lo había pasado yo durante sus arrebatos de indiferencia, debía hacérselo pagar durante… cinco minutos.

Entré en el baño -dormir en una suite con su propio baño es una bendición y una ventaja para ciertas cosas-, y abrí el grifo de la ducha. Cuando el agua empezó a salir caliente, le llamé:

-¿Quieres frotarme la espalda?

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