Dos para conquistar – Saga Darkover – Marion Zimmer Bradley

Melora estaba de pie tan cerca de él que Bard percibió el leve perfume de su cabello y su capa.

-Tenía miedo- agregó ella-, de que si la batalla no nos favorecía, yo no fuera capaz de matarme, y de que llegara a aceptar… la esclavitud, la violación antes que la muerte. La muerte me pareció muy horrible mientras veía cómo fallecían los hombres.

El se volvió y le cogió una mano; ella no protestó.

-Me alegra que todavía estés con vida, Melora- le dijo Bard en voz baja.

-También yo- respondió ella, en voz igualmente baja.

El la abrazó y la besó, sorprendiéndose de la suavidad de aquel cuerpo redondeado y aquellos pechos plenos contra su propio cuerpo. Sintió que ella se entregaba completamente al beso, pero en seguida se apartó un poco.

-No, te lo ruego, Bard. No aquí, de esta manera, con todos tus hombres alrededor. No te rechazaría, te doy mi palabra de eso, pero no quiero que sea así; me han dicho… que no está bien…

Bard la soltó de mala gana.

Podría amarla con mucha facilidad, pensó. No es bonita, pero es tan cálida, tan dulce…

Y de repente lo invadió toda la excitación que había acumulado durante el día. Sin embargo, sabía que ella tenía razón. Donde no había mujeres accesibles para los demás hombres, era absolutamente contrario a las costumbres y a la decencia que el comandante disfrutara de una mujer. Bard era un soldado y sabía muy bien que no debía concederse privilegios que sus hombres no pudieran compartir

La buena voluntad de ella empeoraba aún mas las cosas. Nunca antes se había sentido tan próximo a una mujer.

Sin embargo exhaló un profundo suspiro de resignación.

-La suerte de la guerra, Melora. Tal vez… algún día…

-Tal vez- asintió ella con suavidad, mientras le entregaba la mano y lo miraba a los ojos.

A él le pareció que nunca había deseado tanto a una mujer.

Fragmento de Darkover, Dos para conquistar, de Marion Zimmer Bradley.

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Barrayar – Lois McMaster Bujold

barrayar_aventuras_de_miles_vorkosigan_lois_mcmaster_bujoldAl fin retrocedió y logró apartarse (trató de no pensar “de la manada”) para disfrutar unos momentos de silenciosa contemplación. Qué mezcla tan extraña era Barrayar, en un momento hogareño y familiar, y al siguiente ajeno y aterrador; el espectáculo no estaba nada mal, aunque… ¡Ah! Eso era lo que faltaba, comprendió finalmente. En colonia Beta una ceremonia de semejante magnitud hubiese tenido una cobertura completa por holovideo, para que todo el planeta participara de ella en vivo y en directo. Cada movimiento hubiese sido una danza de meticulosa coreografía alrededor de las cámaras y los comentarios del locutor, casi hasta el punto de aniquilar el acontecimiento que se estaba grabando. Alli no había un solo holovideo a la vista. Las únicas grabaciones eran las que realizaba Seguridad Imperial, quienes tenían sus propias razones al margen de cualquier coreografía.

Las personas de ese salón solo bailaban para si mismas, y su rutilante espectáculo seria barrido para siempre por el justo paso del tiempo; al día siguiente la celebración solo existiría en los recuerdos.

-¿Señora Vorkosigan?

Cordelia se sobresalto al oír la voz amable a su lado. Al volverse se encontró con el comodoro Vordarian. El uniforme rojo y azul denotaba que se encontraba en servicio activo en la jefatura imperial…¿en que departamento? Ah, si, en Operaciones, la había dicho Aral. El conde le besó la mano y le sonrió con expresión cordial.

Fragmento de Barrayar, de Lois McMaster Bujold.

Cánticos de la lejana Tierra – Arthur C. Clarke

cánticos de la lejana tierra¿Cómo es posible  que me encuentre en una situación como ésta?” se preguntó Loren. Ya había estado enamorado antes, pero los recuerdos (incluso los nombres) habían sido piadosamente enturbiados  por los programas de borrado a los que todos habían sido sometidos antes de dejar el Sistema Solar. Ni siquiera trataría de recuperarlos; ¿por qué atormentarse con imágenes de un pasado que había sido totalmente destruido?

Incluso el rostro de Kitani era ya borroso, pese a que la había visto en el hibernáculo hacía sólo una semana. Ella era parte de un futuro que había planeado pero que nunca podrían compartir: Mirissa estaba aquí y ahora… llena de vida y alegría, no congelada en un sueño de cinco siglos. Ella le había hecho sentirse completo una vez más, feliz de saber que la tensión y el agotamiento de los últimos días, después de todo, no le habían robado la juventud.

