Diario de Akeru LXXVII

nu091-781bwliz_andreasheumannNo se cuanto tiempo tardé en despertar. Pasaron las horas sobre mi consciencia como las gotas de agua pasan sobre mi cuerpo en la ducha, llevándose la suciedad y el sudor acumulados durante la jornada…

Abrí los ojos y allí estaba; sentado en un sillón al lado de mi cama, dormitando. Por la barba acumulada en su rostro y la extrema palidez de su piel, me di cuenta que las horas habían sido días y que Kurayami no se había apartado de mi lado ni siquiera para alimentarse.

No intenté levantarme. Me sentía débil, aunque no cansada, y en la cama se estaba tan a gustito…

Me moví y él se despertó. Se abalanzó sobre mi, balbuceando frases incomprensibles al principio, que poco a poco mi maltrecho cerebro fue traduciendo.

-¿Akeru?¿Como estas?¿Estas bien?¿Te duele algo?¿Sabes quien soy? He pasado tanto miedo pensando que te perdía..

En aquel momento fui mezquina, lo admito, y me alegré que su dolor fuese comparable al que yo sentí reviviendo el inicio de su vida. Los gritos de Sol Resplandeciente en manos de Asesino siempre serán recordados y los sufriré -los sufro- en mis pesadillas.

Le conté lo que había pasado, o vivido… Nunca, en ningún momento, pensé que pudiera ser solo un sueño, pero necesitaba que él confirmara lo que yo ya sabia: que era Raíz Torcida y que era, también, el primer vampiro convertido, aquel del que descendemos todos.

Lo admitió, avergonzado de haber sido un asesino, temiendo que yo le rechazara por eso, pidiéndome, suplicándome perdón con la mirada. Lo atraje hacia mi y lo besé, dándole mi perdón con ese beso. Pero había algo que yo necesitaba saber, así que se lo dije:

-No soy ella- le espeté de golpe. No quería alargar la falsedad de un amor equivocado. Si él me amaba creyendo que yo era esa muchacha, no iba a permitirme engañarle, aunque eso significase que había pasado toda esa tortura por nada.

Se sorprendió.

-Ni siquiera me había planteado esa posibilidad -confesó-. Encontré a quien había sido Sol Resplandeciente hace varios siglos y quedó claro para mi que ese amor había desaparecido. No la amaba a ella, sino al recuerdo de ese amor, de lo que sentí entonces cuando estábamos juntos; idealicé lo que ya no tenia hasta convertirlo en algo perfecto. Pero el tiempo cambia las cosas y cuando la encontré, me di cuenta de mi error y me quedé… vacío. Me he sentido vacío durante todo este tiempo, creyendo que jamás cambiaria esa sensación, hasta que vi tu risa por primera vez.

-Y mandaste a Hikari…

-Estaba aterrorizado, y el se ofreció a ayudarme.

Le hice un hueco en la cama y se acurrucó a mi lado. Estuvimos abrazados, charlando, durante horas. Me habló de lo que había significado conocerme, de como galopaba su corazón cada vez que me veía, al principio, cuando yo aun era humana y el se sentía el ser mas monstruoso de la Creación; de los planes que hizo con Hikari al principio, sintiéndose como un adolescente, preguntándose si serviría para algo, si sería posible que yo llegase a amarle alguna vez; de la ansiedad disfrazada de vanalidad con que se cubrió el día que me abrieron los ojos a este nuevo mundo, preparándose para ver el terror en mis ojos al comprender que no mentían -y saber que tendría que morderme y alimentarse de i para que lo olvidara todo-; del alivio y la alegría cuando les dije que aceptaba unirme a su familia.

Fueron muchas cosas las que escaparon de su corazón aquel día, los terrores de la incertidumbre en la que había vivido los últimos meses, algo a lo que ya no estaba acostumbrado. La rutina se había aposentado en su vida -o no vida, nunca me aclararé con el concepto-, o mejor dicho, en sus sentimientos. No esperaba volver a amar, y mucho menos que alguien como yo llegase a amarlo de verdad, sin que mediasen los hechizos que envuelven el aura del vampiro. La felicidad que sentía al estar envuelto entre mis brazos, con mis labios susurrándole “te quieros” al oído, le parecía algo lejano y extraño, algo a lo que no tenia derecho.

Le abracé mucho mas fuerte y besé su frente después de quitar un mechón de su pelo oscuro.

-Mereces ser feliz- le dije-. Nadie, en todo el mundo, merece tanto ser feliz.

Buscó mis labios con desesperación y los besó. Su beso tuvo el sabor de la franqueza y la verdad; fue algo extraño, porque tuve la sensación de besarlos por primera vez, como si todo lo que había pasado nos hubiese cambiado tanto que fuese necesario volver a conocernos. Y era así, porque el dolor y la tristeza habían desaparecido y quedaba, solamente, unas enormes y enloquecidas ganas de vivir.

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