Diario de Akeru LXXXIII

hikari1Repasando todo lo que os he contado hasta ahora, me he dado cuenta que la historia de la conversión de Hikari quedó sin terminar, así que aquí está lo que todavía no os he contado…

Nació en de Irlanda en 1836, en un pequeño pueblecito del interior, tercer hijo -de cinco- de una modesta familia de campesinos que tenían arrendadas cuatro palmos de tierra a uno de esos lores ingleses que tiranizaban al pueblo irlandés. Cuando llego la hambruna diez años mas tarde y tras la muerte de sus dos hermanas pequeñas a causa del hambre y la enfermedad, emigraron a Estados unidos como tantas otras familias europeas de aquella época.

Creció en Nueva York, en un barrio marginal lleno de irlandeses pobres y hambrientos, en continuas disputas con el resto del mundo por una hogaza de pan.

Con 17 años, Hikari, que entonces se llamaba Ian, era un muchacho que odiaba al mundo y a si mismo, y tenia por ocupación adueñarse de lo ajeno, preferentemente carteras bien repletas, aunque sus ligeras manos, de dedos largos y delgados, no le hacían ascos a los relojes de oro u otras cosas de valor que pudiesen encontrar dentro de los bolsillos de las infortunadas victimas.

Hacía tiempo que vivía en la calle. Su padre, antes cariñoso y atento, se había vuelto un alcohólico huraño que solo se dirigía a sus hijos para gruñirles y poco a poco fueron abandonando la casa para hacer sus vidas y no tener que aguantarlo.

Brian, el mayor, trabajaba como aprendiz de carpintero; había conseguido el dinero para pagar al maestro desvalijando bolsillos -Hikari lo aprendió de el- y haciendo algún que otro trabajo sucio. Al poco enamoró y embarazó a la única hija del maestro carpintero, siendo “obligado” a casarse con ella después de la paliza de rigor propinada por el padre y, a falta de hermanos varones, unos cuantos amigos de la familia que se apuntaron alegremente a la fiesta. Fue un precio muy bajo -unas cuantas costillas rotas y algunos moratones- a cambio de una vida que seria larga y prospera e, incluso, feliz.

Patrick, el segundo, más fantasioso y cabezahueca, se fue al oeste en busca de una vida mejor y nunca mas supieron de él. Hubo un Patrick que se apellidaba como él que llegó a ser famosillo como atracador de bancos y asalta diligencias, pero nunca pudo ratificar que fuese su hermano.

Tras la marcha de sus hermanos, se quedo solo con 15 años y sin nadie con quien compartir las atenciones de su padre, pasó a ser el único objetivo de toda su mala leche. La única persona a la que trataba con respeto y a la que no se atrevía a gritar era a su madre y Ian -Hikari- siempre se pregunto si los rumores que había oído en el pueblo, allá en Irlanda, antes de marcharse, eran ciertos y su madre era una bruja, porque era imposible que esta mujer menuda y de carácter afable, mantuviese a raya al mastodonte de su padre solo con una mirada y un gesto.

Hikari se cansó pronto de ser el blanco de los insultos de su padre y se fue antes de cumplir los 16. Abandonó su trabajo en la fabrica donde había estado desde los ocho años y buscó a los antiguos amigos de Brian, iniciando con ellos una carrera como golfo, tardía pero fructífera.

Por aquel entonces Kurayami vivía con una vampira de origen finlandés que se hacia llamar Ekaterina Rouchenko y que tenia especial predilección por los muchachos jóvenes. Solían moverse por los círculos acomodados de la ciudad, entre burgueses y ricachones (Kurayami siempre ha contado con una considerable fortuna; ni siquiera cuando cayó la bolsa el jueves negro de 1929, se resintió). Sus “víctimas” -entrecomillado porque he de recordarte que no somos asesinos, a pesar de las leyendas-, estaban sanos y bien alimentados y algunos, seguro que tendrían el colesterol por las nubes, tan arriba como su ego…

Pero Ekaterina -Kat para los amigos-, tenia un componente de salvajismo en su carácter que a veces la dominaba y la inducía a pasear por las calles mas inseguras de la ciudad, disfrazada de hombre y buscando victimas que pudieran satisfacer su irracional instinto.