Cada vez que estaban juntos, sentía aquella presión que le decía que volvía a ser un hombre; mientras no fuera aliviada, no viviría en paz, ni siquiera sería capaz de llevar a cabo su trabajo de manera eficiente. En algunos momentos había visto el rostro de Mirissa sobrepuesto en los planos de la Bahía Mangrove y en los diagramas de flujo, y se había visto obligado a dar una instrucción de PAUSA a la computadora antes de poder continuar su conversación mental conjunta. Era una tortura peculiarmente exquisita pasar un par de horas a pocos metros de ella, no pudiendo intercambiar mas que corteses trivialidades.

Fragmento de “Canticos de la lejana Tierra“, de Arthur C. Clarke

Los robots del amanecer – Isaac Asimov

los robots del amanecerFastolfe echó a andar lentamente, arrancando una hoja de un arbusto, doblándola por la mitar y mordisqueándola.

Baley lo miró con curiosidad, extrañado de que un espacial se llevara a la boca algo que estaba sin tratar, sin calentar e incluso sin lavar, cuando temían tantísimo las infecciones. Recordó que Aurora estaba libre (¿enteramente libre?) de microorganismos patógenos, pero de todos modos encontró la acción repugnante. La repugnancia no tenía por qué tener una base racional, pensó a la defensiva… y de pronto se sorprendió a punto de disculpar la actitud de los espaciales hacia los terrícolas.

¡Retrocedió! ¡Aquello era diferente! ¡Allí estaban implicados los seres humanos!

Giskard se adelantó, dirigiéndose hacia la derecha. Daneel se quedó atrás y hacia la izquierda. El sol anaranjado de Aurora (Baley apenas notaba ya el tinte anaranjado) le calentaba ligeramente la espalda, desprovisto del calor que tenía el sol de la Tierra en verano (pero, ¿acaso sabía cuál era el clima y la estación en aquel sector de Aurora y aquel momento determinado?).

La hierba o lo que fuese (parecía hierba) era un poco más gruesa y esponjosa que la de la Tierra, y el suelo era duro, como si no hubiese llovido en bastante tiempo.

Fragmento de Los Robots del Amanecer, de Isaac Asimov.

El maestro cantor – Orson Scott Card

el maestro cantorAnsset estaba tendido en el regazo de Esste, asiéndole el pelo frenéticamente, cuando por fin dejó de tiritar, y abrió lentamente la boca, y sus ojos por fin se aclararon y la vio.

-Mamá- lloró, y no había canción en su voz, solo infancia.

Esste abrió la boca, y las lagrimas bañaron sus ojos y al parpadear cayeron sobre las mejillas del niño.

-Ansset, mi único hijo- cantó desde lo más profundo de su corazón.

El niño lloró y se aferró a ella, y Esste balbuceó palabras sin significado, le cantó sus canciones más tranquilizadoras y le abrazó con fuerza. Yacían en las mantas de la Sala Alta mientras la tormenta estallaba en el exterior. Y mientras sostenía contra su hombro su cara magullada y cortada, también Esste lloró. Porque dos lugares ocultos habían sido sondeados, y ella no sabía ni le importaba cuál había sido el logro más importante. Había encerrado a Ansset en el silencio de la Sala Alta para curarle. Él le había devuelto el favor y ahora ella también estaba curada.


Era la tarde del decimocuarto día. La luz del sol fluía a través de las rendijas de los postigos occidentales. Ansset y Esste permanecían sentados en el suelo de la Sala Alta, cantándose mutuamente.


La cancion del niño era insegura, aunque la melodía era aguda y fina, y sus palabras eran toda la agonía de la pérdida y la soledad mientras crecía, pero la agonía había sido transformada, estaba siendo transformada incluso mientras cantaba, por la armonía y la contramelodía de la canción sin palabras de Esste que decía no tengas miedo, no tengas miendo, no tengas miedo. Las manos de Ansset bailaban mientras cantaba, jugueteaban con los brazos, la cara, los hombros de Esste, capturaban sus manos y la dejaban ir. Su cara estaba iluminada mientas cantaba, sus ojos estaban vivos, y su cuerpo decía tanto como su voz. Pues mientras su voz hablaba del recuerdo del miedo, su cuerpo hablaba de la presencia del amor.

Fragmento de El Maestro Cantor, de Orson Scott Card

Cuento de Navidad – Ray Bradbury

elarboldenavidad1El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana les obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
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Tropas del espacio – Robert A. Heinlein

tropas del espacioHice un descubrimiento muy importante en el campamento Currie. La felicidad consiste en dormir lo suficiente. Solo eso; nada mas. Todas las personas ricas y desgraciadas que uno conoce, toman pastillas para dormir. Los de Infanteria Movil no las necesitan. Denle a un soldado un catre y tiempo para dormir y se sentirá tan feliz como un gusano en una manzana…, un gusano dormido.

