Diario de Akeru LXXXVII

amandonos...Después que Ekaterina desapareciera de nuestra vista me sentí mas tranquila. Sí, ya se, a los enemigos es mejor tenerlos cerca para poder controlar lo que hacen, pero yo tenia ganas de algo muy concreto y ella me estorbaba.

Pedí a Hikari que viniera a pasar el día con nosotros, a dormir en nuestro pequeño nidito; al principio se negó pero puedo ser muy convincente cuando quiero, sobre todo si pongo mi carita de niña buena, así que al final acepto. Salí del bar de copas cogida del brazo de los dos hombres mas guapos del mundo y paseamos bajo una calida noche de finales de verano hasta el nuevo apartamento que compartía con Kurayami.

Después de tantos meses, estábamos juntos de nuevo.

Cuando llegamos a casa, Hikari se apoderó del sofá en la mejor tradición machista, espatarrándose y no dejando apenas sitio para los demás.

-Que durmáis bien- dijo, pero que él se durmiera tan pronto no formaba parte de mis planes.

Miré a Kurayami, que acababa de servirse un wiskie y con el vaso en la mano se acercó para besarme en los labios.

-No te estés despierta hasta muy tarde- me dijo antes de retirarse a nuestro dormitorio. Me quede a solas con un Hikari ya medio dormido.

Me quité el vestido para quedarme en ropa interior -es curiosa la habilidad que he desarrollado en ese sentido-. Llevaba un conjunto de lencería de satén blanco; un corsé que dejaba mis pezones al descubierto, con bordados y pedrería, una braguitas transparentes y medias blancas. Me arrodillé al lado del durmiente. ¡Tenia tantas ganas de estar con él! Sentir sus brazos rodeando mi cuerpo, sus labios besándome y su grandiosa personalidad en mi interior.

Desabroché sus pantalones y metí mi mano bajo sus boxers; le acaricie despacio, con ternura, notando por momentos su reacción ante mis caricias. Suspiro profundamente y abrió los ojos para mirarme. Sonrió. ¿Os he dicho alguna vez que sus sonrisa ilumina mas que el sol?

-Eres muy traviesilla, amor…

Yo también sonreí y acerque mis labios a los suyos. Nos besamos y nuestros cuerpos se estremecieron de felicidad al reencontrarse pues habían estado hambrientos el uno del otro durante demasiado tiempo. Nuestra mutua ansiedad se descubrió casi insaciable y la premura con que nuestros cuerpos reclamaban una satisfacción nos volvió algo agresivos. Rompí la camisa de Hikari, demasiado impaciente como para ir botón a botón y le ayude a quitarse el resto de la ropa sin demasiadas contemplaciones. A el le encantó este simulacro de violencia y me siguió el juego, complacido y complaciente. Arrancó sin contemplaciones mi corsé inmaculadamente blanco para liberar del todo mis pechos y los abordó con sus manos, cubriéndolos y frotándolos, haciéndome sentir incalculables torbellinos de placer. Se incorporó del sofá cogiéndome por las muñecas y me ato las manos a la espalda con un pañuelo de seda que no se de donde sacó; de rodillas los dos, uno frente a otro, sus ojos mirándome con ansiedad no disimulada, yo estaba totalmente a su merced…

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