Una noche, Ian tuvo la mala ¿o buena? fortuna de cruzarse con ella.

La vio salir de una taberna cerca de puerto, con su traje impecable, su capa forrada de raso blanco, sus guantes de dandi, su alta chistera y su bastón con el puño de marfil, que balanceaba adelante y atrás, sin apenas rozar el suelo; un caballero muy joven -apenas había atisbo de barba en su rostro-, una presa fácil para desvalijar, solo tenia que hacerse el borracho y chocar con él.

Kat lo vio venir en cuanto pisó a calle, un borracho que se tambaleaba indeciso y que sin embargo olía a todo menos a alcohol. Su fino olfato de vampiro detectó sin lugar a dudas la alta concentración de adrenalina, la ansiedad y el nerviosismo que precede a un acto impuro, y sonrió… iba a divertirse un rato.

Ian se acercó a su victima dando traspiés preparándose para tropezar con él; sabía perfectamente como reaccionaban todos estos dandis cuando un borracho se les acercaba y chocaban como él pensaba hacerlo: con repugnancia y violencia, quitándoselo de encima a empellones. Y mientras, él metía la mano en su saca y se llevaba todo el sonante de sus bolsillos… Coser y cantar.

Pero esa vez no salio bien. Cuando el muchacho que entonces se llamaba Ian tropezó con Kat, no fue rechazado a empujones; al contrario. Las manos de Kat volaron hasta su nuca y su boca se fundió con la boca de Ian que, cogido por sorpresa, no supo reaccionar al principio. Aceptó el beso sin devolverlo, no sabiendo muy bien qué estaba pasando, hasta que reaccionó.

“Me está besando -pensó-. ¡Este tío me está besando!”

Se revolvió con violencia intentando deshacer la tenaza que le tenia sujeto pero Kat aumentó la fuerza y, sin dejar de besarlo, lo guió hacia un callejón lateral, iluminado solo por la luna.

Ian intentaba escapar pero no podía y cuando puso sus manos en el pecho de Kat para intentar empujarla se encontró con dos sorpresas en forma de pechos muy femeninos y sugerentes.

No pudo hacer nada para evitar lo que sucedió a continuación y que le llevó a vivir como vampiro el resto de la eternidad.

El Capitan Trueno que dormitaba entre sus muslos se alzó al grito de ¡Santiago y cierra España! y blandió su espada altanera buscando a la Sigrid del alma suya, para penetrar en la caverna de las mil maravillas de oriente…

Que se puso tonto, vamos, y en lugar de empujar con las manos para deshacerse del abrazo y el beso, quiso mejor empujar con la pelvis… Si a ella no le importaba estar en un callejón mugriento con un desconocido, menos le iba a importar a él.

Le devolvió el beso mientras le bajaba los pantalones y hundía sus manos en la calidez de la promesa, acariciándola como le había enseñado Mary la Buscona -una puta de casi 30 años que se lo hacia gratis porque le caía en gracia-, sintiendo como se iba agrandando su personalidad, a punto de estallar ya dentro de los pantalones.

Ella le liberó, con una habilidad malsana, ávida de su juventud y belleza, y se ofreció de espaldas a él, lasciva como una serpiente manipuladora; su culo, redondo y blanco como la luna llena, gritaba demandando atención inmediata, provocando al Capitán Trueno que su amante ya había liberado. Como un pequeño David, el tesoro oculto entre sus piernas domó sin dificultades al Goliath que había penetrado en su terreno y entre gritos de placer llegó el orgasmo que los liberó de la tensión. La vitalidad de Ian, su juventud y las ganas de vivir que transmitía, llenaron por un momento el vacío que ocupaba su locura y cuando terminaron le dejó ir sin tocarle un solo pelo con sus colmillos, algo muy inusual en ella.

Ese fue su primer encuentro pero no el ultimo, pues el Destino o la perseverancia de Kat hizo que se encontraran de nuevo varias veces hasta que, sin casi darse cuenta, se encontró convertido en vampiro y bajo la tutela de Kurayami, que le puso su nuevo nombre como a mi me puso el mío, y lo convirtió en un caballero encantador.

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