Ruth ya no es una niña -6-

Ruth estaba sentada con sus manos en el regazo, mirándoselas, cuando Jason entró. Son feas, pensaba, y están llenas de callos. No son las manos de una mujer bonita. ¡Tengo tanto miedo!

-Tu madre me ha dado dicho que quieres hablar conmigo-; la voz de Jason apenas fue un susurro. Tenía el estómago encogido y el corazón en un puño. ¿Que pasaba? ¿Por qué Ruth tiene los ojos enrojecidos de llorar? Tuvo miedo.

-¿Crees que soy bonita, Jason?

La pregunta lo cogió por sorpresa y al principio dudo; no supo que decir. La duda en los ojos de él hizo encoger el corazón de Ruth.

-Si no lo soy puedes decírmelo.

-Eres muy hermosa-. ¿A qué venía a eso? ¿A donde quería llegar?

-¿Y crees que puedo enamora a cualquiera?

Fue como una cuchillada. ¿A cualquiera? ¿De quien estaba hablando? No, no, no, no. Esto no me gusta. No me gusta nada.

-¿A quien quieres enamorar?-. Su voz sonó fría, glacial. Se estaba preparando para lo peor; Ruth se había enamorado de otro, seguro, pero ¿de quien? Lo mataría si la hacía sufrir, maldito sea.

-A ti-, dijo Ruth.

Las palabras penetraron poco a poco en la comprensión de Jason. A ti. Tres letras que derrumbaban con la fuerza de un huracán todas sus dudas. A ti. Dos pequeñas palabras, frágiles como una amapola, suaves como el terciopelo de su vestido, y que sin embargo dieron a su corazón la fuerza de cien toros. A ti. A mi. Me quiere a mi…

Se acercó a ella. Ruth seguía sentada en la silla. Había bajado la vista, avergonzada y llena de temor. jason se arrodilló, le cogió las manos y se las besó, primero una, después la otra, y hundió la cara en su regazo, agarrándose con fuerza a su falda. Las lágrimas pugnaron por salir de sus ojos pero luchó para impedírselo. ¡Qué pensaría de él si lo viese llorar!

Ruth le acarició el pelo, largo y rubio. El corazón le latía como el galope de un caballo. ¿Por qué no la besaba? Enlazó sus manos con las de él, dedo con dedo, palma don palma. Jason levantó la cabeza y la miró directamente a los ojos. Había empezado a llorar sin poder evitarlo y las lágrimas resbalaban por sus mejillas de hombre. Ruth acercó su rostro al de él, ofreciéndole sus labios entreabiertos, invitando a profanarlos con sus besos.

Se besaron. Sus labios se unieron con timidez buscando cada uno la vida en el otro, suavemente, como si temiesen que la magia del momento, con las prisas, pudiera romperse. Sus lenguas jugaron en la boca del otro, bebiéndose ese instante de felicidad.

Se separaron, sorprendidos y un poco aturdidos, no sabiendo muy bien qué hacer a continuación, pero sintiendo en su cuerpo esa presión que provoca el deseo.

-¿Y Sofía? ¿Qué dirá?

-Tenemos su bendición.

Tanta felicidad no podía ser posible. Se levantaron sin soltar sus manos, y se quedaron de pie, el uno frente al otro, mirándose, asustados del momento. Ruth soltó sus manos y se colgó de su cuello. ¡Era tan alto! Él volvió a besarla, en la boca primero, para ir bajando poco a poco, beso a beso, por el cuello hasta el nacimiento de sus senos, esa fantástica parte de su cuerpo que dejaba a la vista el vestido de mujer. Ruth pasó las manos entre los cabellos de Jason, alborotándoselos. Su corazón estaba tan acelerado que creía que se le saldría del pecho.

-Debemos parar ahora- dijo él separándose de Ruth-, antes que no pueda.

-No quiero que pares. Quiero llegar hasta el final-. Ruth habló en susurros, entrecortadamente, aferrándose a él con las palabras.

-¿Estás segura?

Ruth asintió con la cabeza y se dio la vuelta, quedando de espaldas a él.

-Ayúdame con el vestido.

Deshizo los lazos y tiró de las cintas. Sus manos temblaban de emoción e impaciencia. No podía creerlo. Para él, se estaba obrando un milagro. El vestido cayó al suelo y la espalda de Ruth apareció ante su vista. Sin darle la vuelta, la abrazó por la cintura y le besó en el cuello. Sus pechos tenían la firmeza de los dieciséis años y eran suaves; los acarició con las dos manos mientras ella gemía de placer, totalmente abandonada a aquel momento de felicidad perfecta. Buscó el lazo de sus enaguas y lo deshizo, dejando que cayeran al suelo y le bajó los calzones con sus manos, dejando un reguero de besos por toda su espalda, hasta llegar a sus nalgas desnudas, que acarició con manos y labios mientras ella seguía gimiendo.

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