Diario de Akeru LXXIV

en el bordeRaíz Torcida ya no se llama Raíz Torcida. Ella le cambio el nombre cuando cumplió 14 años y le entrego su primera espada de verdad. Había pasado los últimos cuatro años entrenándose con Asesino usando armas de madera, aprendiendo todas las técnicas de combate inventadas por el hombre… Aun no sabia exactamente para qué se estaba entrenando tanto, ni porque la mujer pelirroja no le permitió volver a su tribu -estas muerto para ellos, le dijo-. Ni siquiera tenia claro quien era ella. Los demás la llamaban la Doncella, y hablaban de ella con respeto y reverencia. Los demás eran Asesino y Cocinera. Vivían en la cueva, con él. Le habían cuidado cuando la Doncella le encontró en el fondo del pozo y lo llevo hasta su morada, y habían seguido cuidándolo -y vigilándolo- después. No le permitían salir solo. Varias veces intento escaparse para volver a casa, pero Asesino le encontró siempre, y la vara golpeando su espalda le enseño que mejor era rendirse a lo evidente y abandonar toda esperanza: era un prisionero y no había forma humana de escapar. Durante esos cuatro años no volvió a ver a la mujer pelirroja, hasta que apareció llevándole una espada y un nombre nuevo.

-Ahora te llamas Venganza- le dijo-. Asesino te enseñará cual es tu deber para conmigo.
Asesino y venganza. Dos nombres así, unidos, no podían traer buenas consecuencias. Durante los siguientes 10 años fueron de guerra en guerra, de ciudad en ciudad, de palacio en palacio, matando sin piedad a quienes les ordenaban. Venganza no sabia por qué mataban a esas personas y aunque le hubiese gustado preguntarle a Asesino, se guardó muy mucho de hacerlo; su vara seguía siendo igual de dolorosa que a los 14 años y mucho mas humillante. Cada vez que volvían a la cueva, Cocinera les estaba esperando con la mesa llena de comida, pero Asesino traía siempre hambre de otra cosa y se la llevaba a la cama entre risas, dejando a Venganza solo con la comida y sus pensamientos. Con 24 años y aun virgen -Asesino no le permitió nunca acercarse a una mujer-, oírles follar le excitaba; su mente vagaba hasta llegar a la Doncella, imaginarla desnuda, entre sus manos… Corría a esconderse para masturbarse, sintiéndose culpable, no por el hecho en si, si no por el objeto de sus deseos, la Doncella, alguien a quien habían enseñado a reverenciar como a una diosa. Y entonces sentía nostalgia de una familia, de tener a alguien al lado para hablar y reír, como recordaba que hacían sus padres… Pero tenia las manos tan manchadas de sangre…

Una voz lejana pronunciaba un nombre que casi no reconocía. Me resultaba familiar pero la vida de Venganza me absorbía totalmente, como si la mía dependiese de ello.

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