Ronin

roninEstaban frente a frente, mirándose a los ojos, atentos al más mínimo movimiento del adversario. A punto de matarse, no se odiaban ni se conocían; la vida conduce las armas de un ronin por caminos extraños y lo lleva a momentos como éste, en que se juega la vida simplemente porque un idiota ha decidido demostrar cuán hombre es enfrentándose a él.

No es un ronin porque lo haya decidido. Su honor y su katana tenían amo hasta hacía poco más de un año, en que el shogun decidió que su señor Aishiro conspiraba para matarlo y le ordenó seppuku. Aishiro era inocente, por supuesto, víctima de la conspiración del clan Yamato que veía con malos ojos la subida de sus rivales al servicio del shogunato. Antes de su muerte, con el tanto envuelto en papel de arroz en la mano, Aishiro le dio la última orden que recibiría del clan Kuroga:

-Olvídate del oibara, Asano- le dijo-.Te lo prohíbo. Debes ocuparte de mi hijo, de conducirlo hasta las tierras de su abuelo, donde estará a salvo. Protégelo con tu vida.

Lo hizo. Cumplió la última órden de su daimyo y llevó al pequeño señor hasta las tierras donde el abuelo del niño -el padre de su madre- gobernaba aún independiente, lejos de las garras ansiosas del shogun.

Después volvió. La totalidad del clan Kuroga había sido aniquilado y su castillo, tomado al asalto, sus habitantes pasados a cuchillo y quemado despues hasta los cimientos. No quedaba nadie; amigos, hermanos, compañeros, amores… Todos prefirieron la muerte a vivir deshonrados. Sólo él quedaba con vida y seguiría así hasta lograr su venganza: destruir el clan Yamato, hacerlo desaparecer del mapa de Japón, tal y como ellos habían hecho con el clan al que él pertenecía.

Miró a su oponente, calibrando su potencial. No parecía demasiado peligroso, un matón de tercera solo apto para dar palizas a mujeres y campesinos. Adelantó su pie izquierdo, sólo un poco, mientras cogía la empuñadura de su katana con la mano derecha. El cuerpo ligeramente inclinado, todos los músculos en tensión, esperando.

El adversario empezó a ponerse nervioso. Acababa de darse cuenta que había metido la pata hasta el fondo y que no había salida a la trampa que él mismo se había tendido. Este ronin vestido con harapos no era un samurai cualquiera y ese error le iba a costar la vida.

Todo fue silencio a su alrededor mientras unas gotitas de sudor perlaron su frente. El viento arreció momentáneamente, como diciendole adios; su silbido quejumbroso semejaba el llanto de una mujer. Estaba perdido, pero no podía echarse atras. Quizá con un poco de suerte…

Estaba muerto aún antes de desenvainar.

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Published in: on 26 febrero 2009 at 12:02 AM  Comments (2)  
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2 comentariosDeja un comentario

  1. LA TRETA MAYA-EL CAMBIO DEL CIENPIÉS-LA TRIQUIÑUELA DEL METAL PESADO.
    Yo Sekuin, perfeccioné estas artes en las calles de Minraud. Bajo el cartel del cienpiés. Una cabeza cautiva. En tiempos de Minraud. En cabinas de tatuaje. Los salones de injertos carnales. Muscos de cera viva de Minraud. Vi los muñuecos hechos con molde. Mientras uno espera. En ratos breves. En las terminales de Minraud… si quieres seguir leyendo escribe a mi e-mail. no tengo blog.


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