Diario de Akeru LXXIII

rojo y negroCuando despertó, se encontró dentro de un agujero lo suficientemente profundo como para que el cielo fuese un simple recuadrito por encima de su cabeza y que la luz del sol apenas llegase hasta él. Intentó levantarse y el dolor que sintió en su pierna derecha casi le hace perder el sentido de nuevo. Tenia la pierna rota y el hueso había perforado la carne hasta el exterior. Estaba muerto, moriría allí sin conseguir convertirse en hombre y tener su propio nombre de adulto.

Se puso a llorar como lo que era, un niño asustado muerto de miedo y de frío. La sangre seguía escapándose por la herida y dentro de poco volvería a perder el conocimiento para no despertar mas. Su padre y su madre se olvidarían de él como toda la tribu se olvidaba siempre de los que no volvian y no pronunciarían su nombre de nuevo. Tiritaba de frío y estaba muy cansado; ni siquiera el dolor conseguía hacerle reaccionar. El fin estaba cerca, ya faltaba poco. Un ruido de algo arrastrándose llamo minimamente su atención y el miedo a ser devorado antes de morir hizo que se obligase a abrir los ojos. Una figura humana, de enmarañado pelo rojizo y profundos ojos azules, estaba acuclillada a su lado.

“Se quien es- pensé-, conozco esa cara, pero no puedo recordar…”

Le dio un fuerte golpe en la cabeza y la oscuridad se abalanzó sobre él de nuevo. Soñó.

Un sueño dentro de un sueño, me dije, y una estupidez dentro de otra, ¿deja de ser una estupidez? Su vida, la vida, esta vida… ¿que vida? Me reí, o por lo menos creo que lo hice, aunque no se si llegué a producir sonido alguno.

Estaba siendo testigo mudo de una vida, la vida de un niño moribundo que no tenia ni idea de quien era… ¿O si?

Raíz Torcida se despertó en un mullido lecho de hojas, pieles y plumas. Un fuego crepitaba cerca de él. ¿Donde estaba? Era una cueva, o por lo menos lo parecía, aunque no era oscura, ni fría ni húmeda. Las paredes eran de una roca blanca veteada de negro que no había visto nunca antes y que reflejaba la luz de la fogata; el humo salia por una abertura en el techo, manteniendo el aire del interior limpio y respirable. Sobre el fuego había una olla cociendo algo y, removiéndola, una mujer. Se había peinado el pelo rojo en una trenza que le llegaba a la cintura; vestía de cuero, prendas ajustadas que mostraban sus formas femeninas, grandes pechos apenas contenidos, cintura estrecha y caderas envolventes. Raiz Torcida no sintió nada al mirarla, excepto curiosidad; aun era demasiado joven para quemarse en el fuego de la pasión, aunque todo se andaría…

Ella se dio cuenta que el muchacho se había despertado y se giró sonriente.

-Hola, pequeño – le dijo con una enorme sonrisa que mostraba sus blancos y perfectos dientes. El nunca había visto unos dientes como aquellos-. No te preocupes, aquí conmigo estas a salvo.

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