Las puertas de Anubis – Tim Powers

puertas_de_anubisLa gruta subterránea se había formado mediante el derrumbe, sólo Dios sabia cuánto tiempo hacia ya, de unos doce niveles de alcantarillado; los escombros habían ido desapareciendo en el pasado, a manos de los saqueadores o arrastrados por la corriente.
La gruta tenía la forma de una inmensa estancia, sostenida por las grandes vigas que en tiempos habían servido de base al pavimento de la calle Bainbridge (dado que el derrumbe no había llegado a ser notado en la superficie), y el suelo estaba formado por piedras que los romanos habían labrado en los días en que Londinium era una avanzadilla militar, situada en los hostiles campos salvajes de los celtas. A distintas alturas de la gruta se veían hamacas colgadas de largas sogas, que se perdían en la penumbra catedralicia del lugar. Empezaban a verse luces, lámparas que humeaban con un grasiento resplandor rojizo, colgando de los maderos que asomaban, medio rotos, de las abundantes bocas de alcantarillado que constelaban los muros. Un hilillo de agua caía incesantemente de una boca de gran tamaño, perdiendo su aparente solidez a medida que trazaba un arco por la oscura atmósfera, hasta formar un negro lago en un extremo de la cueva.

En el suelo de piedra se veía una gran mesa, y en ella andaba de puntillas un enano de cuerpo deforme y blancos cabellos, colocando delicados platos de porcelana y cubiertos de plata sobre un mantel de lino. Cada vez que una partícula de cuero podrido o unas cuantas gotas vertidas de una petaca caían sobre la mesa, el enano maldecía en voz baja a los mendigos de arriba. A lo largo de la mesa había sillas y en su cabecera se veía un asiento muy alto, como para un niño de talla monstruosa, pero en el otro extremo de la mesa no había asiento alguno, sólo una especie de arnés que el enano miraba de vez en cuando con expresión temerosa. El arnés colgaba de una larga cuerda que llegaba hasta el techo de la gran estancia, y se balanceaba suavemente impulsado por la brisa de las cloacas.
Los señores de los ladrones estaban empezando a llegar y sus elegantes ropajes contrastaban de forma macabra con el aspecto del lugar. Uno a uno, fueron ocupando sus lugares en la mesa. El primero en sentarse apartó al enano de un empujón.
– Acepta la palabra de alguien que puede ver la mesa desde arriba – le dijo con expresión absorta -, ya has terminado. Ve por la comida.
– ¡Y el vino, Dungy! – le gritó otro de los señores al enano -. ¡Aprisa, aprisa!
El enano echó a correr por un túnel, claramente aliviado ante la excusa que se le proporcionaba para abandonar el lugar, aunque fuera sólo por unos minutos. Los señores sacaron pipas de arcilla y chisqueros de sus bolsillos, y muy pronto una neblina de opio y tabaco se alzó hacia el techo para deleite de los mendigos, que empezaron a balancear sus hamacas de un lado a otro del abismo, para así capturar todo el humo que les fuera posible.
La mesa empezaba a llenarse también con hombres y muchachos harapientos, que se saludaban entre sí a gritos. Un poco más lejos, y ostentosamente ignorados, estaban unos hombres agrupados, que se habían adentrado mucho más en la pobreza y la consiguiente devastación física y mental que ésta acarrea. Permanecían inmóviles, sentados o caídos sobre las losas, en los rincones más oscuros de la gruta, cada uno de ellos solo, pese a estar rodeado de iguales, murmurando y gesticulando más por la fuerza de la costumbre que por un deseo auténtico de comunicarse entre ellos.
El enano apareció nuevamente, tambaleándose bajo el peso de una red de pescar repleta de botellas. Dejó su carga en el suelo y empezó a utilizar un sacacorchos para abrirlas. Desde uno de los túneles más espaciosos empezó a llegar un golpeteo espaciado, como de madera sobre piedra, y a medida que el ruido iba aumentando de volumen el enano descorchaba las botellas cada vez más rápido.
– ¿A qué viene tanta prisa, Dungy? – le preguntó uno de los jefes de ladrones, viéndole sudar -. ¿Acaso tienes miedo de ver a nuestro anfitrión?
– Claro que no, señor – jadeó el viejo Dungy, sacando el último corcho -, pero siempre le gusta verme diligente y atareado.
El ruido, que había llegado a ser estruendoso, cesó de golpe y dos manos pintadas de blanco aparecieron agarrándose a las piedras superiores de la boca del túnel, seguidas un segundo después por una cabeza cubierta de pintura, que se agachó levemente para no chocar con la bóveda, casi a unos cuatro metros del pavimento. Horrabin sonrió e incluso los arrogantes jefes de los ladrones y mendigos rehuyeron su mirada, algo inquietos.
– ¿Otra vez tarde, Dungy? – graznó con voz alegre el payaso -. Pensaba que ya estaría todo preparado.
– Si, si…, si, señor – dijo el viejo Dungy y casi se le cayó una botella. – Es sólo que… cada vez me cuesta más servir la mesa bien, señor. Mis viejos huesos…
-…alimentarán uno de estos días a los perros callejeros – concluyó Horrabin, avanzando por la sala con hábiles movimientos de sus zancos. Su sombrero cónico y su abigarrada levita con los hombros puntiagudos por el relleno le daban a la escena el súbito aire de un carnaval. – Mis huesos, aunque algo más jóvenes, no se encuentran tampoco en muy buena forma, por si te interesa saberlo. – Se detuvo, oscilando sobre sus zancos, ante el arnés que colgaba del techo -. Coge los zancos – le ordenó.
Dungy echó a correr y sostuvo los zancos, mientras Horrabin pasaba los brazos por lastiras del arnés y luego, con una contorsión, metía las piernas por la parte inferior. Luego, el enano llevó los zancos a la pared más cercana y los apoyó en los ladrillos, en tanto que el payaso se balanceaba en el aire a unos tres metros del suelo.
– Ah, mucho mejor – suspiró Horrabin -. Tengo la impresión de que cuando los llevo más de unas cuantas horas, vibraciones malignas empiezan a subir por la madera de los zancos. Y si el tiempo es húmedo la cosa es aún peor, claro. El precio del éxito. – Bostezó, y se abrió un gran abismo rojo en la variopinta superficie de su rostro -. ¡Uf! ¡Y ahora, adelante! Para disculparte ante esta reunión de caballeros, que han debido esperar indebidamente a que empezara la cena, quizá tengas la bondad de cantarnos algo.
El enano torció el gesto, asustado.
– Señor, por favor…, el traje y la peluca están abajo, en mi celda. Me haría falta…
– Esta noche no hacen falta aderezos – dijo el payaso con aire alegre -, no vamos a ser ceremoniosos. Esta noche puedes cantar sin el traje. – Alzó la mirada hacia el techo lejano -. ¡Música!

Fragmento de Las Puertas de Anubis, de Tim Powers

Anuncios

The URI to TrackBack this entry is: https://poesiaybelleza.wordpress.com/2009/05/26/las-puertas-de-anubis-tim-powers/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: