Canto XXIV – Rescate de Héctor

troya51 Disolvióse la junta y los guerreros se dispersaron por las veloces naves, tomaron la cena y se regalaron con el dulce sueño. Aquiles lloraba, acordándose del compañero querido, sin que el sueño, que todo to rinde, pudiera vencerlo: daba vueltas acá y a11á, y con amargura traía a la memoria el vigor y gran ánimo de Patroclo, to que de mancomún con él había llevado al cabo y las penalidades que ambos habían padeci­do, ora combatiendo con los hombres, ora surcando las te­mibles ondas. Al recordarlo, prorrumpía en abundantes lágrimas; ya se echaba de lado, ya de espaldas, ya de pechos; y al fin, levantándose, vagaba inquieto por la orilla del mar. Nunca le pasaba inadvertido el despuntar de la aurora sobre el mar y sus riberas: entonces uncía al carro los ligeros cor­celes y, atando al mismo el cadáver de Héctor, arrastrábalo hasta dar tres vueltas al túmulo del difunto Menecíada; acto continuo volvía a reposar en la tienda, y dejaba el cadáver tendido de cara al polvo. Mas Apolo, apiadándose del varón aun después de muerto, le libraba de toda injuria y lo protegía con la égida de oro para que Aquiles no lacerase el cuer­po mientras lo llevaba por el suelo.

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Canto XXIII – Juegos en honor de Patroclo

troya51 Así gemían los troyanos en la ciudad. Los aqueos, una vez llegados a las naves y al Helesponto, se fueron a sus res­pectivos bajeles. Pero a los mirmidones no les permitió Aqui­les que se dispersaran; y, puesto en medio de los belicosos compañeros, les dijo:

6 ‑¡Mirmidones, de rápidos corceles, mis compañeros amados! No desatemos del yugo los solípedos corceles; acer­quémonos con ellos y los carros a Patroclo, y llorémoslo, que éste es el honor que a los muertos se les debe. Y cuando nos hayamos saciado de triste llanto, desunciremos los caballos y aquí mismo cenaremos todos.

12 Así habló. Ellos seguían a Aquiles en compacto grupo y gemían con frecuencia. Y sollozando dieron tres vueltas al­rededor del cadáver con los caballos de hermoso pelo: Tetis se hallaba entre los guerreros y les excitaba el deseo de llo­rar. Regadas de lágrimas quedaron las arenas, regadas de lá­grimas se veían las armaduras de los hombres. ¡Tal era el héroe, causa de fuga para los enemigos, de quien entonces padecían soledad! Y el Pelida comenzó entre ellos el funeral lamento colocando sus manos homicidas sobre el pecho de su amigo:

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Canto XXII – Muerte de Héctor

troya51 Los troyanos, refugiados en la ciudad como cervatos, se recostaban en los hermosos baluartes, refrigeraban el sudor y bebían para apagar la sed; y en tanto los aqueos se iban acercando a la muralla, con los escudos levantados encima de los hombros. La Parca funesta sólo detuvo a Héctor para que se quedara fuera de Ilio, en las puertas Esceas. Y Febo Apolo dijo al Pelión:

8 ‑¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz carre­ra, siendo tú mortal, a un dios inmortal? Aún no conociste que soy una deidad, y no cesa to deseo de alcanzarme. Ya no te cuidas de pelear con los troyanos, a quienes pusiste en fuga; y éstos han entrado en la población, mientras to extraviabas viniendo aquí. Pero no me matarás, porque el hado no me condenó a morir.

14 Muy indignado le respondió Aquiles, el de los pies li­geros:

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Canto XXI – Batalla junto al rio

troya51 Así que los troyanos llegaron al vado del vortiginoso Jan­to, río de hermosa corriente a quien el inmortal Zeus engen­dró, Aquiles los dividió en dos grupos. A los del primero echólos el héroe por la llanura hacia la ciudad, por donde los aqueos huían espantados el día anterior, cuando el es­clarecido Héctor se mostraba furioso; por allí se derramaron entonces los troyanos en su fuga, y Hera, para detenerlos, los envolvió en una densa niebla. Los otros rodaron al caudalo­so río de argénteos vórtices, y cayeron en él con gran estré­pito: resonaba la corriente, retumbaban ambas orillas y los troyanos nadaban acá y acullá, gritando, mientras eran arras­trados en torno de los remolinos. Como las langostas acosa­das por la violencia de un fuego que estalla de repente vuelan hacia el río y se echan medrosas en el agua, de la misma ma­nera la corriente sonora del Janto de profundos vórtices se llenó, por la persecución de Aquiles, de hombres y caballos que en el mismo caían confundidos.

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Published in: on 15 abril 2009 at 4:52 PM  Comments (3)  
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Canto XX – El combate de los dioses

troya51 Mientras los aqueos se armaban junto a los corvos baje­les, alrededor de ti, oh hijo de Peleo, incansable en la bata­lla, los troyanos se apercibían también para el combate en una eminencia de la llanura.

4 Zeus ordenó a Temis que, partiendo de las cumbres del Olimpo, en valles abundante, convocase al ágora a los dio­ses, y ella fue de un lado para otro y a todos les mandó que acudieran al palacio de Zeus. No faltó ninguno de los ríos, a excepción del Océano; y de cuantas ninfas habitan los bellos bosques, las fuentes de los nos y los herbosos prados, nin­guna dejó de presentarse. Tan luego como llegaban al pala­cio de Zeus, que amontona las nubes, sentábanse en bruñidos pórticos, que para el padre Zeus había construido Hefesto con sabia inteligencia.

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Canto XVIII – Fabricación de las armas

troya51 Mientras los troyanos y los aqueos combatían con el ar­dor de abrasadora llama, Antíloco, mensajero de veloces pies, fue en busca de Aquiles. Hallóle junto alas naves, de altas popas, y ya el héroe presentía lo ocurrido; pues, gimiendo, a su magnánimo espíritu así le hablaba:

6 ‑¡Ay de mí! ¿Por qué los melenudos aqueos vuelven a ser derrotados, y corren aturdidos por la llanura con direc­ción a las naves? Temo que los dioses me hayan causado la desgracia cruel para mi corazón, que me anunció mi madre diciendo que el más valiente de los mirmidones dejaría de ver la luz del sol, a manos de los troyanos, antes de que yo falleciera. Sin duda ha muerto el esforzado hijo de Menecio. ¡Infeliz! Yo le mandé que, tan pronto como apartase el fue­go enemigo, regresara a los bajeles y no quisiera pelear va­lerosamente con Héctor.

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Canto XIX – Renunciamiento de la cólera

troya51 La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la co­rriente del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hom­bres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Hefesto le había entregado. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, Ilorando ruidosamente y en tor­no suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. La di­vina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles y hablóle de este modo:

8 ‑¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ése yazga, ya que sucumbió por la voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura fabricada por Hefesto, tan excelente y be­lla como jamás varón alguno la haya Ilevado para proteger sus hombros.

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Canto XVII – Principalia de Menelao

troya51 No dejó de advertir el Atrida Menelao, caro a Ares, que Patroclo había sucumbido en la lid a manos de los troyanos; y, armado de luciente bronce, se abrió camino por los com­batientes delanteros y empezó a moverse en torno del ca­dáver para defenderlo. Como la vaca primeriza da vueltas alrededor de su becerrillo mugiendo tiernamente, porque an­tes ignoraba lo que era el parto, de semejante manera bullía el rubio Menelao cerca de Patroclo. Y colocándose delante del muerto, enhiesta la lanza y embrazado el liso escudo, se aprestaba a matar a quien se le opusiera. Tampoco Euforbo, el hábil lancero hijo de Pántoo, se descuidó al ver en el sue­lo al eximio Patroclo, sino que se detuvo a su lado y dijo a Menelao, caro a Ares:

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Canto XVI – Patroclea

troya51 Así peleaban por la nave de muchos bancos. Patroclo se presentó a Aquiles, pastor de hombres, derramando ardien­tes lágrimas como fuente profunda que vierte sus aguas som­brías por escarpada roca. Tan pronto como le vio el divino Aquiles, el de los pies ligeros, compadecióse de él y le dijo estas aladas palabras:

7 ‑¿Por qué lloras, Patroclo, como una niña que va con su madre y deseando que la tome en brazos, la tira del ves­tido, la detiene a pesar de que lleva prisa, y la mira con ojos llorosos para que la levante del suelo? Como ella, oh Patro­cio, derramas tiernas lágrimas. ¿Vienes a participarnos algo a los mirmidones o a mí mismo? ¿Supiste tú solo alguna noti­cia de Ftía? Dicen que Menecio, hijo de Áctor, existe aún; vive también Peleo Eácida entre los mirmidones, y es la muerte dé aquél o de éste to que más nos podría afligir. ¿O lloras quizás porque los argivos perecen, cerca de las cóncavas na­ves, por la injusticia que cometieron? Habla, no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.

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Canto XV – Nueva ofensiva desde las naves

troya31 Cuando los troyanos hubieron atravesado en su huida el foso y la estacada, muriendo muchos a manos de los dána­os, llegaron al sitio donde tenían los corceles a hicieron alto amedrentados y pálidos de miedo. En aquel instante desper­tó Zeus en la cumbre del Ida, al lado de Hera, la de áureo trono. Levantóse y vio a los troyanos perseguidos por los aqueos, que los ponían en desorden, y, entre éstos, al sobe­rano Posidón. Vio también a Héctor tendido en la llanura y rodeado de amigos, jadeante, privado de conocimiento, vo­mitando sangre; que no fue el más débil de los aqueos quien le causó la herida. El padre de los hombres y de los dioses, compadeciéndose de él, miró con torva y terrible faz a Hera, y así le dijo:

14 ‑Tu engaño, Hera maléfica a incorregible, ha hecho que Héctor dejara de combatir y que sus tropas se dieran a la fuga. No sé si castigarte con azotes, para que seas la pri­mera en gozar de tu funesta astucia. ¿Por ventura no te acuer­das de cuando estuviste colgada en lo alto y puse en tus pies sendos yunques, y en tus manos áureas a inquebrantables esposas? Te hallabas suspendida en medio del éter y de las nubes, los dioses del vasto Olimpo te rodeaban indignados, pero no podían desatarte ‑si entonces llego a coger a al­guno, le arrojo de estos umbrales y llega a la tierra casi sin vida‑ y yo no lograba echar del corazón el continuo pesar que sentía por el divino Heracles, a quien tú, promoviendo una tempestad con el auxilio del viento Bóreas, arrojaste con perversa intención al mar estéril y llevaste luego a la popu­losa Cos; a11í le libré de los peligros y le conduje nuevamente a Argos, criadora de caballos, después que hubo padecido muchas fatigas. Te to recuerdo para que pongas fin a tus en­gaños y sepas si to será provechoso haber venido de la man­sión de los dioses a burlarme con los goces del amor.

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