Diario de Akeru CV

mujer-sentada-en-camaHay voces que quedan grabadas en nuestro subconsciente como si fueran de hierro candente. Pueden proceder de un antiguo recuerdo infantil, de un sueño olvidado; o de un recuerdo reciente, ahogado por la angustia o apartado por la razón. Cuando alguna de esas voces regresa, nos desconcierta recordarla, pero sobre todo, duele reconocerla.

Reconocí las voces, todas y cada una de ellas; las había oído en mis noches de pesadilla, cuando me despertaba aterrorizada sabiendo que iba a perder aquello que más quería pero sin saber cómo evitarlo. Entonces no sabía a quién pertenecían, no lo tenía nada claro… eran sonidos fantasmas que apenas comprendía, sin palabras reconocibles, sólo fonemas insulsos sin ningún significado.

Allí estaba Ekaterina, por supuesto. En mis pesadillas estaba presente, la única cara identificada, la única presencia que no me sorprendió.

También estaba Aquiles. Eso dolió, y mucho. Me había refugiado en él en busca de ayuda, le había confiado mis miedos y entregado mi confianza. Se había burlado de mi y estaba traicionando a Kurayami.

La tercera voz era la que había grabado en mi mente hacía un año exacto; una voz dulce como la miel, intensa como la canela y venenosa como el arsénico. Una voz que procedía del pasado más remoto y que yo había escuchado temblando de miedo cuando viví la vida de Venganza… Era la voz de la Doncella.

-Parece que la putita se ha despertado- dijo refiriendose a mi con su voz musical como quien diría “qué día tan magnífico hace”.

Yo aún no había abierto los ojos. El dolor de cabeza había remitido y estaba intentando averiguar en qué condiciones mentales y físicas estaba cuando me levantaron del suelo sin ninguna contemplación, cogiéndome del corpiño como si fuese un gato, y me sentaron en una silla. Abrí los ojos. Estaba entera y la borrachera había huído gracias a Dios. Nadie se había tomado la molestia de atarme; supongo que pensaron que era inofensiva.

-¿La pequeña borrachita está de vuelta?- me dijo Ekaterina acercando su cara a la mía.

Eructé. No pude -ni quise- aguantarme las ganas. Eructé en su cara a lo Barney, uno de esos eructos cerveceros que nacen en la base del estómago y se deslizan por la garganta hasta llenar la boca con un estruendo tormentoso. Después sonreí como una estúpida. Que pensaran que seguía borracha.

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