Canto XIX – Renunciamiento de la cólera

troya51 La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la co­rriente del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hom­bres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Hefesto le había entregado. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, Ilorando ruidosamente y en tor­no suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. La di­vina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles y hablóle de este modo:

8 ‑¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ése yazga, ya que sucumbió por la voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura fabricada por Hefesto, tan excelente y be­lla como jamás varón alguno la haya Ilevado para proteger sus hombros.

12 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo de­lante de Aquiles las labradas armas, y éstas resonaron. A to­dos los mirmidones les sobrevino temblor; y, sin atreverse a mirarlas de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así que las vio, sintió que se le recrudecía la cólera; los ojos le cen­tellearon terriblemente, como una llama, debajo de los pár­pados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos el espléndido presente de la deidad. Y, cuando bubo deleitado su ánimo con la contemplación de la labrada armadura, diri­gió a su madre estas aladas palabras:

21 ‑¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean las obras de los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera. Ahora me armaré, pero temo que mientras tanto penetren las moscas por las heridas que el bronce causó al esforzado hijo de Menecio, engendren gu­sanos, desfiguren el cuerpo ‑pues le falta la vida‑ y co­rrompan todo el cadáver.

28 Respondióle Tetis, la diosa de argénteos pies:

29 ‑Hijo, no te turbe el ánimo tal pensamiento. Yo procu­raré apartar los importunos enjambres de moscas, que se ce­ban en la carne de los varones muertos en la guerra. Y, aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se conservaría igual que ahora o mejor todavía. Tú convoca al ágora a los héroes aqueos, renuncia a la cólera contra Agamenón, pastor de pue­blos, ármate en seguida para el combate y revístete de valor.

37 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se hiciera incorruptible.

40 El divino Aquiles se encaminó a la orilla del mar, y, dan­do horribles voces, convocó a los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el recinto de las naves, y hasta los pilo­tos que las gobernaban, y como despenseros distribuían los víveres, fueron entonces al ágora, porque Aquiles se pre­sentaba, después de haber permanecido alejado del triste combate durante mucho tiempo. El intrépido Tidida y el di­vino Ulises, servidores de Ares, acudieron cojeando, apo­yándose en el arrimo de la lanza ‑aún no tenían curadas las graves heridas‑, y se sentaron delante de todos. Agamenón, rey de hombres, Ilegó el último y también estaba herido, pues Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica durante la encarnizada lucha. Cuando todos los aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos dijo Aquiles, el de los pies ligeros:

56 ‑¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos, para ti y para mí, continuar unidos que sostener, con el corazón an­gustiado, roedora disputa por una joven. Así la hubiese muerto Ártemis en las naves con una de sus flechas el mis­mo día que la cautivé al tomar a Lirneso; y no habrían mor­dido el anchuroso suelo tantos aqueos como sucumbieron a manos del enemigo mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fue el beneficio, y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra disputa. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos, puesto que es preci­so refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo la có­lera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea, incita a los melenudos aqueos a que peleen; y veré, salien­do al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto a los bajeles. Creo que con gusto se entregará al des­canso el que logre escapar del feroz combate, puesto en fuga por mi lanza.

74 Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, holgáron­se de que el magnánimo Pelión renunciara a la cólera. Y el rey de hombres, Agamenón, les dijo desde su asiento, sin le­vantarse en medio del concurso:

78 ‑¡Oh amigos, héroes dánaos, servidores de Ares! Bue­no será que escuchéis sin interrumpirme, pues lo contrario molesta hasta al que está ejercitado en hablar. ¿Cómo se po­dría oír o decir algo en medio del tumulto producido por mu­chos hombres? Turbaríase el orador aunque fuese elocuente. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás argivos, prestadme atención y cada uno penetre bien mis palabras. Muchas veces los aqueos me han dirigido las mismas Pala­bras, increpándome por to ocurrido, y yo no soy el culpable, sino Zeus, la Parca y Erinia, que vaga en las tinieblas; los cua­les hicieron padecer a mi alma, durante el ágora, cruel ofus­cación el día en que le arrebaté a Aquiles la recompensa. Mas, ¿qué podía hacer? La divinidad es quien lo dispone todo. Hija veneranda de Zeus es la perniciosa Ofuscación, a todos tan funesta: sus pies son delicados y no los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres, a quienes cau­sa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que con­tienden. En otro tiempo fue aciaga para el mismo Zeus, que es tenido por el más poderoso de los hombres y de los dio­ses; pues Hera, no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena había de parir al fornido Heracles en Teba, ceñida de hermosas murallas. El dios, gloriándose, dijo así ante to­das las deidades: «Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ili­tia, la que preside los partos, sacará a luz un varón que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos.» Y hablándole con astucia, le replicó la venerable Hera: «Mentirás, y no llevarás al cabo to que dices. Y si no, ea, Olímpico, jura solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el niño que, pertene­ciendo a la familia de los hombres engendrados de to san­gre, caiga hoy entre los pies de una mujer.» Así dijo; Zeus, no sospechando el dolo, prestó el gran juramento que tan fu­nesto le había de ser. Pues Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pronto llegó a Argos de Acaya, donde vivía la esposa ilustre de Esténelo Persida; y, como ésta se hallara en­cinta de siete meses cumplidos, la diosa sacó a luz el niño, aunque era prematuro, y retardó el parto de Alcmena, dete­niendo a las Ilitias. Y en seguida participóselo a Zeus Croni­da, diciendo: «¡Padre Zeus, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació el noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de Esténelo Persida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre aquéllos.» Así dijo, y un agudo dolor penetró el alma del dios, que, irritado en su corazón, cogió a Ofuscación por los nítidos cabellos y prestó solemne jura­mento de que Ofuscación, tan funesta a todos, jamás volve­ría al Olimpo y al cielo estrellado. Y, volteándola con la mano, la arrojó del cielo. En seguida llegó Ofuscación a los campos cultivados por los hombres. Y Zeus gemía por causa de ella, siempre que contemplaba a su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le iba imponiendo. Por esto, cuando el gran Héctor, el de tremolante casco, mataba a los argivos jun­to a las popas de las naves, yo no podía olvidarme de Ofus cación, cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que falté y Zeus me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos regalos, y tú ve al combate y anima a los de­más guerreros. Voy a darte cuanto ayer lo ofreció en tu tien­da el divino Ulises. Y si quieres, aguarda, áunque estés impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la nave los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo los que te brindo.

14s Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:

146 ‑¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres, Agamenón! Lue­go podrás regalarme estas cosas, como es justo, o retenerlas. Ahora pensemos solamente en la batalla. Preciso es que no perdamos el tiempo hablando, ni difiramos la acción ‑la gran empresa está aún por acabar‑, para que vean nuevamente a Aquiles entre los combatientes delanteros, aniquilando con su broncínea lanza las falanges teucras. Y vosotros pensad también en combatir con los enemigos.

154 Contestó el ingenioso Ulises:

155 ‑Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no exhor­tes a los aqueos a que peleen en ayunas con los troyanos, cerca de Ilio; que no durará poco tiempo la batalla cuando las falanges vengan a las manos y la divinidad excite el va­lor de ambos ejércitos. Ordénales, por el contrario, a los aqueos que en las veleras naves se harten de manjares y vino, pues esto da fuerza y valor. Estando en ayunas no puede el varón combatir todo el día, hasta la puesta del sol, con el ene­migo; aunque su corazón lo desee, los miembros se le en­torpecen sin que él lo advierta, le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan al andar. Pero el que pelea todo el día con los enemigos, saciado de vino y de manjares, tiene en el pecho un corazón audaz y sus miembros no se cansan hasta que todos se han retirado de la lid. Ea, despide las tro­pas y manda que preparen el desayuno; el rey de hombres, Agamenón, traiga los regalos en medio del ágora para que los vean todos los aqueos con sus propios ojos y to regoci­jes en el corazón; jure el Atrida, de pie entre los argivos, que nunca subió al lecho de Briseide ni se juntó con ella, como es costumbre, oh rey, entre hombres y mujeres; y tú, Aqui­les, procura tener en el pecho un ánimo benigno. Que lue­go se te ofrezca en el campamento un espléndido banquete de reconciliación, para que nada falte de lo que se te debe. Y el Atrida sea en adelante más justo con todos; pues no se puede reprender que se apacigue a un rey, a quien primero se injurió.

