Los robots del amanecer – Isaac Asimov

los robots del amanecerFastolfe echó a andar lentamente, arrancando una hoja de un arbusto, doblándola por la mitar y mordisqueándola.

Baley lo miró con curiosidad, extrañado de que un espacial se llevara a la boca algo que estaba sin tratar, sin calentar e incluso sin lavar, cuando temían tantísimo las infecciones. Recordó que Aurora estaba libre (¿enteramente libre?) de microorganismos patógenos, pero de todos modos encontró la acción repugnante. La repugnancia no tenía por qué tener una base racional, pensó a la defensiva… y de pronto se sorprendió a punto de disculpar la actitud de los espaciales hacia los terrícolas.

¡Retrocedió! ¡Aquello era diferente! ¡Allí estaban implicados los seres humanos!

Giskard se adelantó, dirigiéndose hacia la derecha. Daneel se quedó atrás y hacia la izquierda. El sol anaranjado de Aurora (Baley apenas notaba ya el tinte anaranjado) le calentaba ligeramente la espalda, desprovisto del calor que tenía el sol de la Tierra en verano (pero, ¿acaso sabía cuál era el clima y la estación en aquel sector de Aurora y aquel momento determinado?).

La hierba o lo que fuese (parecía hierba) era un poco más gruesa y esponjosa que la de la Tierra, y el suelo era duro, como si no hubiese llovido en bastante tiempo.

Fragmento de Los Robots del Amanecer, de Isaac Asimov.

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