Estudio en escarlata (una aventura de Sherlock Holmes) de Sir Arthur Conan Doyle. Quinta parte

jeremybrettassherlockholmesCapitulo 3: El misterio del jardín de Lauriston.

Confieso que me produjo considerable sorpresa aquella prueba flamante de la índole práctica de las teorías de mi compañero. Aumentó en proporciones asombrosas mi respeto por su capacidad para el análisis. Con todo y con eso, allá en mi cerebro quedaba aún latente cierto recelo de que todo aquello fuese un episodio dispuesto de antemano con el propósito de deslumbrarme, aunque excedía a mi comprensión qué diablos podía buscar con una pega semejante. Cuando yo le miré, él había terminado de leer la carta y sus ojos habían tomado la expresión perdida y sin brillo que indica ensimismamiento.
—¿Cómo se las arregló para hacer tal deducción? —le pregunté.
—¿Qué deducción? —me contestó Holmes con petulancia.
—¿ Cuál ha de ser? La de que era sargento retirado de la Marina.

—No estoy para bagatelas —me contestó bruscamente; pero luego se dulcificó con una sonrisa para decir:

— Perdone mi descortesía. Es que me cortó el hilo de mis pensamientos; quizá sea lo mismo. ¿De modo que usted no fue capaz de ver que ese hombre era sargento de la Marina?
—En modo alguno.
—Pues resultaba más fácil darse cuenta de ello que explicar cómo lo supe. Si le dijesen que demostrase que dos y dos son cuatro, quizás usted se vería en apuros, a pesar de tener la absoluta certeza de que, en efecto, lo son. Desde este lado de la calle pude distinguir, cuando él estaba en el de enfrente, que nuestro hombre llevaba tatuada en el dorso de la mano una gran áncora. Eso olía a mar. Pero su porte era militar y tenía las patillas de reglamento. Ahí teníamos a! hombre de la Marina de Guerra. Había en nuestro hombre ínfulas y aires de mando. Debió haberse fijado usted en lo erguido de su cabeza y en el vaivén que imprimía a su bastón.
—¡Asombroso! —exclamé yo.
—Es de lo más corriente —dijo Holmes, aunque pensé que, a juzgar por la expresión de su cara, mi evidente sorpresa y admiración le complacían—. Afirmé hace un instante que no había criminales. Por lo visto, me equivoqué.¡ Entérese de esto!
Me tiró desde donde él estaba la carta que el ordenanza habí a traído.
—¡Pero esto es espantoso! —exclamé en cuanto le puse la vista encima.
—Parece que se sale un poco de lo corriente —comentó él con calma—. ¿Tiene usted inconveniente en leérmela en voz alta?
He aquí la carta que le leí:

«Mi querido Sherlock Holmes: Esta noche, a las tres, ha ocurrido un asunto malo en los Jardines Lauriston, situados a un lado de la carretera de Brixton. El hombre nuestro que hacía la ronda vio allí una luz a eso de las dos de la madrugada, y como se trata de una casa deshabitada receló que algo ocurría de extraordinario. Halló la puerta abierta, y en la habitación de la parte delantera, que está sin amueblar, encontró el cadáver de un caballero bien vestido, al que halló encima tarjetas con el nombre de “Enoch J. Drebber, Cleveland, Ohio, EE.UU.”. No ha existido robo, y no hay nada que indique de qué manera encontró aquel hombre la muerte. En la habitación hay manchas de sangre, pero el cuerpo no tiene herida alguna. No sabemos cómo explicar el hecho de que aquel hombre se encontrase allí; el asunto todo resulta un rompecabezas. Si le es posible llegarse hasta la casa en cualquier momento, antes de las doce, me encontrará en ella. He dejado todas las cosas en statu quo hasta recibir noticias suyas. Si le es imposible venir, yo le proporcionaré detalles más completos y apreciaré como una gran gentileza de su parte el que me favorezca con su opinión.

»Suyo atentamente,

Tobías Gregson.»