184 Dijo entonces el rey de hombres, Agamenón:

185 ‑Con agrado escuché tus palabras, Laertíada, pues en todo lo que narraste y expusiste has sido oportuno. Quiero hacer el juramento; mi ánimo me lo aconseja, y no será para un perjurio mi invocación a la divinidad. Aquiles aguarde, aunque esté impaciente por combatir, y los demás continuad reunidos aquí hasta que traigan de mi tienda los presentes y consagremos con un sacrificio nuestra fiel amistad. A ti mis­mo lo te encargo y ordeno: escoge entre los jóvenes aqueos los más principales; y, encaminándoos a mi nave, traed cuan­to ayer ofrecimos a Aquiles, sin dejar las mujeres. Y Taltibio, atravesando el anchuroso campamento aqueo, vaya a buscar y prepare un jabalí para inmolarlo a Zeus y al Sol.

198 Replicó Aquiles, el de los pies ligeros:

199 ‑¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres, Agamenón! Todo esto debierais hacerlo cuando se suspenda el combate y no sea tan grande el ardor que inflama mi pecho. ¡Yacen insepultos los que mató Héctor Priámida cuando Zeus le dio gloria, y vosotros nos aconsejáis que comamos! Yo mandana a los aqueos que combatieran en ayunas, sin tomar nada; y que a la puesta del sol, después de vengar la afrenta, cele­braran un gran banquete. Hasta entonces no han de entrar en mi garganta ni manjares ni bebidas, a causa de la muerte de mi compañero; el cual yace en la tienda, atravesado por el agudo bronce, con los pies hacia el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por esto, aquellas cosas en nada in­teresan a mi espíritu, sino tan sólo la matanza, la sangre y el triste gemir de los guerreros.

215 Respondióle el ingenioso Ulises:

216 ‑¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente de todos los aqueos! Eres más fuerte que yo y me superas no poco en el manejo de la lanza, pero to aventajo mucho en el pensar, porque nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues, to corazón a to que voy a decir. Pronto se cansan los hom­bres de pelear, si, haciendo caer el bronce muchas espigas al suelo, la mies es escasa, porque Zeus, el árbitro de la guerra humana, inclina al otro lado la balanza. No es justo que los aqueos lloren al muerto con el vientre, pues siendo tantos los que sucumben unos en pos de otros todos los días, ¿cuándo podríamos respirar sin pena? Se debe enterrar con ánimo fir­me al que muere y llorarle un día, y luego cuantos hayan es­capado del combate funesto piensen en comer y beber para vestir otra vez el indomable bronce y pelear continuamente y con más tesón aún contra los enemigos. Ningún guerrero deje de salir aguardando otra exhortación, que para su daño la esperará quien se quede junto a las naves argivas. Vaya­mos todos juntos y excitemos al cruel Ares contra los troya­nos, domadores de caballos.

238 Dijo; mandó que le siguiesen los hijos del glorioso Nés­tor, Meges Filida, Toante, Meriones, Licomedes Creontíada y Melanipo, y encaminóse con ellos a la tienda de Agamenón Atrida. Y apenas hecha la proposición, ya estaba cumplida. Lle­váronse de la tienda los siete trípodes que el Atrida había ofre­cido, veinte calderas relucientes y doce caballos; a hicieron salir siete mujeres, diestras en primorosas labores, y a Brisei­de, la de hermosas mejillas, que fue la octava. Al volver, Uli­ses iba delante con los diez talentos de oro que él mismo había pesado, y le seguían los jóvenes aqueos con los presentes. Pu­siéronio todo en medio del ágora; alzóse Agamenón, y al lado del pastor de hombres se puso Taltibio, cuya voz parecía la de una deidad, sujetando con la mano a un jabalí. El Atrida sacó el cuchillo que llevaba colgado junto a la gran vaina de la espada, cortó por primicias algunas cerdas del jabalí y oró, levantando las manos a Zeus; y todos los argivos, sentados en silencio y en buen orden, escuchaban las palabras del rey. Éste, alzando los ojos al anchuroso cielo, hizo esta plegaria:

258 ‑Sean testigos Zeus, el más excelso y poderoso de los dioses, y luego la Tierra, el Sol y las Erinias que debajo de la tierra castigan a los muertos que fueron perjuros, de que ja­más he puesto la mano sobre la joven Briseide para yacer con ella ni para otra cosa alguna, sino que en mi tienda ha per­manecido intacta. Y si en algo perjurare, envíenme los dio­ses los muchísimos males con que castigan al que, jurando, contra ellos peca.

