Estudio en escarlata (una aventura de Sherlock Holmes) de Sir Arthur Conan Doyle. Octava parte.

jeremybrettassherlockholmesCapítulo V: Nuestro anuncio nos trae una visita.

Nuestras actividades de la mañana habían resultado excesivas para mi debilidad física, y por la tarde me encontré completamente agotado. Después que Holmes marchó al concierto, yo me tumbé en el sofá y procuré conseguir un par de horas de sueño. Vano intento. Mi cerebro se había excitado con exceso con todo cuanto había ocurrido, y bullían en su interior las más extrañas fantasías y conjeturas. En cuanto cerraba mis ojos veía ante mí el rostro contorsionado y de rasgos parecidos al babuino del hombre asesinado. Había sido tan siniestra la impresión que me produjo aquella cara, que me resultaba dificultoso apartar de mí cierto sentimiento de gratitud hacia el hombre que arrancó del mundo al dueño de la misma. Si hubo rasgos humanos que pregonaban vicios de la clase más dañina, esos rasgos eran, sin duda, los de Enoch J. Drebber, de Cleveland. Sin embargo, yo reconocía que era preciso hacer justicia y que la depravación de la víctima no equivalía a una condenación a los ojos de la ley.
Cuanto más pensaba yo en todo eso, más extraordinaria me parecía la hipótesis, hecha por mi compañero, de que aquel hombre había sido envenenado. Ahora recordaba que le oliscó los labios y no me cabía duda de que había descubierto algo que hizo nacer esa idea. Además, si no era el veneno, ¿qué otra cosa fue la causa que le produjo la muerte, su. puesto que nó existían heridas ni señales de estrangulación? Por otro lado, ¿a quién pertenecía la sangre que formaba tan espesa capa en el suelo? No existían señales de lucha, ni la víctima llevaba arma alguna con la que hubiese podido herir a un antagonista. Yo tenía la sensación de que no me sería fácil a mí, ni tampoco a Holmes, conciliar el sueño mientras no estuviesen resueltos todos estos interrogantes. La actitud tranquila y segura de sí mismo de Holmes me convenció de que él se había formado ya una teoría que daba explicación a todos los hechos, aunque yo no podía ni por un instante conjeturar cuál era esa teoría.
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Estudio en escarlata (una aventura de Sherlock Holmes) de Sir Arthur Conan Doyle. Séptima parte.

jeremybrettassherlockholmesCapítulo IV: Lo que John Rance tenía que decir.

Era la una cuando abandonamos el número 3 de los Jardines de Lauriston. Sherlock Holmes me condujo a la oficina de telégrafos más próxima y desde ella envió un largo telegrama. Acto continuo llamó un coche de alquiler y dio orden al cochero de que nos llevase a la dirección que nos había dado Lestrade.
—No hay nada como los datos obtenidos de primera mano —me hizo notar—. A decir verdad, yo tengo formada opinión completa sobre el caso; a pesar de ello, no está mal que sepamos todo lo que puede saberse.
—Holmes —le dije yo—, me deja usted atónito. Con seguridad que usted no tiene la certeza que simula tener acerca de aquellos detalles que les dio.
—No existe posibilidad de equivocación —contestó—. Lo primero en que me fijé al llegar allí fue que un coche había marcado dos surcos con sus ruedas cerca del bordillo de la acera. Ahora bien: hasta la pasadá noche, y desde hacía una semana no había llovido, de manera que las ruedas que dejaron una huella tan profunda, necesariamente estuvieron allí durante la noche. También descubrí las huellas de los cascos del caballo; el dibujo de una de ellas estaba marcado con mayor nitidez que el perfil de los otros tres, lo que era una indicación de que se trataba de una herradura nueva. Supuesto que el coche encontrábase allí después de que empezó a llover y que no estuvo en ningún momento durante la mañana, en lo cual tengo la palabra de Gregson, se sigue de ello que no tuvo más remedio que estar allí durante la noche; por consiguiente, ese coche llevó a los dos individuos a la casa.
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Deryni, el resurgir – Katherine Kurtz

Deryni, el resurgirRhemuth la Hermosa. Así llamaban a la ciudad. No era difícil ver por qué.

Morgan guiaba su cansado corcel por entre la lenta marea de peatones y carretas; seguía a lord Derry hacia las puertas del palacio. Miró pensativamente su atuendo sombrío, tan notorio entre el esplendor del oropel: casi toda su armadura de malla estaba cubierta de cuero negro y polvoriento. Desde el yelmo hasta las rodillas, lo cubría un pesado manto de Iana negra y marta cibelina.

Era curioso lo rápido que podía cambiar el ambiente de una ciudad. Estaba seguro de que, unos días atrás, casi todos los ciudadanos de atuendo chillón que lo rodeaban habrían llevado mantos negros de luto, como el suyo, para llorar la pérdida de su querido rey. Ahora, todos lucían los colores apropiados para la festiva celebración.