—Gregson es el hombre más agudo de Scotland Yard —puso por comentario mi amigo—. Él y Lestrade son lo mejorcito de un grupo de torpes. Actúan con rapidez y energía, pero sin salirse de la rutina. Son odiosamente rutinarios. Además, se acuchillan el uno al otro. Son tan celosos como una pareja de beldades profesionales. Resultará divertido este caso si los dos husmean la pista.
Yo estaba atónito viendo la tranquilidad con que Sherlock Holmes iba haciendo, una tras otra, sus observaciones, y exclamé:
—No se puede perder un momento. ¿Quiere que vaya y pida un coche de alquiler para usted?
—No estoy seguro de que me decida a ir. Soy el individuo más incurablemente haragán que calzó jamás zapatos de cuero…; quiero decir que lo soy cuando me acomete el acceso de haraganería, porque en otras ocasiones puedo ser bastante activo.
—Pero aquí tiene la oportunidad que tanto anhelaba.
—¿Y qué le va a usted con ello, mi querido compañero? Supongamos que yo lo aclaro todo. En ese caso, puede usted tener la seguridad de que Gregson, Lestrade y compañía se embolsarán toda la gloria. Eso ocurre cuando se es un personaje sin cargo oficial.
—Pero él le suplica que acuda en su ayuda. —Sí. Él sabe que yo le soy superior y lo reconoce ante mí; pero se cortaría la lengua antes de confesarlo ante una tercera persona. Sin embargo, bien podemos ir y echar un vistazo. Trabajaré el asunto por mi propia cuenta. Podré por lo menos reírme de ellos, ya que no sacaré otra cosa. ¡ Vamos!
Se puso a toda prisa el gabán y se ajetreó de manera que se veía que el acceso de apatía había sido desplazado por un acceso de energía.
—Coja su sombrero —me dijo.
—¿Desea usted que le acompañe?
—Sí, a menos que tenga cosa mejor que hacer.
Un minuto después, nos hallábamos los dos dentro de un coche de alquiler de un caballo que nos llevaba a velocidad furibunda por la carretera de Brixton.

Era una mañana de bruma y nubes, y sobre los tejados de las casas colgaba un velo de color pardo, que producía la impresión de ser un reflejo del color de barro de las calles que había debajo. Mi compañero estaba del mejor humor y fue chachareando acerca de los violines de Cremona y las diferencias que existen entre un Stradivarius y un Amalfi. Yo por mi parte, iba callado, porque el tiempo tristón y lo melancólico del asunto en que nos habíamos metido deprimían mi ánimo.
—Me parece que no dedica usted gran atención al asunto que tiene entre manos —le dije, por fin, cortando las disquisiciones musicales de Holmes.
—No dispongo todavía de datos —me contestó—. Es una equivocación garrafal el sentar teorías antes de disponer de todos los elementos de juicio, porque así es como éste se tuerce en un determinado sentido.
—Pronto va usted a disponer de los datos que necesita, porque ésta es la carretera de Brixton y aquí tenemos la casa, si no estoy muy equivocado —le dije, señalándosela con el dedo..
—En efecto. ¡Pare, cochero, pare!
Nos encontrábamos todavía a un centenar de yardas más o menos de la casa; pero él insistió en que nos apeásemos, y terminamos a pie nuestro viaje.
El número 3 de los Jardines de Lauriston ofrecía un aspecto siniestro y amenazador. Era una de las cuatro casas que se alzaban un poco apartadas de la calle, y de las cuales dos estaban habitadas y otras dos vacías. Estas últimas miraban por tres hileras de melancólicas ventanas inexpresivas, desnudas y tristonas, menos alguna que otra en que un cartel de «Se alquila» se había extendido como una catarata sobre los legañosos paneles de cristal. Un jardincilIo salpicado por una erupción de enfermizas plantas aisladas separaba de la calle a cada una de estas casas; cada jardincillo estaba cruzado por un estrecho sendero de color amarillento que parecía formado con una mezcla de arcilla y de grava. La lluvia caída durante la noche había convertido todo en un barrizal. Rodeaba el jardín una tapia de ladrillo de tres pies de altura que tenía en su parte superior una orla de listones de madera. Recostado en esa cerca había un fornido guardia, al que rodeaba un pequeño grupo de desocupados que estiraban sus cuellos y ponían én tensión sus ojos con la vana esperanza de ver algo de lo que tenía lugar dentro.
Yo me había formado la idea de que Sherlock Holmes se daría prisa en entrar en la casa y de que se zambulliría de golpe en el estudio del mismo. Por lo visto, nada estaba más lejos de sus propósitos. Se paseó tranquilamente por la accra, contempló de manera inexpresiva el suelo, el cielo, las casas de la acera de enfrente y la línea de verjas, todo ello con un aire despreocupado que me pareció a mí que lindaba con la afectación en circunstancias como aquéllas. Una vez que hubo terminado ese escrutinio, se encaminó lentamente por el sendero, o, mejor dicho, por la orla de césped que lo flanqueaba, manteniendo la vista clavada en el suelo. Detúvose dos veces; en una ocasión le vi sonreír y oí que lanzaba una exclamación satisfecha. En el suelo húmedo arcilloso veíanse muchas huellas de pies; pero como los policías habían ido y venido por el sendero, yo no acertaba a comprender cómo mi compañero podía abrigar esperanzas de descubrir allí algo de interés. Sin embargo, después de las demostraciones extraordinarias que yo había tenido de la rapidez de su facultad de percepción, no dudaba de que él era capaz de descubrir muchas cosas que para mí estaban ocultas.
En la puerta de la casa trabamos conversación con un hombre alto, de cutis blanco y cabellos blondos, que tenía en la mano un cuaderno. Este individuo había corrido hacia nosotros y estrechado con efusión lá mano de mi compañero, diciéndole:
—Ha sido usted muy amable viniendo. Lo he dejado todo intacto.
—¡Salvo eso! —le contestó mi amigo, apuntando hacia el sendero—. Ni aunque hubiera pasado por ahí una manada de búfalos podrían haberlo revuelto más. Sin embargo, es seguro que usted, Gregson, había sacado ya sus deducciones antes de permitir eso.
—¡Son tantas las cosas que he tenido que hacer en el interior de la casa! —contestó el detective de manera evasiva—. Mi colega el señor Lestrade se encuentra aquí, y yo confié en que él cuidaría este detalle.
Holmes me miró y arqueó burlonamente las cejas, diciendo:

—Estando sobre el terreno dos hombres como usted y Lestrade, no será gran cosa lo que le quede por descubrir a una tercera persona.
Gregson se frotó las manos, satisfecho, y contestó:
—Creo que hemos hecho todo lo que se puede hacer; sin embargo, es éste un caso raro, y yo sabía que a usted le gustan estas cosas.
—¿Vino acaso usted hasta aquí en un coche de alquiler? —preguntó Holmes.
—No, señor.
—¿Ni tampoco Lestrade?
—No, señor.
—Entonces, vamos a examinar la habitación.
Después de esta observación, que no venía al caso, se metió en la casa muy despacio, seguido de Gregson, en cuyas facciones se retrataba el asombro.

Un pasillo corto, polvoriento y con el entarimado desnudo, conducía a la cocina y a la despensa. A derecha e izquierda del pasillo se abrían dos puertas, una de las cuales llevaba, sin duda, cerrada muchas semanas. La otra daba al comedor, que era el cuarto donde había tenido lugar el misterioso hecho. Holmes entró, y yo le seguí con el sentimiento de opresión que inspira la presencia de la muerte.
Era una habitación cuadrada y amplia, pareciéndolo aún más por la carencia de todo mobiliario. Las paredes estaban revestidas de un papel vulgar y chillón, pero que dejaba ver en algunos lugares manchones de moho, y aquí y allá, grandes tiras que se habían despegado y colgaban hacia el suelo, dejando al descubierto el revoco amarillo que había debajo. Frente por frente de la puerta había una ostentosa chimenea con una repisa de imitación de mármol blanco. En un ángulo de la repisa había pegado a ésta un muñón de una vela de cera colorada. La solitaria ventana se hallaba tan sucia, que la luz que dejaba pasar era tenue y difusa y lo teñía todo de una tonalidad gris apagada, intensificada todavía más por la espesa capa de polvo que recubría toda la habitación.
Yo me fijé más adelante en todos estos detalles. De momento, mi atención se centró en la figura abandonada, torva, inmóvil, que yacía tendida sobre el entarimado y que tenía clavados sus ojos inexpresivos y ciegos en el techo descolorido. Era la figura de un hombre de unos cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años, de estatura mediana, ancho de hombros, de pelo negro ondulado y brillante y barba corta y áspera. Vestía levita y chaleco de grueso popelín de lana, pantalones de color claro y cuello de camisa y puños inmaculados. Un sombrero de copa, bien cepillado y alisado, velase en el suelo, junto al cadáver. Tenía los puños cerrados y los brazos abiertos, en tanto que sus miembros inferiores estaban trabados el uno con el otro, como indicando que los forcejeos de su agonía habían sido dolorosos. Su rostro rígido, tenía impresa una expresión de horror y, según me pareció, de odio; una expresión como yo no había visto jamás en un rostro humano. Esta contorsión terrible y maligna de las facciones, unida a lo estrecho de su frente, su nariz achatada y su mandíbula, de un marcado prognatismo, imprimían al muerto un aspecto singularmente parecido al de un mono, y su postura retorcida y forzada aumentaba todavía más esa impresión. Yo he visto la muerte en muchas formas, pero nunca se me presentó con aspecto más tenebroso que en aquella habitación oscura y siniestra, que daba a una de las principales arterias de un suburbio londinense.

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One CommentDeja un comentario

  1. Una vez te encontré, te leí y ahora… te he re-encontrado. Quiero leerte más seguido.

    Un abrazo


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