266 Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí que Talti­bio arrojó, haciéndole dar vueltas, a gran abismo del espu­moso mar para pasto de los peces. Y Aquiles, levantándose entre los belicosos argivos, habló en estos términos:

270 ‑¡Zeus padre! Grandes son los infortunios que man­das a los hombres. Jamás el Atrida me hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni hubiese tenido poder para arrebatar­me la joven contra mi voluntad; pero sin duda quería Zeus que muriesen muchos aqueos. Ahora id a comer para que lue­go trabemos el combate.

276 Así se expresó; y al momento disolvió el ágora. Cada uno volvió a su respectiva nave. Los magnánimos mirmidones se hicieron cargo de los presentes, y, llevándolos hacia , el bajel del divino Aquiles, dejáronlos en la tienda, dieron si­llas a las mujeres, y servidores ilustres guiaron a los caballos al sitio en que los demás estaban.

282 Briseide, que a la áurea Afrodita se asemejaba, cuan­do vio a Patroclo atravesado por el agudo bronce, se echó sobre el mismo y prorrumpió en fuertes sollozos, mientras con las manos se golpeaba el pecho, el delicado cuello y el f lindo rostro. Y, llorando aquella mujer semejante a una dio­sa, así decía:

287 ‑¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón de esta des­venturada! Vivo te dejé al partir de la tienda, y te encuentro difunto al volver, oh príncipe de hombres. ¡Cómo me persi­gue una desgracia tras otra! Vi al hombre a quien me entre­garon mi padre y mi venerable madre, atravesado por el agudo bronce al pie de los muros de la ciudad; y los tres her­manos queridos que una misma madre me diera murieron también. Pero tú, cuando el ligero Aquiles mató a mi esposo y tomó la ciudad del divino Mines, no me dejabas llorar, di­ciendo que lograrías que yo fuera la mujer legítima del divi­no Aquiles, que éste me llevaría en su nave a Ftía y que allí, entre los mirmidones, celebraríamos el banquete nupcial. Y ahora que has muerto no me cansaré de llorar por ti, que siempre has sido afable.

301 Así dijo llorando, y las mujeres sollozaron, aparente­mente por Patroclo, y en realidad por sus propios males. Los caudillos aqueos se reunieron en torno de Aquiles y le su­plicaron que comiera; pero él se negó, dando suspiros:

305 ‑Yo os ruego, si alguno de mis compañeros quiere obedecerme aún, que no me invitéis a saciar‑el deseo de co­mer o de beber; porque un grave dolor se apodera de mí. Aguardaré hasta la puesta del sol y soportaré la fatiga.

309 Así diciendo, despidió a los demás reyes, y sólo se quedaron los dos Atridas, el divino Ulises, Néstor, Idomeneo y el anciano jinete Fénix para distraer a Aquiles, que estaba profundamente afligido. Pero nada podía alegrar el corazón del héroe, mientras no entrara en sangriento combate. Y acordándose de Patroclo, daba hondos y frecuentes suspi ros, y así decía:

315 ‑En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado de los compañeros, me servías en esta tienda, diligente y solícito, el agradable desayuno cuando los aqueos se daban prisa por traba el luctuoso combate con los troyanos, domadores de caba Ilos. Y ahora yaces, atravesado por el bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida, a pesar de no faltarme, por la soledad que de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni que supiera que ha muerto mi padre, el cual quizás llora allá en Ftía por no tener a su lado un hijo como yo, mientras peleo con los troyanos en país extranjero a causa de la odiosa He­lena; ni que falleciera mi hijo amado que se cría en Esciro, si el deiforme Neoptólemo vive todavía. Antes el corazón abri­gaba en mi pecho la esperanza de que sólo yo perecería aquí en Troya, lejos de Argos, criador de caballos, y de que tú, vol­viendo a Ftía, irías en una veloz nave negra a Esciro, recoge­rías a mi hijo y le mostrarías todos mis bienes: las posesiones, los esclavos y el palacio de elevado techo. Porque me figuro que Peleo ya no existe; y, si le queda un poco de vida, esta­rá afligido, se verá abrumado por la odiosa vejez y temerá siempre recibir la triste noticia de mi muerte.

338 Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque cada uno se acordaba de aquéllos a quienes había dejado en su respectivo palacio. El Cronión, al verlos sollozar, se compadeció de ellos, y al instante dirigió a Atenea estas ala­das palabras:

342 ‑¡Hija mía! Desamparas de todo en todo a ese eximio varón. ¿Acaso tu espíritu ya no se cuida de Aquiles? Hálla­se junto a las naves de altas popas, llorando a su compa­ñero amado; los demás se fueron a comer, y él sigue en ayunas y sin probar bocado. Ea, ve y derrama en su pecho un poco de néctar y ambrosía para que el hambre no le ator­mente.

349 Con tales palabras instigóle a hacer to que ella misma deseaba. Atenea emprendió el vuelo, cual si fuese un halcón de anchas alas y aguda voz, desde el cielo a través del éter. Ya los aqueos se armaban en el ejército, cuando la diosa de­rramó en el pecho de Aquiles un poco de néctar y de ambrosía deliciosa, para que el hambre molesta no hiciera fla­quear las rodillas del héroe; y en seguida regresó al sólido palacio del prepotente padre. Los guerreros afluyeron a un lugar algo distante de las veleras naves. Cuan numerosos caen los copos de nieve que envía Zeus y vuelan helados al im­pulso del Bóreas, nacido en el éter, en tan gran número ve­íanse salir del recinto de las naves los refulgentes cascos, los abollonados escudos, las fuertes corazas y las lanzas de fres­no. El brillo llegaba hasta el cielo; toda la tierra se mostraba risueña por los rayos que el bronce despedía, y un gran rui­do se levantaba de los pies de los guerreros. Armábase en­tre éstos el divino Aquiles: rechinándole los dientes, con los ojos centelleantes como encendida llama y el corazón tras­pasado por insoportable dolor, lleno de ira contra los troya­nos, vestía el héroe la armadura regalo del dios Hefesto, que la había fabricado. Púsose en las piernas elegantes grebas ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con la co­raza; colgó del hombro una espada de bronce guarnecida con argénteos clavos y embrazó el grande y fuerte escudo cuyo resplandor semejaba desde lejos al de la luna. Como apare­ce el fuego encendido en un sitio solitario en to alto de un monte a los navegantes que vagan por el mar, abundante en peces, porque las tempestades los alejaron de sus amigos; de la misma manera, el resplandor del hermoso y labrado escu­do de Aquiles llegaba al éter. Cubrió después la cabeza con el fornido yelmo de crines de caballo que brillaba como un astro; y a su alrededor ondearon las áureas y espesas crines que Hefesto había colocado en la cimera. El divino Aquiles probó si la armadura se le ajustaba, y si, Ilevándola puesta, movía con facilidad los miembros; y las armas vinieron a ser como alas que levantaban al pastor de hombres. Sacó del es­tuche la lanza paterna, pesada, grande y robusta, que entre todos los aqueos solamente él podía manejar: había sido cor­tada de un fresno de la cumbre del Pelio y regalada por Qui­rón al padre de Aquiles para que con ella matara héroes. En tanto, Automedonte y Álcimo se ocupaban en uncir los ca­ballos: sujetáronlos con hermosas correas, les pusieron el fre­no en la boca y tendieron las riendas hacia atrás, atándolas al fuerte asiento. Sin dilación cogió Automedonte el magnífico látigo y saltó al carro. Aquiles, cuya armadura relucía como el fúlgido Hiperión, subió también y exhortó con ho­rribles voces a los caballos de su padre:

400‑¿Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo a la muchedumbre de los dánaos al que hoy os guía cuando nos hayamos saciado de combatir, y no le de­jéis muerto a11á como a Patroclo.

404 Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza ‑sus crines, cayendo en torno de la extremidad del yugo, llega­ban al suelo, y, habiéndole dotado de voz Hera, la diosa de los níveos brazos, respondió desde debajo del yugo:

408 ‑Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero está cercano el día de tu muerte, y los culpables no seremos no­sotros, sino un dios poderoso y la Parca cruel. No fue por nuestra lentitud ni por nuestra pereza que los troyanos qui­taron la armadura de los hombros de Patroclo; sino que el más fuerte de los dioses, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera, matóle entre los combatientes delanteros y dio glo­ria a Héctor. Nosotros correríamos tan veloces como el so­plo del Céfiro, que es tenido por el más rápido. Pero también tú estás destinado a sucumbir a manos de un dios y de un hombre.

418 Dichas estas palabras, las Erinias le cortaron la voz. Y muy indignado, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

420 ‑¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte? Ninguna ne­cesidad tienes de hacerlo. Ya sé que mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre y de mi madre; mas, con todo eso, no he de descansar hasta que harte de combate a los troyanos.

424 Dijo; y, dando voces, dirigió los solípedos caballos por las primeras filas.

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