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Poesía élfica de ESDLA – La historia de Tinúviel

Elfa_Guerrera


Las hojas eran largas, la hierba era verde,
las umbelas de los abetos altas y hermosas
y en el claro se vio una luz
de estrellas en la sombra centelleante.
Tinúviel bailaba allí,
a la música de una flauta invisible,
con una luz de estrellas en los cabellos
y en las vestiduras brillantes.
Allí llegó Beren desde los montes fríos
y anduvo extraviado entre las hojas
y donde rodaba el Río de los Elfos,
iba afligido a solas.
Espió entre las hojas del abeto
y vio maravillado unas flores de oro
sobre el manto y las mangas de la joven,
y el cabello la seguía como una sombra.
El encantamiento le reanimó los pies
condenados a errar por las colinas
y se precipitó, vigoroso y rápido,
a alcanzar los rayos de la luna.
Entre los bosques del país de los elfos
ella huyó levemente con pies que bailaban
y lo dejó a solas errando todavía
escuchando en la floresta callada.
Allí escuchó a menudo el sonido volante
de los pies tan ligeros como hojas de tilo
o la música que fluye bajo tierra
y gorjea en huecos ocultos.
Ahora yacen marchitas las hojas del abeto
y una por una suspirando
caen las hojas de las hayas
oscilando en el bosque de invierno.
La siguió siempre, caminando muy lejos;
las hojas de los años eran una alfombra espesa,
a la luz de la luna y a los rayos de las estrellas
que temblaban en los cielos helados.
El manto de la joven brillaba a la luz de la luna
mientras allá muy lejos en la cima
ella bailaba, llevando alrededor de los pies
una bruma de plata estremecida.
Cuando el invierno hubo pasado, ella volvió,
y como una alondra que sube y una lluvia que cae
y un agua que se funde en burbujas
su canto liberó la repentina primavera.
El vio brotar las flores de los elfos
a los pies de la joven, y curado otra vez
esperó que ella bailara y cantara
sobre los prados de hierbas.
De nuevo ella huyó, pero él vino rápidamente,
¡Tinúviel! ¡Tinúviel!
La llamó por su nombre élfico
y ella se detuvo entonces, escuchando.
Se quedó allí un instante
y la voz de él fue como un encantamiento,
y el destino cayó sobre Tinúviel
y centelleando se abandonó a sus brazos.
Mientras Beren la miraba a los ojos
entre las sombras de los cabellos
vio brillar allí en un espejo
la luz temblorosa de las estrellas.
Tinúviel la belleza élfica,
doncella inmortal de sabiduría élfica
lo envolvió con una sombría cabellera
y brazos de plata resplandeciente.
Larga fue la ruta que les trazó el destino
sobre montañas pedregosas, grises y frías,
por habitaciones de hierro y puertas de sombra
y florestas nocturnas sin mañana.
Los mares que separan se extendieron entre ellos
y sin embargo al fin de nuevo se encontraron
y en el bosque cantando sin tristeza
desaparecieron hace ya muchos años.

Published in: on 27 mayo 2009 at 8:52 PM  Comments (3)  
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Las puertas de Anubis – Tim Powers

puertas_de_anubisLa gruta subterránea se había formado mediante el derrumbe, sólo Dios sabia cuánto tiempo hacia ya, de unos doce niveles de alcantarillado; los escombros habían ido desapareciendo en el pasado, a manos de los saqueadores o arrastrados por la corriente.
La gruta tenía la forma de una inmensa estancia, sostenida por las grandes vigas que en tiempos habían servido de base al pavimento de la calle Bainbridge (dado que el derrumbe no había llegado a ser notado en la superficie), y el suelo estaba formado por piedras que los romanos habían labrado en los días en que Londinium era una avanzadilla militar, situada en los hostiles campos salvajes de los celtas. A distintas alturas de la gruta se veían hamacas colgadas de largas sogas, que se perdían en la penumbra catedralicia del lugar. Empezaban a verse luces, lámparas que humeaban con un grasiento resplandor rojizo, colgando de los maderos que asomaban, medio rotos, de las abundantes bocas de alcantarillado que constelaban los muros. Un hilillo de agua caía incesantemente de una boca de gran tamaño, perdiendo su aparente solidez a medida que trazaba un arco por la oscura atmósfera, hasta formar un negro lago en un extremo de la cueva.
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Estudio en escarlata (una aventura de Sherlock Holmes) de Sir Arthur Conan Doyle. Sexta parte.

