Diario de Akeru XCIII

con los ojos cerradosNo me gusta hacer nada a espaldas de Kurayami porque pienso que la base en una relación es la confianza mutua, pero en este caso no me quedó mas remedio. El no quería hacer nada y eso me desesperó. No soy persona que pueda sentarse y esperar acontecimientos, sobre todo porque en la mayoría de los casos esperar significa llegar tarde. Si realmente Hikari está en peligro y todos mis sentidos me dicen, me gritan que sí, he de actuar.

Por eso le pedí ayuda a Aquiles.

No soy manipuladora; nunca he aprendido ese arte por el cual la gente hace lo que tu quieres pensando que es lo que ellos quieren. No se me da bien; por eso, después de cenar en el restaurante del hotel y de hablar de mil trivialidades mientras coqueteábamos, Aquiles me preguntó:

-¿Por qué me has llamado realmente, Akeru? ¿Qué es lo que necesitas de mi?

No me sorprendió que se hubiese dado cuenta; al contrario, fue un alivio que él iniciase la conversación pues yo no sabia por donde empezar. ¿Como le dices a alguien como Aquiles, orgulloso de sí mismo, que lo único que te interesa de él es la información que pueda darte? Y que pretendes sobornarle con una cena y un buen polvo… Se sentiría herido en su orgullo.

-Necesito tu ayuda- le dije.
-¿Y Kurayami?- me preguntó.
-El no quiere hacerlo.

Por un momento parecio hundirse en la silla y supe que estaba a punto de marcharse. Aquello no le interesaba.

-Deja que te explique lo que pasa antes de decidir no ayudarme. Subamos a la habitacion y escúchame, por favor.

Lo pensó durante un largo minuto en que estuvo mirandome fijamente mientras le daba sorbitos a la copa de vino.

-De acuerdo-, dijo al fin, cuando se convenció que no tenia nada que perder.

Ya en la habitación nos sentamos sobre la cama y le conté lo que ocurría. No sabia hasta que punto Aquiles estaba enterado de la desastrosa relación de amor-odio que mantenía con Ekaterina, así que me salté esa parte. Le dije que Hikari llevaba semanas desaparecido, que Ekaterina estaba loca y que yo tenia sueños muy raros que me alertaban al respecto. Creí que se reiria de mi, que pensaría que la loca era yo y se marcharía tal y como había venido; pero me equivoqué.

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