Diario de Akeru XCVI

estás detrás de mi..?Empezó quitándome las medias con delicadeza, poco a poco. Después, me chupo el dedo gordo del pie derecho y me lamió la planta del pie. Me hizo cosquillas con su lengua y me reí. Me besó la pierna y fue subiendo poco a poco, pantorrilla, rodilla, muslo, deteniéndose el tiempo suficiente para hacerme sentir mil maravillas con cada uno de sus besos… hasta llegar a mi ingle. La besó, lamió y acaricio para acabar hundiendo su cara en ella.

Jadee de placer cuando jugó con su lengua, sus dedos y mi sexo; mil pelillos de mi piel se erizaron y mis pezones parecían a punto de estallar. Grité -¡oh, dios , si!- cuando sus dedos entraron en mi, mientras su lengua subía por mi cuerpo hasta mi boca, dejando un camino de saliva húmeda y caliente. Besar y jadear y respirar y gritar, todo a la vez, algo casi imposible; querer abrazarlo, arañarle, dejar la marca de mis uñas en su espalda y no poder hacerlo a causa de las esposas…

Dejó de tocarme y se puso a mi lado, mirándome, admirando mi cuerpo, comiéndome con los ojos. Volvió a acariciarme, lentamente, con el dorso de su mano.Empezó por el cuello, muy despacio, y fue bajando poco a poco, recorriendo mi piel lentamente; pasó entre mis pechos siguiendo su redondeado contorno, mi estomago, mi vientre, hasta llegar de nuevo al punto mágico de mi anatomía. Mis pechos subían y bajaban rápido, al ritmo de mi agitada respiración, esperando sin saber que querría de mi a continuación, expectante y excitada. Sonrió, y al hacerlo me mostró sus dientes, blancos y perfectos, con los que empezó a mordisquear mi cuerpo, con delicadeza pero firmemente, en las zonas mas sensibles, haciéndome saltar de placer.

No pude mas.Cuando hago el amor no puedo permanecer pasiva dejando que me hagan pero sin hacer yo nada. Así que me deshice de las esposas y se las coloqué a él antes que se diera cuenta. Se echó a reír cuando vio que había pasado de jugar a ser mi juguete.

-Veo que Kurayami te esta enseñando bien las artes vampiricas.

Yo me había sentado a horcajadas sobre su entrepierna y notaba su pene, grande, duro y excitante, rozándome. Acerqué mi boca a su oído y mordí el lóbulo de la oreja.

-Me está enseñando bien muchas cosas- le susurre.

Volvió a reírse al tiempo que se deshacía de las esposas y me abrazaba, buscando mis pechos con su boca. Me empujó suavemente y rodamos por la cama, quedando él encima de mi, de nuevo. Le clavé las uñas en su espalda, arañandolo, oliendo gotitas de sangre. Volvimos a rodar y esta vez fui yo quien se quedo encima. Sentada de nuevo, acompañé a su realeza hacia mi interior…

Seguimos un buen rato y cuando terminamos, agotados, nos acurrucamos en la cama, él rodeándome con sus brazos, yo con mi cabeza apoyada en su pecho.

Es cierto que el vampiro es el mejor amante que os podáis imaginar, atento y sin prisas, disfrutando al máximo de los preámbulos, retardando el orgasmo todo lo posible pues sabemos que es el final -aunque no siempre- de algo fantástico.

-¿De veras eres uno de los Siete?- le pregunté. La noche estaba terminando y debería darme prisa para volver a casa antes del amanecer, pero se estaba bien allí, bajo las sabanas, sintiendo el calor de su cuerpo.

-Sí, ¿por qué?

-Porque no me salen las cuentas.

Me estaba adormilando y no sabia muy bien lo que estaba diciendo. Estaba poniendo en voz alta una idea que me rondaba por la cabeza desde que le conocí hace ya casi un año.

-Kurayami tiene 8.000 años. Las guerras contra el imperio Persa fueron hace unos 2.500, aproximadamente… Tu ya deberías ser viejo entonces.

Se echo a reír, con ganas.

-Tienes razón, Akeru. De todos los novatos a los que les he contado la historia de las guerras medicas, tu eres la primera que se ha dado cuento que si el primer vampiro tiene 8.000 años y yo soy uno de los Siete, no puedo tener tan solo 2.500… Ademas de hermosa eres inteligente…

No se que le contesté. Grmblgmvmsrl, creo. Estaba casi dormida y mi lengua no quiso responder a la orden de mi cerebro, o quizá era mi cerebro que ya dormía. Me limité a acurrucarme mas en su pecho y dormir. Cuando me desperté al cabo de unas horas, el ya se había ido. Sobre la mesita de noche había dejado una rosa y una nota con varias direcciones…

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