jeremybrettassherlockholmesLestrade, tan flaco y patecido a un hurón como siempre, se hallaba en pie junto al umbral y nos dio la bienvenida a mi compañero y a mí.
—Señor, este caso armará revuelo —fue su comentario—. Deja atrás a cuanto yo he visto hasta ahora, y yo no soy un novato.
—No hay clave alguna —dijo Gregson,
—Absolutamente ninguna —canturreó Lestrade. Sherlock Holmes se acercó al cadáver, se arrodilló y lo examinó con gran atención.
—¿Están ustedes seguros de que no tiene ninguna herida? —preguntó, apuntando con el dedo hacia las muchas manchas y salpicaduras de sangre que había a su alrededor.
—¡Terminantemente seguros! —exclamaron ambos detectives. (más…)

Poesia Elfica de ESDLA

f_FantasyArtLm_282d343¡Blancanieves! ¡Blancanieves! ¡Oh, dama clara!
¡Reina de más allá de los mares del Oeste!
¡Oh Luz para nosotros, peregrinos
en un mundo de árboles entrelazados!
¡Gilthoniel! ¡Oh Elbereth!
Es clara tu mirada y brillante tu aliento.
¡Blancanieves! ¡Blancanieves! Te cantamos
en una tierra lejana más allá del mar.
Oh estrellas que en un año sin sol
ella sembró con luminosa mano,
en campos borrascosos, ahora brillante y claro
vemos tu capullo de plata esparcido en el viento.
¡Oh Elbereth! ¡Gilthoniel!
Recordamos aún, nosotros que habitamos
en esta tierra lejana bajo los árboles,
tu luz estelar sobre los mares del Oeste.

Published in: on 24 mayo 2009 at 8:44 PM  Comments (1)  
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Rosa

imagenes-rosas-rojasSignificado: Amor, belleza, virtud.

Esta hermosa flor de suavisima fragancia, es considerada la reina de las flores. Cascadas de rosas han embellecido lujosas fiestas y ceremonias. La flor ha inspirado a poetas y pintores; es el símbolo del amor, la belleza, de la virtud, de la confianza, de la virginidad, del misterio y del pecado. Es el emblema de paises, ciudades y familias. Es incluso el símbolo de la Virgen María, la rosa mística de los cristianos.

El folclore del mundo entero relacina tanto sentimentalismo con la rosa, que no resulta fácil separar el elemento mitológico del romántico. Las leyendas sobre su origen son innumerables. Se dice que Cibeles, la diosa madre, la creó para vengarse de Afrodita, pues sólo labelleza de la rosa podía competir con la de la diosa del amor. Más adelante, la flor fue consagrada a Afrodita. Su belleza y su perfume simbolizan el amor y sus espinas las heridas que el amor puede causar.  Se cuenta también que la rosa es hija del rocío; nació de la sonrisa de Eros, o cayó del cabello de Aurora, diosa del alba, cuando se peinaba. La mitología romana cuenta que Baco, el dios del vino y las vendimias, al perseguir una bonita ninfa, sólo pudo retenerla con la ayuda de un zarzal; cuando el dios se dio a conocer, la ninfa se sonrojó delicadamente y Baco, agradecido, tocó el zarzal con su varilla y le ordenó adornarse con flores del color de las mejillas de la ninfa. Según una leyenda rumana, una bellisima princesa se bañaba en un lago y el sol se paró en el cielo sin moverse durante tres días, para poder contemplar a la princesa y cubrirla con sus besos calurosos. Cuando Dios se dio cuenta que el orden del universo estaba en peligro, transformó a la princesa en una rosa y ordenó al sol que siguiera su camino. Por esta razón las rosas bajan su cabeza y se sonrojan cuando el sol las saluda.

Published in: on 23 mayo 2009 at 8:35 PM  Comments (2)  
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Estudio en escarlata (una aventura de Sherlock Holmes) de Sir Arthur Conan Doyle. Quinta parte

jeremybrettassherlockholmesCapitulo 3: El misterio del jardín de Lauriston.

Confieso que me produjo considerable sorpresa aquella prueba flamante de la índole práctica de las teorías de mi compañero. Aumentó en proporciones asombrosas mi respeto por su capacidad para el análisis. Con todo y con eso, allá en mi cerebro quedaba aún latente cierto recelo de que todo aquello fuese un episodio dispuesto de antemano con el propósito de deslumbrarme, aunque excedía a mi comprensión qué diablos podía buscar con una pega semejante. Cuando yo le miré, él había terminado de leer la carta y sus ojos habían tomado la expresión perdida y sin brillo que indica ensimismamiento.
—¿Cómo se las arregló para hacer tal deducción? —le pregunté.
—¿Qué deducción? —me contestó Holmes con petulancia.
—¿ Cuál ha de ser? La de que era sargento retirado de la Marina.
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Historias de mi amigo Billy

Solo conozco a Billy de sus comentarios. Llegó a este blog y empezó a inundarmelo, dejando un nombre diferente cada vez, con la excusa que él no tiene aún blog propio. No me molestó, al contrario. Así que me ofrecí para ponerlos en un post todos juntitos. Los revisó, creo que cambió algunas cosas, y aquí están.

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