Diario de Akeru CXIII

caballeroCuando Vlad volvió al bar después de vomitar -no entendía el aguante de Akeru- ella ya no estaba. Se preocupó, desde luego. Estaba hecha polvo, bastante desesperada, y encima borracha. ¿Quien podía adivinar qué extrañas ideas podían ocurrírsele? Decidió esperar un rato por si volvía pero pasada media hora fue evidente que eso no iba a ocurrir. Le preguntó al barman y este le dijo que se había ido cogidita de un rubio bajito y fornido. Supo en seguida que era Aquiles, uno de los Siete, el más pedante, estúpido y gilipollas de los Siete. Lo sabía bien, le había tratado muchas veces. ¿Qué querría de ella?

Volvió a la fiesta pensando que los encontraría allí, pero no estaban. Los buscó; había algo, una vocecilla -¿quizá contagiada de paranoia?- que le susuraba al oído que algo malo estaba ocurriendo… ¡Maldita sea! ¡Y maldita Akeru, coño, también! Esa muchacha se le había metido muy adentro y ahora no podía dejarla tirada. ¿Era eso la amistad? Apenas podía recordarlo porque hacía tanto que no tenía un amigo…

Preguntó en recepción y por fin sacó algo en claro: habían subido en el ascensor. La cuestión era adivinar a dónde.

Fue a la suite de Kurayami. Llamó insistentemente pero no contestó nadie. Abrir la puerta cerrada con llave no le costó ningún trabajo; tenía que asegurarse que esta realmente vacía. Por un momento pensó que sería bochornoso encontrárselos en pleno juego, pero no tenía otro remedio si quería callar la jodida vocecilla. Pero no sirvió de nada porque no había nadie allí.

Volvió sobre sus pasos, aún más alarmado que antes. Camino del ascensor se cruzó con Yasu. Alto, delgado, con su cabeza completamente afeitada y las cejas repletas de pendientes; a esa hora, y aún estaba sobrio. Un vampiro un poco raro…

-¿Que ocurre, Vlad?- le preguntó extrañado por la agitación -casi desesperación- que transmitía su rostro. Hacía mucho que se conocían, incluso habían compartido cama unas cuantas veces, y sabía que Vlad no solía desesperarse fácilmente. Vlad le miró tan sumido en sus propios pensamientos que al principio ni le reconoció. Tuvo que parpadear un par de veces hasta poder ponerle nombre a esos ojos que le miraban.

-Yasu…- dijo en un susurro-. Me alegro de encontrarte. Ven, puede que necesite tu ayuda… aunque todo puede que sea pura paranoia.

Le cogió de la mano y le metió en el ascensor a la fuerza. No contestó a su pregunta y Yasu no volvió a preguntar.

El ascensor tardó una eternidad en subir los dos pisos y Vlad pensó que hubieran llegado antes -corre, corre- por las escaleras. Por fin la puerta se abrió y caminaron en silencio hasta la puerta de la habitación de Aquiles. Vlad puso la oreja y escuchó.

-¿Estas preparado para pelear, Yasu?- le preguntó con una sonrisa tan amplia que ocupaba casi toda su cara, y sin esperar respuesta, abrió la puerta como antes había hecho en la suite de Kurayami y entró corriendo y gritando como hacia antaño en el campo de batalla, cuando el turco era el enemigo y la sangre regaba los campos quemados.

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