Estudio en escarlata (una aventura de Sherlock Holmes) de Sir Arthur Conan Doyle. Segunda parte.


Mientras hablaba, nos metimos por un camino estrecho y cruzamos una pequeña puerta lateral por la que se entraba en una de las alas del gran hospital. Todo aquello me resultaba familiar, y no necesité que me guiasen cuando subimos por la adusta escalera de piedra y cuando avanzamos por el largo pasillo que ofrecía un panorama de muro enjalbegado y puertas color castaño. Hacia el extremo del pasillo arrancaba de éste un corredor, abovedado y de poca altura, por el que se llegaba al laboratorio de química.
Consistía éste en una sala muy alta, llena por todas partes de botellas alineadas en las paredes y desperdigadas por el suelo. Aquí y allá, anchas mesas de poca altura, erizadas de retortas, tubos de ensayo y pequeñas lámparas Bunsen de llamas azules onduladas. Un solo estudiante había en la habitación, y estaba embebido en su trabajo, inclinado sobre una mesa apartada. Al ruido de nuestros pasos, se volvió a mirar y saltó en pie con una exclamación de placer.
—¡Ya di con ello! ¡Ya di con ello! —gritó a mi acompañante, y vino corriendo hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano—. Descubrí un reactivo que es precipitado por la hemoglobina y nada más que por la hemoglobina.
Los rasgos de su cara no habrían irradiado deleite más grande si hubiese descubierto una mina de oro.
—El doctor Watson; el señor Sherlock Holmes —dijo Stamford, haciendo las presentaciones.

—¿Cómo está usted? —dijo cordialmente, estrechando mi mano con una fuerza que yo habría estado lejos de suponerle—. Por lo que veo, ha estado usted en Afganistán.
—¿Cómo diablos lo sabe usted? —pregunté, asombrado.
—No se preocupe —dijo él, riendo por lo bajo—. De lo que ahora se trata es de la hemoglobina. Usted comprende, sin duda, todo el sentido de este hallazgo mío, ¿ verdad?
—No hay duda de que químicamente es una cosa interesante —contesté-. Ahora que prácticamente……
—Pero, ¡hombre, si es el descubrimiento de mayores consecuencias prácticas hecho en muchos años en la Medicina legal! Fíjese; nos proporciona una prueba infalible para descubrir las manchas de sangre, ¡Venga usted a verlo!
Era tal su interés, que me agarró de la manga de mi americana y me llevó hasta la mesa en que había estado trabajando

—Procurémonos un poco de sangre reciente —dijo, clavándose en el dedo una larga aguja y vertiendo dentro de una probeta de laboratorio la gota de sangre que extrajo del pinchar. Y ahora, voy a mezclar esta pequeña cantidad de sangre a un litro de agua. Fíjese en que la mezcla resultante presenta la apariencia del agua pura. La proporción en que está la sangre no excederá de uno a un millón. Pues, con todo y con ello, estoy seguro de que podemos obtener la reacción característica. Mientras hablaba, echó en la vasija unos pocos cristales blancos, agregando luego unas gotas de un liquido transparente La mezcla tomó inmediatamente un color caoba apagado, y apareció en el fondo de la vasija de cristal un precipitado de polvo pardusco

—jAjá! —exclamó, palmoteando y tan encantado como niño con un juguete nuevo—. ¿ Qué me dice usted a eso?
—Parece una demostración muy sutil —le dije.
—¡Magnifica! ¡Magnífica! La tradicional prueba del guayaco resultaba muy tosca e insegura. Y lo mismo ocurre con la búsqueda microscópica de corpúsculos de la sangre. Esta última demostración es inocua si las manchas datan de algunas horas. Pues bien: esta mía actúa, según
parece, con igual eficacia si la sangre es vieja o si la sangre es reciente. De haber estado ya
inventada esta demostración, centenares de personas que hoy se pasean por las calles habrían
pagado hace tiempo la pena debida a sus crímenes.
—¡Ah!, ¿sí? —murmuré yo.

—Las causas criminales giran constantemente sobre este punto único. Meses después de haber cometido un crimen, recaen las sospechas sobre un individuo determinado. Se revisan sus trajes y sus prendas interiores, y se descubren en unos y otras algunas manchas parduscas. ¿Son manchas de sangre, de barro, de roña, de fruta o de qué? He ahí la pregunta que ha dejado sumido en el desconcierto a más de un técnico, ¿Por qué? Pues porque no se dispone de una segura prueba demostrativa. De hoy en adelante, disponemos ya de la prueba de Sherlock Holmes, y no habrá ninguna dificultad.

Le rebrillaban los ojos al hablar; puso la palma de la mano sobre su corazón, y se inclinó igual que si correspondiera a los aplausos de una multitud surgida al conjuro de su imaginación.
—Merece usted que se le felicite —fue la observación que yo hice, muy sorprendido ante aquel entusiasmo suyo.
—El pasado año se vio en Francfort el caso de Von Bischoff De haber existido esta prueba, le habrían ahorcado, con toda seguridad, Hemos tenido también el de Mason, de Bradford, y el tan famoso de Muller y Lefévre, de Montpelijer, y el de Samson, de Nueva Orleans. Podría citar una veintena de casos en los que hubiera sido decisiva.
—Parece usted un calendario viviente del crimen —dijo Stamford riéndose~ Podría iniciar una publicación Siguiendo esa línea general y titularla Noticiario Policíaco de antaño.
—Y que quizá resultase una lectura muy interesante —hizo notar Sherlock Holmes pegando un pedacito de parche sobre el pinchazo del dedo.
Luego prosiguió volviéndose sonriente hacia mí.
—Es preciso que yo tenga cuidado, porque manipulo venenos con mucha frecuencia.
Alargó la mano al mismo tiempo que hablaba, y pude ver que la tenía moteada de otros parchecitos parecidos y descolorida por efecto de ácidos fuertes,
—Hemos venido a tratar de un negocio —dijo Stamford, sentándose en un elevado taburete de tres patas, y empujando otro hacia mí con el pie—. Este amigo mío anda buscando donde meterse; y como usted se quejaba de no encontrar quien quisiera alquilar habitaciones a medias con usted, se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era ponerlos en contacto a los dos.

A Sherlock Holmes pareció complacerle la idea de compartir sus habitaciones conmigo, y advirtió:
—Tengo echado el ojo a un juego de habitaciones en Baker Street que nos vendría que ni pintado. No le molesta el humo del tabaco fuerte, ¿verdad?
—Yo mismo no fumo de otro que del barco —le contesté.
—Hasta ahí vamos bastante bien. Por lo general, yo suelo tener a mano sustancias químicas, y de cuando en cuando realizo experimentos. ¿Le serviría eso de molestia.?
—iDe ninguna manera!
—Veamos… ¿Qué otras desventajas tengo? Hay veces que me entra la morriña, y me paso días y días sin despegar los labios. Cuando eso me ocurre no debe usted tomarme por un individuo huraño. Déjeme a solas conmigo mismo, que se me pasa pronto. Y ahora, ¿tiene usted algo de qué acusarse? Cuando dos personas van a empezar a vivir juntas es conveniente que sepan mutuamente lo peor de cada una de ellas.
Me hizo reír semejante interrogatorio, y dije:
—Tengo un perro cachorro; me molestan los estrépitos, porque mi sistema nervioso está quebrantado; me levanto de la cama a las horas más absurdas e irregulares, y soy de lo más
perezoso que se pueda ser. Cuando gozo de buena salud, mi surtido de defectos es distinto; pero los que acabo de indicar son los principales que tengo en la actualidad.
—¿Incluye usted el tocar el violín en la categoría estrepitosa? —preguntó Sherlock Holmes ansiosamente.
—Depende del violinista —respondí—. El violín tocado por buenas manos es placer de dioses, pero cuando se toca mal…
—No hay inconveniente entonces —exclamó él con risa alegre—. Creo que podemos dar por cerrado el trato; es decir, si le agradan las habitaciones.
-¿Cuándo podemos visitarlas?
—Venga a buscarme aquí mismo mañana al mediodía, iremos juntos y lo dejaremos todo arreglado —me respondió.
—De acuerdo. A las doce en punto —le contesté, dándole un apretón de manos.

Le dejamos trabajando en sus productos químicos y nos fuimos paseando juntos hacia mi hotel.
—A propósito —pregunté de pronto, deteniéndome y volviéndome a mirar a Stamfórd—. ¿Cómo diablos supo que yo había venido del Afganistán?
Mi acompañante se sonrió con enigmática sonrisa y dijo:
—Ahí tiene usted precisamente el detalle singular suyo. Son muchísimas las personas que se han preguntado cómo se las arregla para descubrir las cosas.
—¡Vaya! Entonces se trata de un misterio, ¿verdad? —exclamé, frotándome las manos—. Esto resulta muy intrigante. Le quedo muy agradecido por habemos puesto en relación. Ya sabe usted aquello de que «el verdadero tema de estudio para la Humanidad es el hombre».
—Dedíquese entonces a estudiar a ese —dijo Stamford al despedirse de mí—. Aunque le va a resultar un problema peliagudo. Apuesto a que él averiguará más acerca de usted que usted acerca de él. Adiós.
—Adiós —le contesté. Y seguí caminando sin prisa hacia mi hotel, muy interesado en el hombre al que acababa de conocer.

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