Teóricamente, disfrutabamos de ocho buenas horas de sueño cada noche, y una hora y media despues de la cena como tiempo libre. Pero en realidad las horas de sueño dependian de las alertas, el servicio nocturno, las marchas por el campo y la voluntad d edios y el capricho de todos los que estaban por encima de uno. Y en cuanto al tiempo libre de la tarde, si no lo fastidiaba algun servicio extra por delitos de poca monta, lo mas normal era tener que sacarle brillo a los zapatos, lavar la ropa, cortarse el pelo, (algunos tuvimos suerte com los peluqueros, pero hasta una cabeza afeitada alrape resultaba agradable, y cualquiera puede hacer eso), por no mencionar otras mil faenas relacionadas con el equipo, la persona o las exigencias de los sargentos. Por ejemplo, aprendimos a contestar: “¡Bañado!” al pasar lista por la mañana, lo que queria decir que uno se habia tomado un baño al menos desde la diana anterior. Cualquiera podia mentir y salirse con la suya (yo lo hice un par de veces), pero al menos uno de nuestra compañia, que soltó esa palabra cuando habia pruebas palpables y convincentes de que no se habia bañado desde hacia cierto tiempo, fue fregoteado con cepillos duros y con jabon del suelo por sus compañeros de escuadron mientras un cabo instructor vigilaba y soltaba sugerencias muy utiles.

Lois McMaster Bujold

Lois McMaster Bujold nació en Columbus (Ohio) en 1949. Confiesa leer ciencia ficción desde los nueve años, afición que heredó de su padre, Robert McMaster, ingeniero de soldadura y profesor de la Universidad Estatal de Ohio. Bujold estudió en dicha universidad entre 1968 y 1972, y ha trabajado como auxiliar de laboratorio en una compañía farmacéutica y como técnica de hospital. Hoy divorciada , se casó en 1971 con John Bujold y tiene dos hijos: Anne y Paul. Vive en Minneapolis desde 1995. Sus aficiones favoritas son los caballos, la fotografía y la guitarra clásica, aunque reconoce haberlas abandonado un poco a causa de su actividad como escritora. La crítica y el público la reconocen, unánimemente, como una de las mejoras narradoras de la ciencia ficción de aventuras de los últimos años. Su obra se ha centrado hasta ahora en la serie de Vorkosigan, una saga de aventuras espaciales tratadas con ironía y humor que se inició con tres novelas EL APRENDIZ DE GUERRERO (1986), FRAGMENTOS DE HONOR (1986) y ETHAN DE ATHOS (1986).

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Published in: on 16 enero 2009 at 1:29 PM  Dejar un comentario  
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¿Sueñan los androides con ovejas electricas? – Philip K. Dick

blade-runnerUn silencio que emanaba del suelo y de las paredes y parecía generado por una vasta usina lo golpeó con tremenda energía. Brotaba de la moqueta gris en jirones, de los utensilios total o parcialmente destrozados de la cocina, de las maquinas muertas que no habían funcionado en ningún momento desde que Isidore había llegado. Rezumaba de la inútil lámpara de pie del cuarto de estar, combinándose con el que descendía, vacío y sin palabras, del cielo raso manchado por las moscas. En realidad, surgía de todos los objetos que tenía a la vista, como si él -el silencio- se propusiera reemplazar todos los objetos tangibles. Por eso no solamente afectaba a sus oídos sino también sus ojos: mientras contemplaba el televisor inerte sentía el silencio como algo visible y, a su modo, vivo. ¡Vivo! Con frecuencia había percibido antes la severidad de su cercanía: cuando llegaba, irrumpía sin delicadeza, evidentemente incapaz de esperar. El silencio del mundo no podía refrenar su codicia. Y menos ahora, cuando ya casi había vencido.

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Cetaganda – Lois MacMaster Bujold

cetagandaEra un triunfo insignificante. Iba a ver a una hautmujer. Ivan no habia visto ninguna. Sin duda la vieja sentiría vergüenza de mostrarse así frente a ojos extranjeros, pero mierda, considerando lo que Miles había sufrido, aquella mujer le debía algo. Y sus argumentos sobre la necesidad de identificar a la persona a quien entregaba la Gran Llave eran totalmente ciertos. La haut Rian Degtiar, Dama de Compañía del Criadero Estrella, no era la única que estaba involucrada.

-De acuerdo- susurró ella. La burbuja blanca se desvaneció hasta hacerse transparente y finalmente desapareció.

-Ah- dijo Miles con un hilo de voz.

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